¿Qué tienen en común Putin, Netanyahu y una drag-queen? Que los tres han estado pegados alguna vez al televisor para devorar hasta el último respiro de un festival de Eurovisión, el certamen musical más politizado sobre la faz de la tierra. Alguno, repetirá este sábado.

Eurovisión ha servido de escenario tanto para la promoción de la igualdad de género o la visibilidad de la comunidad LGTBI, como para mostrar el rechazo a la invasión de Crimea o la ocupación de Palestina, pero también para 'blanquearlas'. Y pese a que algunos temen que las refriegas políticas pueden empañar el certamen de música ligera, en realidad son las que lo hacen realmente interesante.

No debemos olvidar que el propio festival nace de una estrategia política: según revelan unos documentos desclasificados por la OTAN en 2015, en 1948 se reunieron los responsables de cultura e información pública de este organismo, en el Palacio de Chaillot de París, para proponer ideas que llevaran a la concordia a países que, solo diez años antes, estaban inmersos en la guerra más cruenta de la historia, muchos de ellos, enfrentados entre sí. 

En 1956 se celebró en Suiza el primer festival de Eurovisión (una idea surgida de esa reunión, que se fue fraguando durante esos años, en los que se llegó a plantear nombrarlo Festival Musical de la Alianza Atlántica), en el que participaron Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Luxemburgo, Italia y la República Federal Alemana. Pónganse en situación, e imaginen en ese momento, frente al televisor, a un francés que probablemente había vivido el bombardeo de París por la Luftwaffe hitleriana solo 16 años antes, que arrasó con la vida de cientos de personas. 

“De hecho, una de las razones por las que Eurovisión ha logrado mantener su atractivo para los espectadores durante tantos años es que siempre ha sido un reflejo de los cambios sociales y políticos en Europa”, apuntaba en el Washington Post Dean Vuletic, profesor de Historia de Europa Contemporánea en la Universidad de Viena y autor de La Europa de posguerra y el festival de la canción de Eurovisión.

"Eurovisión ha sido una plataforma para las aspiraciones de diferentes actores, desde dictadores a drag-queens”, asegura Vuletic en las primeras líneas de su libro, que repasa la historia del certamen musical europeo. “La victoria de Conchita Wurst –la artista austríaca que encandiló a Europa con su recortada barba- sirvió para promocionar los derechos de las minorías sexuales, igual que la celebración del festival en Azerbaiyán en 2012 fue una apuesta personal del Gobierno dictatorial de Ilham Aliyev para blanquear su imagen internacional. Es una muestra de cómo el festival atrae a una gran diversidad de actores”.

El año pasado, en Lisboa, la cantante israelí Netta Barzilai ganó el concurso con su canción Toy, un tema con guiños al movimiento #Metoo. Netanyahu ha tratado rentabilizar la celebración de la edición actual ubicando el evento en Jerusalén, apenas unos días después de que Estados Unidos anunciara el traslado de su embajada a la ciudad santa.

El Gobierno israelí movió finalmente la competición a Tel Aviv ante las críticas, pero no ha escapado a las campañas que piden el boicot del certamen por la ocupación de Palestina y las acusaciones de violaciones de derechos humanos. Sin embargo, la mayor victoria política de Israel pude ser, precisamente, el fracaso del movimiento que pedía torpedear el festival. El movimiento Boycott Eurovisión ya ha fallado en su intención de que los países no participaran. Ninguno ha dejado de asistir, al menos no por implicaciones políticas. La operación de imagen de Israel solo se podrá ver truncada si los islandeses Hatari se hacen con el festival. El grupo ha mostrado abiertamente su rechazo a la política del Gobierno israelí y amenazó en su día con llevar a cabo una protesta en el escenario, pese a que finalmente no se ha vuelto a hablar de ello. 

La banda, que aporta la canción más política con su Hatred will prevail –"el odio prevalecerá, el corazón de Europa atraviesa"-, pretende boicotear la propia imagen de una Europa unida y fraternal que preconiza Eurovisión. “Dejar que la narrativa del concurso de pop blandito y amante de la paz siga sin cuestionarse en este contexto es extremadamente político", ha dicho Tryggvi Haraldsson, de Hatari, a The Guardian. "Todos los que participan en esto están participando en una declaración política, sean conscientes de ello o no".

La alargada sombra de Putin sobre el festival 

Este año Ucrania no acude Israel, no por la cuestión palestina, sino porque la televisión pública quiso obligar a la cantante a que evitara hacer gira por Rusia como boicot por la invasión de Crimea. En la cita eurovisiva de 2017, que tuvo lugar en Ucrania, fue Rusia quien se retiró después de que el Gobierno impidiera la entrada en el país a la cantante Yulia Samoylova por haber realizado una serie de actuaciones para celebrar la anexión de Crimea a la federación rusa. 

Alexei Nikolsky / GTRES

Otra de las más sonadas deserciones de Eurovisión ocurrió precisamente en la cita de Moscú de 2009, cuando la televisión rusa vetó un verso de la canción de Georgia que decía “We don’t wanna put in” –un juego de palabras que trasluce ‘No queremos a Put-in’-, como muestra repulsa por el conflicto entre ambas naciones.

Nuestro país no se libra de la instrumentalización política de este certamen. El ejemplo más reciente es nuestro participante en esta edición. Miki acaba de declarar a El Periódico: "Solo por haber nacido en Catalunya, ya existe el prejuicio de que no podemos hacer nada para España". Algo que ha repetido en numerosas entrevistas, tal vez para compensar la polémica foto que lo mostraba, años atrás, en una manifestación con una estelada colgada a la espalda. Eso generó el rechazo de muchos eurofans a su participación en el evento. 

El candidato de la pasada edición, Alfred, también había generado un gran revuelo cuando se destapó que había participado en la Diada de l’11 de setembre de 2014. Tuvo que repetir en varias declaraciones que lo suyo "no es la política, sino la música". Son dos casos recientes, pero el sesgo político e ideológico de España en el festival viene de muy atrás: Franco se negó a que actuara Serrat en 1968, a pesar de que fue el elegido internamente, porque iba a cantar en catalán. Finalmente, lo sustituyó Massiel con su celebérrimo La, la, la

¿Quién ganará este año el festival? Como en el resto de ediciones, pese a lo pegadizas que sean las melodías, habrá que volver a prestar atención a las letras.