Día 1. De La Paz al desierto y noche en Tahua.

La mejor forma de acceder a Uyuni es en avión desde el aeropuerto del Alto. Una vez allí, empieza la aventura, vehículos 4x4 esperan para recoger a los visitantes en un pequeño pueblo que vive (de forma algo desorganizada) del turismo en la zona. 

Antes de entrar al salar, una parada obligatoria por la importancia que tiene para los locales: el cementerio de trenes. A escasos metros del pueblo descansan las ruinas de las locomotoras que llegaron hasta allí hace más de un siglo para empezar el negocio de la sal. De este negocio siguen viviendo en el área hoy en día, y prueba de ello es la fábrica de Colchani, alrededor de la que se acumulan montículos de sal que dan la bienvenida a este desierto blanco. Una vez allí inunda una tentación de fotografiar todo cuanto se ve, pero que es importante controlar para ahorrar la batería que hará falta durante las muchas horas de trayecto sobre la costra salada. 

Tras un rato circulando por el mismo suelo por el que pasa el Dakar de Bolivia, aparece la Isla del Pescado (llamada así por su forma) o Incahuasi. Un oasis repleto de cactus gigantes cuyo suelo fosilizado crea un paisaje oscuro más propio de Lanzarote que contrasta con el fondo blanco.

De camino a la siguiente parada, en el volcán Tunhupa se pueden tomar las graciosas fotografías típicas del salar, cuya infinidad blanca permite jugar con la perspectiva durante la época de sequía. En la de lluvias llega otro espectáculo: el agua que cubre el suelo refleja el cielo y los volcanes, actuando como un gigantesco espejo.

A las faldas de Tunhupa se encuentra la población de Tahua, donde se levanta el hotel Tayka de Sal donde pasar la noche. No se llama así de casualidad, y es que está construido exclusivamente con bloques duros de sal. Aun así, es un lugar acogedor que ofrece un techo y agua caliente en mitad de la nada.

Día 2. El salar Sensual, las lagunas y los desiertos de colores.

Nada más despertar hay opción de acompañar a los locales en su pastoreo de llamas, y entender cómo viven en un lugar de esas características, al tiempo que el visitante se sumerge  en la cultura boliviana. 

Si no, siempre se puede ir directamente de vuelta a los 4x4, dirección Ch’jini.  Allí, en grupos reducidos por la fragilidad de sus estalactitas, se da la posibilidad de entrar a la cueva que recibe el mismo nombre, o ascender al cerro Catedral, con ruinas de piedras apiladas.

PHC Santos

El camino continúa por el Salar Sensual, más desconocido por los turistas. La costra de sal se rompe formando figuras geométricas que dibujan un paisaje algo distinto al visto el día anterior. Por encima de esas formaciones avanzan los coches hacia el volcán Caltama. Una vez allí, se deja detrás la sal y, a través de un camino bastante accidentado, se llega al Pueblo quemado de San Pedro de Quemes, donde hay otro hotel de la red Tayka, en este caso construida solo de piedra. Allí sirven una comida a base de quinoa y carne de alpaca para coger fuerzas antes de continuar la ruta, que recorrerá una colección de lagunas como Cañapa, la Hedionda, Chiarkota, Honda y Ramaditas. Es en estas lagunas donde se puede ver de cerca al animal más llamativo de la zona, el flamenco.

Despidiendo un entorno rocoso pero colorido y con olor a azufre, la ruta se sumerge en otro desierto, el de Siloli, esta vez más acorde con la típica imagen de montículos de arena que se repiten hasta el infinito. En medio de ese desierto se encuentra el último alojamiento Tayka a visitar en el viaje. Un hotel de las mismas características que los anteriores, construido con arena desértica y de donde es recomendable escaparse (muy abrigado, eso sí) al caer la noche a contemplar el espectacular manto de estrellas que cubre el cielo.

Día 3. Despedida de Uyuni pasando por la Reserva de Eduardo Avaroa.

Para aprovechar este último día al máximo, lo ideal es salir lo más temprano posible hacia la reserva de Flora y Fauna Andina, no sin antes parar en el Árbol de Piedra una de las formaciones volcánicas más fotografiadas del lugar moldeada por el viento con forma arbórea.

Una vez en la reserva, un paisaje que uno se podría imaginar como propio de Marte alberga la Laguna Colorada, hasta donde también llegan los simpáticos flamencos andinos. Tras dar una vuelta por sus orillas comienza la subida al punto más alto de la ruta. Los Geisers del Sol de Mañana se levantan a 5000 metros sobre el nivel del suelo mostrando el poder de la naturaleza en su máximo esplendor. Los más atrevidos podrán asomarse (con cuidado de no ser sorprendido por alguna fumarola) a las pozas para ver los barros y lodos de colores hirviendo. 

Antes de volver al salar de Uyuni se pasa por el de Chalviri, gobernado por la Laguna Verde, cuyas aguas se funden con el ocre del desierto y el blanco del borax. Se llega a estar a un paso del desierto de Atacama al pasar por la frontera con Chile para darse un baño en las termas del Polques y fotografiar las Rocas de Dalí. Y ya de vuelta, toca despedirse del manto blanco donde llegamos hace un par de días y prepararse para volver a la civilización.