Tel Aviv es una ciudad rebosante de juventud. Situada en la costa oriental del Mediterráneo y con apenas un siglo de antigüedad, es famosa por su larga playa, su muy activa y plural escena nocturna y su tolerancia religiosa y sexual. Hace apenas unos meses, cuando visité el lugar por vez primera, la parte oeste de la ciudad me resultó desconcertante. Me pareció una versión aún más calurosa, más cosmopolita y más festiva de Barcelona o de San Francisco, una ciudad totalmente fuera de contexto en esta orilla oriental del Mediterráneo, a las puertas de Tierra Santa.

Esta sensación de extrañeza se ve reforzada por el predominio de una arquitectura modernista de inspiración claramente europea. Construida en gran medida según el patrón del Estilo Internacional, un movimiento que surgió en Europa central y destacó por el uso sistemático de las líneas rectas y el color blanco, la llamada ‘Ciudad Blanca’ de Tel Aviv cuenta con más de 4.000 edificios modernistas, lo que ha llevado a la UNESCO a considerarle Patrimonio de la Humanidad. Como consecuencia de ello, el barrio aparece en todas las guías urbanas de Tel Aviv, etiquetado con frecuencia como el lugar del mundo en el que más visible resulta la herencia de la Bauhaus.

Un poco de contexto. La escuela de arte Staatliches Bauhaus se fundó en Weimar, Alemania, en 1919. Su ambiente era progresista y vanguardista, con un programa de estudios en el que convivían de manera armónica la funcionalidad, el racionalismo y el socialismo. Estos ideales se expresarían en una arquitectura de estilo internacional, especialmente en el uso de líneas limpias y la ausencia de ostentación ornamental, un rechazo de la opulencia y el exceso que percibían en el resto de tendencias contemporáneas. Poco después de que Hitler llegase al poder en 1933, la escuela fue perseguida por su supuesta conexión con el comunismo internacional y acabó siendo clausurada. Cuatro de sus alumnos, de origen judío, regresaron a Israel: Schlomo Bernstein, Munio Weinraub-Gitai, Shmuel Mestechkin y Aryeh Sharon.

 

Bauhaus a orillas del Mediterráneo
El impacto de la Bauhaus en la arquitectura de Tel Aviv es indiscutible. Es la primera y, muy posiblemente, la única ciudad exisente que fue construida según los postulados de la escuela. Pese a todo, hay que precisar que la Bauhaus era una escuela vinculada a una ideología socialista y a un conjunto de principios filosóficos, pero no a un estilo concreto. Shmuel Mestechkin siempre matizó que hablar de la arquitectura de la Bauhaus le parecía impreciso y equívoco. De hecho, los cuatro arquitectos de la escuela que se refugiaron en Israel carecían de un estilo arquitectónico común. Nunca se comportaron como un colectivo coherente y no desarrollaron proyectos conjuntos.

La mayoría de los edificios de estilo internacional que pueden verse hoy en la ciudad fueron realizados por arquitectos que se formaron en otros lugares, incluido el ruso Dov Karmi, que estudió en Gante. Sin embargo, por diversas razones, la idea de que Tel Aviv era una ‘ciudad Bauhaus’ acabó cuajando, y le ha dado a este lugar tan dinámico un aura de solidez y de tradición que e probable que sus residentes más jóvenes no compartan.

"El adorno es un crimen", nos dice una y otra vez el guía durante nuestro recorrido por la Ciudad Blanca. Es la expresión de una idea poco menos que dogmática en este lugar. El manifiesto en miniatura de una manera de entender el arte más simple, más democrática, más limpia, más blanca.

 

El relato fundacional

Los inicios de Tel Aviv también se alimentan de un relato ideológicamente seductor. 'Tel Aviv', que literalmente significa 'primavera histórica', fue el título en hebreo elegido para la novela utópica sionista Altneuland, de Theodor Herzl, publicada en 1902. Como corresponde a una ciudad que lleva el nombre de un libro, la fundación oficial de Tel Aviv fue un evento impregnado de poesía, de simbolismo. Una fotografía tomada el 11 de abril de 1909 y que aún se conserva en la actualidad muestra a 66 familias predominantemente asquenazíes reunidas en un inmenso solar a las afueras de Jaffa sorteándose entre ellas las parcelas de la futura ciudad que llegaría a ser capital administrativa del futuro estado de Israel. Esas familias se establecieron en un suburbio residencial bautizado como Ahuzat Bayit, el germen de lo que acabaría siendo Tel Aviv.

Es una historia atractiva, con un toque de parábola. El paisaje árido, las parcelas que se sortean, el esfuerzo creador de una utopía que humaniza el desierto y da a judíos errantes, víctimas del antisemitismo, la oportunidad de disfrutar una vida mejor. El impacto de la escuela Bauhaus en la ciudad también apela a un sentido de justicia artística. La supervivencia de los judíos y el ideal sionista frente a la persecución nazi podría manifestarse en la presencia física de los edificios de estilo internacional. No es sorprendente que ese relato casi legendario se convirtiese en historia oficial de la ciudad.

Sin embargo, la realidad es terca. Y lo cierto es que Tel Aviv ya existía antes de la fundación de Ahuzat Bayit.En 1887, un grupo de sefardíes y yemeníes fundó Neve Tzedeck, primer barrio judío de la ciudad. En años posteriores, ese primer enclave entraría en decadencia y no volvería a recuperar su discreto esplendor hasta los años 80, una época en que se realizó un serio esfuerzo de regeneración urbana en la zona. La joya del distrito es hoy el Suzanne Dellal Dance Center, una fundación caritativa creada por promotores inmobilarios del Reino Unido. El área en sí es bohemia y elegante, llena de galerías de arte y atractivas boutiques.

 

De Tel Aviv a Jaffa

Otros barrios que existían antes de la fundación de Ahuzat Bayit son Neve Shalom, fundado en 1890, y el barrio árabe de Manshieh. También Kerem Hateimanim, fundado en 1904. En este se estableció un mercado de productos muy activo como respuesta a la negativa del puerto de Jaffa a aceptar productos judíos. En el mercado de Carmel, que se encuentra allí hoy, compré dátiles y za'atar, una mezcla de especias picante, esencialmente de Oriente Medio, común en la cocina palestina e israelí. En 1909, estos barrios en ciernes fueron incorporados a Ahuzat Bayit.

Deambulando hacia el norte desde Carmel, sigo la línea oblicua de Allenby Street, una vía principal pavimentada por primera vez en 1914 y que sirvió de espina dorsal para la ciudad en desarrollo. Después de que la ciudad obtuviera el estatus de municipio autónomo de Jaffa en 1921, las oleadas de inmigración judía de Europa del Este y África del Norte, así como más desplazamientos locales de Jaffa, hicieron que la población de Tel Aviv se disparara desde 2.084 a principios de la década hasta 42.000 un decenio después.

Pocos días antes de Rosh Hashaná, el año nuevo judío, recorre el paseo litoral que une las playas de Tel Aviv con la vecina ciudad de Jaffa. Las diferencias entre una ciudad y otra resultan evidentes a simple vista. Construida en la ubicación de un antiguo poblado de Edad de Bronce, Jaffa fue un puerto muy activo y próspero, famoso a nivel mundial por su masiva exportación de naranjas, hasta bien entrado el siglo XX. En los últimos años, no es más que el degradado suburbio portuario de Tel Aviv, el pariente pobre de una ciudad moderna, vibrante y exquisita. El lugar más limpio y mejor mantenido de la ciudad es el Jardín HaPisga, que se encuentra en lo poco que queda de la Ciudad Vieja.

No queda mucho de la antigua capital palestina, solo las ruinas de las antiguas murallas de la ciudad y la mezquita de al-Bahr. Los no muy numerosos turistas se concentran en la cima de la colina, donde se ha instalado un mirador con espléndidas vistas hacia el norte, más allá de la playa, hacia la Ciudad Blanca. La arquitecta y escritora israelí Sharon Rotbard, autora de White City, Black City, un estudio de arquitectura de estilo internacional en Tel Aviv, me cuenta que no todo es tan idílico como parece en la pulcra Tel Aviv, que tal vez sus fachadas blancas transmitan la aséptica indiferencia de una ciudad que ha querido encerrarse en un discurso institucional mezquino, sesgado y, en gran medida, falso.

"La arquitectura de estilo internacional no se limitó a Tel Aviv", explica. "También en Jaffa y Manshieh se construyó de esa manera, sobre todo en los cortos periodos entre guerras". Una exposición y catálogo recientes, Bauhaus en Jaffa: Arquitectura moderna en una ciudad antigua, encargado por el Centro Bauhaus de Tel Aviv, parece ser el único estudio de este tipo.

En enero de 1948, miembros de Etzel, un grupo paramilitar judío, hizo estallar el ayuntamiento de Seraya y, con él, el archivo municipal de Jaffa. El 25 de abril, el estado de Isreal lanzó un ataque a gran escala contra la ciudad, de mayoría musulmana, que se rindió el 13 de mayo tras intensos combates. El estado de Israel fue proclamado oficialmente el día siguiente. En verano de 1948, apenas un par de meses después, la población árabe de Jaffa se había reducido de 100.000 a apenas 4.000 personas. El resto se fueron, dejando atrás un infierno de casas vacías o reducidas a escombros en calles cuyos nombres fueron traducidos del árabe al hebreo.

A Jaffa le extirpraron su pasado. Se borró, sin más. Y la arquitectura de vanguardia con la que la ciudad intentó asomarse a la modernidad antes de 1948 fue destruida sin contemplaciones. Los pocos edificios que sobrevivieron no fueron incluidos en los planes de protección del ptrinomio urbano de la vecina Tel Aviv. "Recientemente, el edificio de la oficina de correos británica, de estilo internacional, diseñado a finales de la década de 1920 por el arquitecto judío Yitzhak Rapoport, fue demolido para dar paso a un bloque de apartamentos de lujo", me dice Rotbard.

El cine Alhambra, diseñado en 1937 por el arquitecto libanés Elias Al-Mor, es ahora un centro de la Iglesia de la Cienciología. Salvo muy contadas excepciones, la mayoría de arquitectos que trabajaron en Jaffa son desconocidos, y no quedan planos ni documentación que registre sus edificios. Como señala Rotbard, "ya no hay un registro arquitectónico del patrimonio moderno de Jaffa".

Caminando por la playa hasta Tel Aviv, paso junto a los restos del antiguo barrio de Manshieh, arrasado por miembros de Etzel en la primavera de 1948. Lo que quedaba del barrio, abandonado ya en gran medida, fue objeto de demoliciones masivas en la década de los 60. Solo sobreviven dos estructuras originales: la mezquita de Hassan Bek y, casi en la arena, los restos aún reconocibles de un hogar palestino, reconstruido a partir de una serie de dibujos originales que Walter Gropius realizó para la escuela Bauhaus. El edificio se convirtió en un museo a principios de la década de 1980, dedicado a los miembros de Etzel que cayeron durante la "liberación" de Jaffa. En el museo ni siquiera se menciona el hombre del arquitecto, del constructor o de alguno de los residentes originales de este espacio apropiado y redefinido.

Está claro que los vencedores no solo escriben la historia. También se apoderan de la arquitectura y la adaptan a sus intereses. La historia de Tel Aviv y Jaffa es la crónica en absoluto feliz de cómo una de las ciudades más jóvenes del mundo devoró a una de las más antiguas. La arquitectura, como toda forma de arte, es política.

Decir que el conflicto entre árabes e israelíes es complejo y no se presta a interpretaciones reduccionistas ya es una obviedad a estas alturas. Mucho menos obvio, más doloroso y más instructivo es comprobar sobre el terreno cómo este conflicto entre dos comunidades que intentan repartirse, mal que bien, un puñado de tierra cargada de historia oficial y de historia omitida y silenciada ha dejado profundas cicatrices sobre el tejido urbano. Cicatrices de carne y hueso, y también de piedra.