Estoy casi segura de que fui jinete de rodeo en una vida anterior. Y eso que en esta vida ni siquiera soy capaz de montar a caballo. Pero llevo más de 25 años recorriendo Estados Unidos, cámara en ristre, para documentar lo mejor que sé los aspectos más extraños, genuinos y maravillosos de la cultura norteamericana, así que cuando me ofrecieron que acudiese al último rodeo del año, una especie de clausura oficial del calendario de competición de la temporada que se celebra pocos días antes de Navidad, acepté sin dudarlo, guiada por la curiosidad y la fascinación más intensa. 

Los mejores jinetes del país compiten para repartirse unos premios en metálico por encima del millón de dólares y, sobre todo, para hacerse con la hebilla de oro, que es el máximo galardón en la especialidad, algo así como el anillo de la NBA o el título de campeón del mundo. La competición dura diez días con sus diez noches y se disputa en la ciudad de Las Vegas, cuya popular avenida principal, Strip (La Franja), se convierte en un océano de sombreros Stetson y botas de espuela, como si se estuviese rodando un multitudinario western con miles de extras. Jinetes de hasta el último rincón del país acuden a la ciudad del estado de Nevada conduciendo decenas de horas a través de montañas y desiertos. Vale la pena, es mucho lo que hay en juego. La competición cuenta con el patrocinio de Wrangler, se televisa en directo y ofrece dinero a espuertas a los ganadores.

Se trata de un deporte duro. Resistir entre cinco y diez segundos a lomos de un toro desbocado no resulta fácil. Al contrario, es extenuante, peligroso, y ese riesgo extremo se transmite a las gradas, que contemplan este espectáculo de una intensidad frenética al borde de sus asientos, con el alma en vilo. Toros y jinetes reciben una valoración del jurado, de manera que en las últimas rondas se trata de subirse a la espalda de los toros más bravos, más salvajes, porque son ellos los que de verdad permiten al jinete lucirse mostrando su habilidad y destreza. Es una locura, sin duda, pero también cuestión de orgullo, de conexión con las raíces y de un entusiasmo que hace que los jóvenes jinetes estén dispuestos a probar suerte incluso con la clavícula rota o lloren desconsolados si una lesión inoportuna no les permite seguir compitiendo.

Uno de los jinetes que más captaron mi intención fue Scotty Knapp, al que retraté en su habitación de hotel, con una bufanda verde cubriendo su hombro dislocado y puntos de sutura en el cráneo y en la frente. Asistí al suplicio que suponía para él ponerse la camisa y, por supuesto, no me permitió que le ayudase. Cuando le dije que su hombro tenía mal aspecto, me respondió, con seco estoicismo, que solo tenía que aguantar tres días más y que después ya se lo curarían en casa.

Los rodeos no son como los otros deportes. Si te dislocas un hombro, no se interrumpe el partido y aparecen los camilleros para asegurarse de que puedas seguir jugando. Si te duele, es tu problema. Y si no puedes seguir compitiendo, te vas a casa. La única ayuda con la que puedes contar es la de los mozos que se encargan de evitar que el toro te pise cuando caes al suelo. Lo apartan de tu camino y te ayudan a ponerte de pie si no eres capaz de hacerlo solo. Eso es todo.

 

Sufrir hasta el límite

Por suerte, Scotty fue capaz de superar una de las rondas, pese a su hombro hecho trizas, y se aseguró un premio en metálico, lo suficiente para que acudir al gran rodeo de Nevada le saliese a cuenta. Hablé con él tras su humilde gesta y se le saltaban las lágrimas al contarme lo orgullosos que estarían de él sus dos hijos mayores y las ganas que tenía de besar la frente del pequeño, un recién nacido que, según me dijo, le estaba trayendo “buena suerte”.

El evento tiene un aire muy familiar. Y no solo en las gradas, en las que abundan los padres con sus hijos, sino también entre los participantes, que suelen acudir rodeados de hermanos, hermanas, tíos, primos segundos… Todo un ejército de apoyo que comparte su pasión por estas tradiciones de la América rural con las que crecieron. Los premios son importantes, por supuesto, pero el dinero no parecía ser la principal motivación de ninguno de los jinetes con los que tuve la oportunidad de hablar.

La mayoría venían de ciudades pequeñas, pero no encajaban en el estereotipo de rudo cowboy que yo me había imaginado. Suelen ser delgados, fibrosos y no muy altos, bastante jóvenes, muy corteses y con el brillo en la mirada del que siente un entusiasmo casi infantil por lo que hace. Nunca les pedí que se quitasen sus somberos, porque para ellos es un signo de distinción y orgullo y, además, creo que los hombres tienden a estar más guapos con un Stetson puesto. Solo uno de ellos me dijo que había crecido en un rancho propiedad de su familia y llevaba practicando con sus propias reses desde niño. La mayoría empezaron a practicar con ovejas a los tres o cuatro años y no tuvieron la oportunidad de subirse a una res o un toro hasta pasados los 14.

 

Héroes sin arrogancia

El ganador del torneo fue Sage Kimzey, todo un campeón y, además, el cowboy mejor vestido que he visto nunca. Concluida la prueba, los 15 finalistas se pasaron horas firmando autógrafos. Son ídolos, héroes populares, pero también gente sencilla y accesible que disfruta rodeada de personas que comparten su gran pasión. La mayoría me dijeron que estaba muy bien obtener un poco de reconocimiento, pero que no iban a dejar que se les subiese a la cabeza, que su objetivo en la vida era dedicarse al circuito unos pocos años más y luego, con suerte, montar su propio rancho o encontrar un buen trabajo en uno ajeno en que se valorase su experiencia. En general, el trabajo de vaquero está muy mal pagado, según me contaron, se hace imprescindible sacar algo de dinero extra, y si puede ser participando en rodeos profesionales, mejor que mejor.

Aunque algunos de los muchachos eran muy guapos y tenían aspecto de estrellas de cine, la mayoría de los retratados resultaron ser tan respetuosos como tímidos. También me sorprendió constatar que suelen ser bastante espirituales, casi místicos, en algún caso. Uno de ellos me dijo que la iglesia de un vaquero es su caballo, una frase que nunca olvidaré, por su belleza sin opretensiones y la convicción con que fue pronunciada. Supongo que estos hombres pueden pasar horas, días o semanas sin hablar con nadie mientras hacen sus tareas en rincones muy apartados. Se sienten como monjes en su monasterio, disfrutando de la soledad y el silencio que predisponen a un hombre a acuparse de asuntos espirituales. Después de compartir tiempo con ellos, me convencí de que su estilo de vida, por duro e ingrato que pueda resultar a veces, es bueno para el alma.