De lo alto del Naranco a las profundidades del pozo Sotón. Y de ahí a la iglesia skater con murales de Okuda escondida en un rincón del polígono industrial de Coruño, al llagar de sidra Trabanco con su néctar de manzana directamente escanciado del barril y al centro Niemeyer de Llanes en un viaje relámpago por una Asturias distinta. Todo, al volante de un flamante Peugeot 208 y en compañía del músico Lucas Vidal, compositor de las bandas sonoras de Fast & Furious 6ÉliteMindscape Palmeras en la nieve y gran entusiasta de Asturias.

La ruta, en una espléndida jornada de mediados de otoño, entre robles, hayas, abdules y acebos que se van cubiriendo de tonos ocres y rojizos, empieza y acaba en el aeropuerto de Asturias, muy cerca de Avilés, en la parroquia de Santiago del Monte. Primera parada, Coruño, en el concejo de Llanera. En concreto, un polígono industrial de maquinaria pesada a tiro de piedra de Oviedo que alberga en uno de sus rincones un tesoro oculto.

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Se trata de la iglesia de Santa Bárbara, un templo centenario, construido en 1912 para dar servicio a los empleados de la empresa de explosivos del mismo nombre y que cerró a principios de la década de 1940. Desacralizada desde entonces y en propiedad de una familia local que tardó varios años en encontrarle un uso adecuado y tampoco consiguió venderla, la coqueta pero algo desvencijada iglesia se convirtió en 2007 en pista de skate por inciativa de Ernesto Fernández Rey, aficionado al patinaje acrobático sobre tabla y credor de la asociación sin ánimo de lucro Church Brigade, que gestiona y conserva ese espacio desde entonces.

Este original capricho para uso y disfrute de la comunidad skater local recibió un brutal espaldarazo en 2014, cuando el artista urbano Okuda San Miguel descubrió la iglesia y se mostró dispuesto a cubrir esos muros con su arte. Tras un crowfounding relámpago para pagar los materiales, Okuda y sus ayudantes empezaron a pintar el 23 de noviembre de 2015. “Desde el principio se plantearon acabar la obra en siete días”, nos comentan los miembros de Church Brigade que nos sirven de guías en nuestro descubrimiento de este espacio tan singular, “es decir, como Dios, pero sin descansar el séptimo día”. El resultado es un abrumador despliegue de arte callejero: colorista, expresivo, rico y rotundo, el desembarco de una especie de raza alienígena mística pero fuertemente erotizada que se ha apoderado de un templo terrícola y lo ha inundado de luz.

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A todo tren

Mientras retratamos los frescos de Okuda, una selección improvisada de skaters locales patina entre los muros con la contundencia acrobática, el valor y la energía que exige este deporte. “Hemos convertido esto en un lugar de pergrinación para la comunidad skate”, nos cuentan los miembros de Church Brigade, “y en un homenaje permanente a nuestro amigo Ernesto, ‘Jernest’, que murió de un infarto en 2016, pero al menos tuvo la satisfacción de ver transformada su iglesia en una obra de arte urbano y uno de los parques de skate indoor más originales del mundo”.

De Coruño conducimos al cercano alto del Naranco, esta montaña sagrada (para asturianos y amantes del ciclismo) a un par de kilómetros del centro de Oviedo desde cuya cima se abarca con la vista todo el Principado de Asturias. Las playas del Cantábrico, Gijón y Avilés hacia el norte, Oviedo, los montes de Cangas y las imponentes estribaciones de los montes de Europa, con sus crestas de nieve asomando entre la tenue niebla, al sur. El Sagrado Corazón de Jesús, un monumental alarde de escultura católica neoimperial que data de 1950, preside esta popular montaña, muy frecuentada gracias a su fastuoso mirador, su merendero y su par de joyas arquitectónicas prerrománicas, las iglesias de San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco, que el rey asturiano Ramiro I mandó construir en estas laderas durante el brumoso siglo IX.

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Arte cosmopolita

Tras comer en Parrilla Buenos Aires, asador tradicional con imponentes ventanales, nos dirijimos al Centro Cultural Oscar Niemeyer, junto a la ría de Avilés. En 2006, el arquitecto brasileño, ya casi centenario por entonces, fue uno de los receptores del premio Principado de Asturias que aceptaron hacer una donación cultural a la comunidad asturiana. Niemeyer donó los planos de este espacio que iba a integrarse en un área de iniciativas culturales llamada Isla de la Innovación.

Visitamos con luz crepuscular su gran plaza cívica de hormigón, su cúpula, su espacio polivalente y su minimalista auditorio, de impecable acústica, con forma de caracol y un mural vanguardista en el que una silueta de mujer se recuesta sobrer un fondo amarillo con alegría y abandono hedonista. El Centro alberga estos días una exposición colectiva de los Genovés, familia de artistas (Juan, Pablo, Silvia y Ana), un padre y sus tres hijos que entre los cuatro abarcan un amplio abanico de disciplinas artísticas, de la pintura a la fotografía, la escultura y las instalaciones. “Niemeyer tenía ya 103 años cuando el Centro fue inaugurado en 2011”, nos cuentan nuestros guías en esta exursión nocturna por el arte contemporáneo, “no pudo desplazarse, pero grabó un discurso entusiasta y muy emotivo, y sus allegados nos contaron que verlo inaugurado había sido una de sus grandes alegrías profesionales”.

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Cenamos en Casa Trabanco, sidrería tradicional de Lavandera, muy cerca de Gijón, que existe desde 1925 y viene ofreciendo desde 1983 una escrupulosa selección de pescados y carnes a la brasa (por no hablar de su imponente cachopo). Antes, en el cercano llagar en que se produce la sidra Casa Trabanco, asistimos a una explicación del proceso con el que se elabora este néctar asturiano de manzana.

Tras recorrer una parte de esta instalación de más de 11.000 metros cuadrados, accedemos a una sala llena de toneles de sidra añeja para disfrutar de una ‘espicha’, es decir, una degustación de queso locales acompañada de sidra servida directamente de la barrica. Entre vaso y vaso, nuestros anfitriones nos introducen en la liturgia local citando de pasada los diez mandamientos de la espicha, unas pautas de conducta etílica (y patriótica, de un patriotismo lugareño que en el principado parece religión) que, en esencia, consisten en amar la sidra sobre todas las cosas y no tomar nunca el nombre de Asturias en vano.

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Viaje al centro de la tierra

Tras hacer noche en el centro de Oviedo, en el innovador Hotel Eurostar Palacio de Cristal, obra del célebre arquitecto Santiago Calatrava, el plato fuerte de esta segunda jornada por una Asturias inédita es acudir al pozo Sotón, una mina de carbón de diz plantas que se ha convertido en la única de estas caracteríticas que se puede visitar en Europa. Esta vez, nuestros anfitriones son mineros vocacionales: jóvenes (y no tan jóvenes) de las comarcas de los alrededores cuyo proyecto vital pasaba por bajarse a la mina, como hicieron antes que ellos sus padres y sus abuelos, pero que ahora mismo se dedican a ejercer sobre todo de guías turísticos.

Gracias a su amabilidad y sentido del humor, este descenso de un par de horas a los infiernos del carbón resulta una excursión plácida y francamente divertida. La visita a las entrañas de la tierra astur, a este pozo de HUNOSA descrito por sus propietarios como la catedral de la minería española, incluye un recorrido en vagoneta (durante el que se recomienda muy encarecidamente no asomar nada por las ventanillas, porque, según nos cuentan los mineros, “no hay mucha costumbre de volver atrás para recoger miembros amputados”) y la posibilidad de acceder a una veta de carbón, situada a más de medio kilómetro de profundidad, y probar por unos instantes la rutina cotidiana del minero, extrayendo unos gramos de mineral con el pico eléctrico.

Álvaro Fuente

“A ver si la próxima vez que nos veáis por Madrid reivindicando lo nuestro nos entendéis mejor”, bromean los mineros tras demostrarnos, aunque sea muy someramente, que la mina es dura. Y que Asturias, incluso con las cicatrices de la reconversión industrial bien visibles en esta mina convertida ya en parque temático como alternativa casi única al abandono, es una tierra hermosa.

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