Mi abuelo era un agricultor especializado en cítricos. Junto con mi padre, desarrolló nuevas formas de podar los árboles y creó un vivero cerca de Valencia en el que vendía esquejes a los agricultores locales. En 1985, cuando regresé tras finalizar mis estudios en Nueva York, me volví a enamorar de la cultura y el paisaje del lugar en el que crecí y compré un terreno al lado del de mi padre para empezar mi pequeña colección de cítricos.

Unos años después, encontré por casualidad un vivero en el sur de Francia que cultivaba una sorprendente variedad de cítricos pero que plantaba los árboles en macetas, para así poder llevarlos a una estancia interior entre los meses de octubre y marzo. Me hizo pensar sobre cómo en Valencia tenemos una de las mejores zonas del mundo para cultivar estas plantas (cuando los árabes estaban aquí en la Edad Media se referían a sus huertos de cítricos como el paraíso en la Tierra), pero no tenemos un lugar para cultivar y celebrar la diversidad de la fruta. Así que, en 2010, amplié mi terreno y el de mi padre y creé una fundación.

Ahora contamos con más de 400 ejemplares del género y hace poco que han reconocido nuestra labor para preservar el medio ambiente a través del desarrollo. Nuestro objetivo es centrarnos en la historia de los cítricos. La mayoría de bioingenieros y universidades que se especializan en este campo trabajan para fines comerciales y solo conocen los tipos que se venden en los supermercados (naranjas, limones y limas) pero la diversidad de la fruta y la manera en la que ha evolucionado y mutado es fascinante. Las variedades que existían hace cien años, por ejemplo, eran diferentes a las que tenemos hoy en día porque los agricultores cultivaban plantas menos comerciales. Si se estudia la esencia de los árboles, se puede descubrir esta historia; trabajando así, descubrí una variedad biológica de cítrico en forma de pera que no se había registrado hasta el momento.

La fundación se dedica a la investigación y preservación de tipos menos conocidos, pero también es un lugar en el que la gente puede descubrir la belleza de la fruta y sus posibilidades culinarias. He realizado proyectos en torno al arte y la comida, como, por ejemplo, con Ferran Adrià, de El Bulli, y el artista Richard Prince, y esperamos continuar este trabajo en la fundación, invitando a los chefs a conocer las diferentes variedades y, en última instancia, a celebrar una cena con cítricos.

Curiosamente, existe una relación muy consolidada entre los cítricos y el arte. Cosimo de’ Medici, uno de los grandes mecenas de las artes en la Florencia renacentista, coleccionaba estas frutas y encargaba pinturas de ellas. Se convirtió en una actividad de moda para la aristocracia, que construía elaborados invernaderos de naranjos junto con sus galerías de arte. En muchos aspectos, estoy volviendo a esa tradición.