Vaya por delante. No somos una revista de coches. Pero en PORT nos gusta contar lo que se siente cuando bebes un buen vino, cuando llevas en la muñeca una pieza de alta relojería o cuando escuchas a un magno concertista. Lo mismo puede aplicarse a ponerse al volante de un vehículo que tiene ese algo que no es mejor ni peor, pero lo diferencia del resto.

En un mundo cada vez más homogeneizado, donde todo ha caído en las fauces de la globalización, el elemento diferenciador es el mayor artículo de lujo, mucho más que su precio. Y en PORT, una de nuestras metas es encontrarlo, y compartirlo contigo. Volvamos a los coches. No esperes que te hablemos aquí de alta tecnología, de cilindros o de par motor. Tampoco de en cuánto es capaz de acelerar un coche de 0 a 100 km/h, o de cuánto cuesta su equipamiento extra. Hay otras publicaciones especializadas que lo hacen mucho mejor que nosotros, para empezar, porque entienden mucho más de coches.

Nosotros entendemos de sensaciones. Y no te voy a negar que lo primero que sentí cuando vi en directo el nuevo Peugeot 508 fue una leve aceleración de pulsaciones. Me explico: me habían dicho en la marca que me cedían, para escaparme un fin de semana, una berlina, digamos, familiar: con sus tres volúmenes, su gran maletero, sus cinco plazas y sus asientos confortables. A uno, lo primero que le viene a la cabeza es uno de esos coches aburridos que utilizan los comerciales que se recorren la península de cabo a rabo todos los meses, o incluso algunos taxistas bien avenidos. Lo que se suele llamar, popularmente, "un coche de señor".

Como una cita a ciegas

Y eso me esperaba yo aquella mañana de viernes, pero lo que me encontré fue algo muy distinto. En la plaza de aparcamiento había una silueta sinuosa de color rojo, desafiante. La carrocería muy pegada al suelo, el techo dramáticamente inclinado hacia atrás. La zaga corta, y el morro, larguísimo. El frontal, contundente, casi agresivo. En Peugeot me dicen que han querido simular, más que nunca, el rostro de un felino (no olvidemos que su emblema es un león), e incluso las líneas verticales de los laterales, que contienen las luces de LED diurnas, se asemejan a dos grandes colmillos.

Tibo

Si de pronto desaparecieran las puertas traseras, esta "berlina" perfectamente podría ser un coupé. El color rojo metalizado de la carrocería y las siglas "GT" (las siglas de los clásicos Gran Turismo, que desvelan que estoy ante la variante más deportiva), subrayan esta percepción, que continúa cuando abro la puerta y me asomo al interior. Las ventanillas no tienen marco, algo, habitualmente, reservado a coupés biplaza, roadsters y demás bólidos de raza. Cuando tomo asiento, me doy cuenta de que estoy muy cerca del asfalto, y de que llevo las piernas bastante estiradas. La impresión inmediata es que el salpicadero me rodea, todo está orientado hacia mí, tanto que empiezo a coquetear, mentalmente, con la idea de que no soy un conductor, sino más bien un piloto.

Bienvenidos a la era digital. Te guste o no

Hay algunas cosas que me rechinan, tal vez por la falta de costumbre, y porque Peugeot ha preferido seguir su propio camino en la concepción del puesto de conducción. El volante es extremadamente pequeño. Eso podría acentuar la percepción de tener un deportivo entre manos, pero yo echo de menos un poco más de masa, de contundencia. El volante es lo único que realmente te une con el asfalto, lo que te comunica directamente con las ruedas delanteras, y me parece demasiado liviano.

Luego están el velocímetro, el cuentarrevoluciones, etcétera. Los han ubicado por encima del volante, no detrás, como suele ser habitual. El problema es que muchas veces quedan a la altura de la parte superior de la circunferencia, y eso dificulta la visibilidad, y me obliga a erguirme, o a inclinarme hacia delante, para saber a qué velocidad voy, por ejemplo. Otra opción es bajar la posición del volante, que es regulable, y ponerlo casi a la altura de mis piernas. Por cierto: todo es digital. Lo que tengo delante de mí es una pantalla en la que el velocímetro, el cuentarrevoluciones y otras informaciones (como por ejemplo las indicaciones del navegador) aparecen de forma virtual. Yo prefiero las agujas analógicas de toda la vida, llamadme clásico. Pero eso es una cuestión de gustos.

Adiós a lo analógico: velocímetros y cuentavueltas digitales | Tibo

También hay una pantalla en la consola central. Con los generosos botones metálicos de la parte inferior, que me recuerdan a los mandos de una cabina de avión, controlo el sistema de audio, el navegador y otras virguerías multimedia. Debo hacer un inciso en este punto. La tendencia, hoy, en el sector de la automoción, es clara: los coches cada vez llevan menos botones, que se sustituyen por pantallas. A mí, sinceramente, me agobia un poco esta deriva: pasamos el día abocados a un teléfono móvil, a un televisor, a una tableta y a un ordenador como este desde el que estoy escribiendo en estos momentos. Vivimos rodeados de pantallas que nos aíslan del mundo real, de lo tangible, y ahora, ni siquiera dentro de un coche nos libramos de ellas. 

Por suerte, a la hora de conducirlo, el Peugeot 508 se vuelve muy físico, y no tiene nada de virtual. Digámoslo así: su comportamiento es totalmente acorde con su diseño coupé. Bajo el capó lleva el motor diésel más potente de la gama. Sí, he dicho diésel: hoy, es casi un anatema. No quiero sentirme culpable, de modo que me informo de qué es lo que tengo entre manos. Este tipo de motores fueron altamente contaminantes, pero los de nuevo cuño están sujetos a las cada vez más rígidas normativas europeas. Por eso incorporan filtros de partículas y otros sistemas que logran que sus emisiones de óxido de nitrógeno se reduzcan hasta en un 90% respecto a un motor diésel de hace diez años.

Los grandes botones de la pantalla parecen las palancas de la cabina de un avión | Tibo

Con todo esto en la cabeza, comienza mi fin de semana. Mi destino: Urueña, el pueblo de los libreros. No lo digo yo, esa es la denominación que se ha ganado por derecho. Solo hay otros pocos en el mundo con esa etiqueta: Wigtown  en Reino Unido), Tuedrestand  en Noruega o Fontenoy-la  Joûte  en Francia. Hace poco más de diez años, la Diputación de Valladolid decidió evitar su despoblación con una iniciativa afortunada: promover la atracción de libreros de todo el país. El llamamiento tuvo una respuesta apoteósica: hoy, es un pueblo amurallado con apenas 200 habitantes, y tiene 12 librerías de todo tipo: de viejo, de cine, de periodismo, de ensayo, de narrativa... Dicen sus lugareños, con orgullo, que es el único pueblo de España con más librerías que bares. Doy fe.

Personalidad múltiple

El caso es que para llegar allí desde Madrid, una vez que dejas la A6, te esperan unas cuantas decenas de kilómetros de carreteras reviradas. Perfecto para comprobar cómo se conduce el 508, un coche con trastorno de personalidad. Me explico. Un pequeño botón junto a la palanca del cambio me permite variar su carácter. En modo Eco, el coche va relajado, y mantiene las revoluciones a raya para bajar el consumo. Las suspensiones y la dirección tienen una respuesta suave, e invita a una conducción contemplativa, cómoda. Eso es justo lo que uno quiere cuando viaja por autovía. Pero cuando abandono la A6 empiezan las curvas cerradas a derecha e izquierda por sinuosas carreteras comarcales de doble sentido. Y la cosa cambia radicalmente.

En un escenario como este, lo que uno quiere es un coche aplomado, que se agarre al asfalto con uñas y dientes. Eso es justo lo que hace el 508 cuando vuelvo a presionar el botón y lo pongo en modo Sport: la dirección se vuelve algo más dura y comunica más lo que sucede en el asfalto. Lo mismo puede decirse de la suspensión y los amortiguadores, que evitan que la carrocería se tambalee en cada giro. Incluso la respuesta del motor se vuelve más inmediata, y su sonido, un poco más deportivo, con lo que me da un inesperado subidón de adrenalina cada vez que piso el acelerador. Ahora sí que, definitivamente, el Peugeot 508 saca a relucir el coupé que lleva dentro.

Tibo

Después de pasar un fin de semana conduciendo y hojeando libros, mi conclusión es clara: el Peugeot 508 es un coche "de señor", si nos ponemos estrictos, por el segmento en el que le ha tocado militar. Pero tiene un alma indiscutiblemente deportiva. Y no me refiero solo a las formas de su carrocería.