Ha colaborado asiduamente con Kendrick Lamar, Frank Ocean, Bon Iver o Vince Staples, y Beyoncé, que ha contado con sus servicios como productor en varias ocasiones, le considera un genio de la música y uno de los hombres más cool del planeta. De imagen impecable y talento indiscutible, Blake es también un auténtico ídolo para la nueva sensación flamenca Rosalía, que soñaba desde hace años con colaborar con él y al final ha podido hacerlo en el tema Barefoot in the Park.

Además de todo lo anterior, en las últimas semanas, Blake se ha consolidado también como todo un referente de la masculinidad no tóxica. Es decir, de un tipo de hombre que no tiene el menor inconveniente en mostrarse vulnerable y exhibir sus sentimientos. Cuando el músico y productor londinense lanzó Don’t Miss It, el primer y único adelanto de su nuevo álbum, Assume Form, el pasado mes de mayo, lo que llamó la atención del single no fue su envoltorio de electrónica preciosista, algo a lo que ya estamos acostumbrados cuando toca hablar del este crooner digital de altos vuelos, sino su memorable respuesta a una crítica aparecida en la revista Pitchfork. En ella describían su sonido como “música de chico triste” y aseguraba que seguía "instalado en la tristeza”. Y es que, desde tiempos inmemorables, al productor se le ha colgado la etiqueta de sad boy, del llorón del post-dubstep. Una calificación, cuanto menos, desacertada, porque sus canciones tienen mucho más de reflexivo y sobrio que de depresivo.

La carta abierta de Blake a Pitchfork denunciaba que este tipo de críticas perpetúan los estereotipos de género, que avivan el fuego de la epidemia de suicidio masculino y que contribuyen a la eterna estigmatización del hombre que expresa sus sentimientos. Unas declaraciones, en fin, que van en consonancia con esta actual y necesaria tendencia en la industria de poner en relieve la cuestión de la salud mental del músico. Pocos días después, de hecho, aparecería como ponente invitado en el simposio anual Performing Arts Medicine Association que provee asistencia sanitaria a gente del espectáculo. Allí confesó que él también ha tenido pensamientos suicidas.

Amanda Charchian

 

A flor de piel

Por supuesto, en su nuevo disco, Assume Form, que salió a la venta hace dos semanas, Blake no se ha cortado un pelo a la hora de expresar sus sentimientos, aunque en la mayoría de las canciones suene casi exultaste, en las antípodas de la tristeza que suele atribuírsele. Y es que de un tiempo a esta parte, James Blake ha encontrado el amor, la actriz Jameela Jamil, popular sobre todo por su participación en la serie The Good Place.

Históricamente, en la música independiente y underground siempre ha habido un malsano temor de que el artista termine vendiéndose a la comercialidad, pervirtiendo de paso su esencia artística. Y, aunque James Blake ahora está más cerca que nunca del mainstream y fruto de este coqueteo con el universo Billboard han surgido enormes colaboraciones con Travis Scott o los citados Beyoncé y Kendrick Lamar, nadie en su sano juicio podría decir que el Blake de ahora es un creador menos excitante que el de, pongamos, 2011.

Nada de lo que nos fascinó en primer lugar de James Blake se pierde en este álbum de borracho enamoramiento. La producción de primer nivel, la intimidad a flor de piel, la inteligencia emocional y la honestidad persisten en un trabajo que se remata con las colaboraciones coherentes y naturales de Rosalía, Travis Scott y, sobre todo, André 3000 (OutKast). Simplemente ha tenido que cambiar la melancolía desconsolada por el arrebato romántico.

De momento, con Assume Form está consiguiendo los mejores registros de James Blake en los charts, con lo que se demuestra que otro tipo de música podría infiltrarse en la radiofórmula. También la crítica se ha rendido nuevamente a sus pies, al menos, casi toda, porque Pitchfork ha vuelto a cargárselo reprochando su “sofocante seriedad”, su tono “agresivamente pastel” y su egocentrismo. El londinense no se cortó un pelo y ya soltó en Twitter: “Creo que quizá aún están un poco enfadados porque dejé en evidencia su alto grado de masculinidad tóxica”.

Eso sí, en la imagen impecable que ha conseguido labrarse Blake no encaja del todo lo mal que ha reaccionado a una crítica negativa, pero razonable, matizada y bien escrita, firmada además por uno de los mayores expertos en materia electrónica, el periodista Philip Sherburne. Pero eso daría para otro tema.