Para Samuel Collardey, como para tantos europeos, Groenlandia no era más que la enorme masa de hielo que sobrevuelas cuando viajas en avión del Viejo Continente a América del Norte. Más de dos millones de kilómetros cuadrados de superficie helada, como un inmenso rombo blanco de contornos imprecisos plantado allí, a una latitud inverosímil, donde se acaba la Tierra, sirviendo de enorme bisagra entre dos mundos.

Pero Collardey, fue un paso más allá del impacto estético habitual entre los que avistan desde su ventanilla la colonia danesa del lejano norte. Nacido en la ciudad francesa de Besançon en 1975, Collardey es cineasta y fotógrafo y siente una profunda fascinación por los páramos helados desde que rodó su primer documental, Du Soleil en Hiver (2005), en el Macizo del Jura, uno de los rincones más agrestes de los Alpes franceses. La primera vez que este adicto al hielo sobrevoló Groenlandia, se prometió volver algún día a plantar su cámara en aquel desierto blanco.

En 2015, visitó por vez primera la ciudad de Tasiilaq, de apenas 2.000 habitantes, capital de la región de la Groenlandia Oriental. Allí conoció a Julius, uno de los pocos vecinos con nociones básicas de inglés, idioma que había aprendido en los años en que trabajó como electricista en Dinamarca. Julius le mostró las minúsculas aldeas de cazadores y pescadores que rodean Tasiilaq y el cineasta decidió rodar una ficción documental en una de ellas, Tiniteqilaaq, pueblo natal de Julius.

Así se gestó Profesor en Groenlandia. Una película etnográfica, un documental narrativo, una ficción que ni siquiera pretende serlo. Un espectáculo intenso y estimulante, en cualquier caso, porque muestra con elocuente belleza la vida cotidiana en la tundra de la Groenlandia Oriental. Este región casi íntegramente cubierta por glaciares ocupa bastante más de un tercio de la superfice de la isla, pero cuenta con solo 3.600 habitantes del total de 56.000 que pueblan Groenlandia.

 

Lejos de todo

Los primeros exploradores daneses llegaron a este rincón tan inhóspito en torno al siglo XI, atraídos por los que aseguraban que una inmensa tierra verde (Groenland, en noruego antiguo) se extendía al noroeste de Islandia. Incluso establecieron una modesta colonia en los alredededores de lo que hoy es Tasiilaq, pero se vieron obligados a abandonarla a principios de siglo XV, cuando sobrevino el periodo de temperaturas extremas conocido como Pequeña Edad del Hielo, y centrar sus esfuezos en el algo menos hóstil sur de la isla.

La zona no volvería a ser colonizada hasta bien entrado el siglo XIX. En 1894, se fundó la comunidad de Tasiilaq, apenas 100 kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico, al pie de una cordillera litoral que hace que el acceso por tierra a la población resulte aún hoy en día bastante complejo incluso para los estándares de una isla que apenas conoce las carreteras. Los lugareños hablan tunumiit, uno de los tres dialectos principales del groenlandés. Aunque muchos de ellos tienen nociones básicas de danés, pocos lo hablan de manera fluida.

En el curso de sus viajes por la zona, Samuel Collardey conoció a Betina, la veterana profesora de danés de la escuela infantil de Tiniteqilaaq. “Betina me contó que estaba a punto de jubilarse y que un nuevo profesor llegaría de Dinamarca a sustituirla”, explicaba el documentalista francés una entrevista reciente. El sustituto resultó ser Anders Hvidegaard, de 28 años, hijo de una familia de agricultores del Norte de Jutlandia. En cuanto Anders y Samuel se conocieron, el cineasta encontró por fin el hilo argumental de la película que quería dedicarle a Tiniteqilaaq y sus habitantes. Iba a ser la historia de un hombre que se busca a sí mismo lejos de todo, en el paraíso esquimal de las auroras boreales.

 

Otras voces, otros ámbitos

Profesor en Groenlandia acompaña a Anders en su primer año de inmersión en la realidad groenlandesa. De hecho, para contar la historia completa, le acompaña incluso semanas antes de su partida, aún en Dinamarca, cuando una funcionaria del ministerio de educación confirma al joven profesor que puede incorporarse a su nuevo destino y le recomienda que no se esfuerce en aprender groenlandés, porque no vale la pena: “Son ellos los que deben aprender danés”.

A lo que asistimos es a una crónica apenas ficcionalizada de una historia real. Anders se interpreta a sí mismo de la misma manera que lo hacen Tobias y Julius, dos de los vecinos de Tiniteqilaaq, o que lo hace el niño Asser, de solo ocho años, un jovencísimo aspirante a cazador de focas y de morsas al que están criando sus abuelos. Hay guion, pero es poco más que un pretexto para que actores no profesionales se muestren a sí mismos tal y como son ante la cámara omnipresente y cómplice de Collardey.

En la recta final de la película (que formó parte de la sección oficial del festival de Sundance 2018) irrumpe con contundencia el gran protagonista de la película, la propia Groenlandia interior, con sus paisajes rotundos y abruptos. Los protagonistas parten en una expedición de caza por el corazón de este país de una belleza gélida y austera. Con sus trineos tirados por perros esquimales, se internan en un apabullante paraíso de fiordos, morrenas glaciares, tundras heladas y gigantescos bloques de hielo. Y es entonces cuando Anders, el eterno desarraigado, el hombre que nunca parece sentirse cómodo en su propia piel, le ocurra lo que le ocurra y viaje donde viaje, recibe la pregunta que da sentido a esta sencilla pero hermosa odisea ártica: "¿Aún quieres irte de aquí?".

Profesor en Groenlandia se estrena en España el viernes 1 de marzo.