Estamos en el islote de Raasay, en las Hébridas Interiores, muy cerca de la célebre isla de Skye y también a muy poca distancia de tierra firme, en las Tierras Altas escocesas. En Rassay nos espera la aldea de Hallaig, abandonada desde 1854 y actualmente en ruinas. Un lugar de colinas costeras tan escarpadas que, según la leyenda local, sus habitantes ataban a sus hijos con largas cuerdas para que tuviesen algo de autonomía pero no se cayesen de lo alto de los acantilados al mar mientras jugaban.

Al tiempo que descendemos del Land Rover que nos ha permitido llegar a nuestro destino serprenteando por colinas y carreteras casi impracticables, me vienen a la mente los versos de Hallaig, el célebre poema que Sorley MacLean dedicó a este lugar remoto y de aspecto un tanto fantasmal.

Sophie Davidson

Nuestro guía en un escocés entusiasta llamado Iain Hector Ross, todo un pozo de ciencia, un profundo conocedor de Raasay y de la historia colectiva de sus 161 habitantes. Iain nos muestra desde la cima del acantilado las azules cuevas subterráneas en que retozan los delfines y las radiantes arenas de la playa de Inbhir, frecuentada no hace mucho por la Reina de Inglaterra, que solía acudir al lugar en su flamante yate real, el HMY Britannia, para merendar con su séquito entre las dunas.

 

La Escocia más auténtica

Hay muchas cosas aquí que merecen ser vistas. Pero lo que nos ha traído a Raamsay es el whisky. Venimos a visitar la primera destilería 'legal' de maltas escoceses de la isla de Raamsay, inaugurada en 2017, dando carpetazo así a toda una fértil tradición de destilerías clandestinas, uno de tantos negocios tradicionales (muchos de ellos más o menos al margen de la ley) que han dejado de practicarse en este apartado islote.

Alasdair Day y Bill Dobbie son los responsables del nuevo negocio Nos han traído a la paradisiaca isla del fin del mundo para invitarnos a probar su whisky y mostrarnos cómo se destila. De entrada, tenemos que reconocerles que el escenario es de una belleza imponente y que muy pocas destilerías escocesas resultan tan fotogénicas como la suya.

Sophie Davidson

 

La paz de los lugares remotos

En 2018, Bill y Alasdair insertaron en la prensa una oferta de trabajo que podría ser el sueño dorado de los aficionados al whisky o de los urbanitas con fantasías escapistas: “Necesitamos gente dispuesta a traslardarse a una isla remota para ayudarnos a destilar nuestro malta escocés”. Gente a la que apeteciese, en primer lugar, embarcarcarse en un viaje ciertamente épico que empieza con un trayecto de avión a Inverness seguido de un recorrido por carreteras costeras en dirección oeste hasta alcanzar Skye, dejando atrás románticas lagunas y castillos emboscados en la niebla. Una vez allí, hay que dirigirse al pequeño puerto de Sconser y cruzar en ferry el brumoso estrecho de Raasay para recorrer a continuación la pista forestal que lleva a la destilería, más allá de las ruinas de Hallaig.

Tras dormir en una recia cama tradicional escocesa con dosel victoriano, damos un corto paseo desde el albergue en lo alto de una colina al almacén de la destilería. Allí nos esperan unos cuantos centenares de barricas cuidadosamente apilados. Contienen la primera añada del malta de Raasay, que empezará a comercializarse en 2020. Day introduce en uno de los barriles una larga pipeta de bronce, conocida en el argot de las desilerías como ‘ladrón’, y nos invita a probar el whisky tras advertirnos que le falta aún año y medio de maduración, lo que explica su color de un rojo rosado: “Aún no adquirido su propio color”, nos explica el propietario de la destilería, “por eso tiene un aspecto parecido al del vino de la Toscana que almacenaban estas barricas antes de que las comprásemos”.

Sophie Davidson

Aunque se trata de un whisky joven, ya ha adquirido un interesante equilibrio entre el sabor afrutado y la áspera pero sabrosa textura mineral que le da el lecho rocoso de esta isla volcánica. Aún le falta el poso ahumado que caracteriza, por ejemplo, a los maltas de Isley, pero ya empieza a ser el whisky "recio, moderno y con personalidad" que sus responsables quieren que sea.

Si algo abunda en este hermoso paraje de las Hébridas es el silencio. Un silencio que puede resultar casi ensordecedor para los acostumbrados al estruendo urbano, pero que da una sensación de paz y quietud deliciosa en cuanto te acostumbras a él.

 

Volver a casa

Norman Gillies, el joven encargado de la destilería, nació en la isla. Se fue de Raasay para estudiar ingeniería en tierra firme y pasó un corto periodo en Australia, pero siempre supo que volvería a su hogar. No parece importarle que Raasay haya perdido el 16% de su población en apenas 20 años. Él está más que resuelto a quedarse. Por eso, dedica parte de su jornada a construirse una casa a pocos metros de la destilería, en un área boscosa que es un auténtico remanso de paz.

Norman comparte su amor por el remoto paraje que le vio nacer con Iain Hectr Ross, que además de un guía turístico ejemplar es algo así como el intelectual local, autor de un estupendo diccionario del whisky. Lo normal aquí es tener más de un empleo. Gillies, sin ir más lejos, ejerce también de bombero, aunque esta segunda educación apenas le da trabajo.”Mi padre me enseñó que para vivir en una isla como esta y no echar nada de menos hay que ser capaz de hacer un poco de todo”, nos cuenta.

Su padre predica con el ejemplo: en nuestro camino de vuelta, nos resuelve un pequeño problema técnico que impedía arrancar a nuestro Land Rover. En Raasay, por supuesto, no hay talleres mecánicos. No hay más que whisky, tranquilidad sobrecogedora y esa abrupta pero amable belleza que hace que nos vayamos de aquí pensando ya en volver.