Buenas noticias para los incondicionales de la (buena) gastronomía popular: el último tramo de las Ramblas barcelonesas, el que va de Teatre Liceu a la Avenida de las Drassanes, no está perdido para la causa. Aunque en la Rambla dels Caputxins proliferan sin duda los denostados restaurantes atrapaturistas, en los que los altos precios y la falta de compromiso con la calidad se justifican a menudo por la falta de necesidad de fidelizar a un cliente que suele estar de paso, aún quedan locales como Ultramarinos que apuestan por la estrategia contraria: un ambiente acogedor, con personalidad y cocina e mercado equilibrada, creativa y honesta a un precio razonable.

El restaurante del grupo Lombardo, propietario de varios locales en la ciudad de Barcelona, estrena estos días una nueva carta y está potenciando su oferta de cócteles y cenas con música en directo. Ultramarinos ocupa un local de 800 metros cuadrados que perteneció en su día a uno de los antiguos teatros canallas de las Ramblas. Lázaro Rosa-Violán, uno de los interioristas más cotizados de la ciudad condal, le ha dado a este espacio un aire entre fabril y tropical, de un retrofuturismo marítimo al que tampoco le faltan guiños a la exuberante Nueva York de Studio 54 y los felices 70.

 

Sabor mediterráneo

José Lombardero y Kate Preston ejercieron la pasada semana de anfitriones para una cena espectáculo para ungrupo de invitados en la que no solo se pudo probar la nueva carta, sino también escuchar a un combo de jazz latino. La londinense Kate, hija del editor y columnista de The Guardian Peter Preston, empezó a frecuentar España en su primera infancia, cuando pasaba los veranos en la Costa Brava con su familia. En 1992 conoció a José Lombardero, gallego de origen y catalán de adopción, y se instaló en Barcelona.

Juntos se embarcaron en una completa renovación de la oferta gastronómica del grupo Lombardo que pasa, sobre todo, por el énfasis en su carácter mediterráneo sin por ello renunciar a un sano cosmopolitismo. De hecho, el nombre del local hace referencia tanto al carácter vocacionalmente cosmopolita del local como a las tiendas de ultramarinos tan habituales hasta hace muy poco en esta parte de la ciudad, antes de que el turismo masivo transformase el barrio.

La velada gastronómica y lúdica arranca en la barra de cócteles con una deliciosa reinterpretación a la catalana del mojito en la que el cava es el principal protagonista. Luego, ya sentados bajo las vistosas claraboyas, en el centro del espacio diáfano del resturante y a ritmo de bossa nova, se suceden platillos sabrosas y de presentación impecable como el Mezze de hummus de remolacha, el tataki de atún con aguacate, los mejillones picantes al estilo Thay o la ensalada de burrata fresca con salsa romero casera. Entre los platos principales, una delicia con sello Ultramarinos, una melosa ternera deshuesada con mostaza de wasabi y nubes de puré de patata.

Una experiencia gastronómica, en fin, completa y satisfactoria, que cumple sin alardes innecesarios con el compromiso de reconciliar con Las Ramblas a los aficionados al ocio tranquilo y la buena cocina.