Por increíble que parezca, el desierto más árido del mundo es también el mejor destino romántico de Sudamérica. Así lo han reconocido los World Travel Awards por segundo año consecutivo por sus puestas de sol, sus paisajes y sus opciones de wellness. En plena cordillera de los Andes, el desierto de Atacama ofrece kilómetros y kilómetros de espectáculo árido, salado y volcánico. Y además de ensimismarse con sus paisajes, hay mucho que hacer…

 

1 En ningún lugar se ven más estrellas

Sebastian Wilson Leon

No hay nada más romántico que tumbarse a ver el cielo estrellado en una noche tranquila, y este desierto es considerado el mejor destino del mundo para hacer astroturismo por sus condiciones geográficas. Ya sea de acampada, saliendo un momento de la habitación del hospedaje (muy abrigados, esos sí, que al caer el sol lo hacen también en picado las temperaturas) o en alguno de los muchos observatorios que hay repartidos por todo el desierto, una vista al cielo bastará para dejar a cualquiera sin palabras. Algunos de esos observatorios son de carácter científico pero otros tienen fines turísticos y ofrecen tours para contemplar las estrellas y constelaciones que solo se pueden ver desde ese hemisferio, como la Cruz del Sur. Entre estos observatorios están el Mamalluca y el SPACE.

 

2 Un recorrido entre fumarolas y volcanes

Toda la región de Atacama está habitada por cactus gigantes y llaretas, y recorrido por llamas, vicuñas y vizcachas que campan a sus anchas bajo la atenta mirada de algunos de los volcanes más impresionantes del planeta. Uno de los más conocidos es el Licancabur, justo en la frontera entre Bolivia y Chile y de más de 5.900 metros de altura. Es el principal protector de San Pedro de Atacama, y en el lado boliviano linda con la Laguna Verde, una pequeña laguna que a pesar de su atractivo aspecto es totalmente tóxica para el baño. Sus aguas tienen una alta composición mineral con arsénico, plomo, magnesio y carbonato de calcio que le aportan ese llamativo color turquesa y hacen imposible que se desarrolle la vida en ellas.

C.M.

Al Licancabur le supera en alto con sus 6.026 metros el Sairecabur, un clásico del montañismo, y todavía hay algunos volcanes que siguen en activo, como el Lascar, que de vez en cuando deja escapar una fumarola. Aunque para fumarolas, las que se pueden ver el campo geotérmico más alto del mundo (a 4.200m), los Géiseres del Tatio. Hay que madrugar para ver las columnas de vapor en todo su esplendor, porque su punto máximo de actividad está entre las 6 y las 7 de la mañana. Ahora bien, el madrugón se ve recompensado cuando uno se encuentra rodeado de fumarolas de hasta 10 metros de altura, pozas de agua termal con depósitos minerales, cráteres y todos los cerros que vigilan el paisaje a lo lejos. Al acercarse a los géiseres hay que andarse con cuidado porque, además de que sus lodos pueden alcanzar más de 85ºC, los bordes son muy blandos y hay peligro de resbalones. Pero también están formados de sales minerales, lo que le da al suelo un colorido único. En las inmediaciones hay pozones termales y naturales donde los visitantes se pueden dar un baño.

 

3 Surfear las dunas en un entorno galáctico

La Cordillera de la Sal se formó hace millones de años, cuando el fondo de un antiguo lago fue subiendo por los movimientos terrestres que también dieron lugar a los Andes, con los que empalma siguiendo hacia el este. A lo largo de los años, la (poca) lluvia y el viento la han ido moldeando para crear el increíble paisaje que ahora los turistas visitan en bicicleta, todoterreno, andando o hasta a caballo. Planicies esporádicas, estratificaciones, esculturas naturales, colores cambiantes con la luz del sol y valles que tienen el aspecto de estar salpicados con sal por su alto contenido en sulfato de calcio, son el objetivo de todos los que visitan la región.

Todo cuanto alcanza la vista parece estar sacado de una película de ficción en la que viajan al espacio. Por eso, a uno de eso valles se le conoce como el Valle de la Luna, porque sus formaciones de piedra y arena recuerdan a las de la superficie lunar, incluso en el color blanquecino que le aporta el manto de sal que lo cubre. Al estar justo en el punto de encuentro entre el desierto y la cordillera, subiendo hasta la Gran Duna, se puede disfrutar de una vista privilegiada de todos los cambios de pendiente, lagos secos, afloramientos salinos, esculturas y cavernas que se repiten por el valle. Un segundo punto estratégico al que subir es la piedra del coyote, un saliente que actúa de mirador al norte del valle y desde el que se puede disfrutar del juego de luces y sombras en las noches de luna llena o al atardecer.

Otro de los valles más conocidos de la cordillera es el de la Muerte, que se llama así por los huesos que se han ido encontrando allí a lo largo de los años. Muchos de esos huesos son de animales, y otros son simples trozos de yeso natural que parecen restos, pero parece que algún humano también se quedó en el intento de cruzar el valle. Y no solo por eso es el lugar más inhóspito del planeta, porque en el Valle de la Muerte no hay ningún tipo de ser vivo, ni un insecto, ni una planta que pueda crecer en esas condiciones. Sin embargo, sus grandes dunas son muy apreciadas por los amantes del trekking y los turistas, que se deslizan desierto abajo en sandboard como si de una pista de esquí se tratase.

 

4 Un baño en las termas de Puritama

Por el medio de un cañón, el río Puritama atraviesa la reserva privada que sirve de hogar al gato andino, formando unas termas a nada más y nada menos que 3.500 metros de altura. Un total de 8 pozones de agua entre 28 y 31 grados en los que se uno puede bañar pagando la entrada. Hay que reservar con bastante tiempo de antelación, porque el número de bañistas es limitado y son muchos los visitantes que quieren pasar un rato relajándose en sus aguas cristalinas, que además tienen una gran concentración de minerales como el magnesio, el calcio o el sodio que son revitalizantes para el cuerpo y la mente. Otro lugar muy especial donde poder darse un baño en Atacama es la Laguna Cejar. En sus aguas color calipso, como les gusta llamarlo a ellos, se puede flotar sin necesidad de saber nadar. Su alta concentración de sal convierte este balneario natural, rodeado de brillantes cristales, en un pequeño Mar Muerto en pleno desierto chileno. Entre el resto de lagunas de la zona destaca también la Tebinchique, conocida por tener uno de los atardeceres más bonitos del mundo. Los colores del cielo se reflejan en el espejo de sal de su superficie, roto cuando aterrizan los flamencos andinos que hasta ahí llegan para alimentarse.

 

5 Un viaje gastronómico

El pueblo de San Pedro de Atacama vive principalmente del turismo, por la gran cantidad de visitantes que pasan por allí antes de adentrarse definitivamente en el desierto. Sin embargo, también tienen una oferta gastronómica muy interesante, y en sus restaurantes se pueden probar platos típicos del país y de la cocina andina en general. Esa cocina se caracteriza el uso de hierbas como la muña, el algarrobo y el rica rica, con propiedades medicinales y que en algunos locales sirven en forma de helado.

Pero de entre esas hierbas, quizás la más llamativa sea la coca, con la que se preparan tés pero que normalmente se masca sin más para combatir los síntomas del mal de altura. Otro de los más populares es la quinoa: uno de los alimentos que más se ha puesto de moda últimamente lleva años cultivándose en tierras andinas y sirve de acompañante para muchos platos. Hay quien se atreve a preparar con ella sushi y hasta quinoa con leche. Otro clásico, la carne de llama, el pastel de choclo (maíz) o las empanadas de queso de cabra acompañadas de un trago de pisco sour. Algunos de los restaurantes donde disfrutar de la comida tradicional andina en San Pedro de Atacama son La Casona, Adobe, Agua Loca y La Estaka.

Por cierto: en el altiplano que rodea a esta población, aún hay tiempo para extasiarse con otra vista única: los géisers de una de las zonas con más actividad volcánica del continente. 

Kurt Cotoaga