En la Sierra Madre tienen un dicho: no eres hombre hasta que has matado a un hombre. Fui allí porque no podía creer que existiera un lugar así en pleno siglo XXI y quería escribir sobre ello. Fui porque mi matrimonio había fracasado y necesitaba sumergirme en algo temerario y absorbente.

 Todo el mundo me dijo que me había vuelto loco, que muy probablemente me secuestrarían o matarían, que la Sierra era una zona prohibida llena de delincuentes y despiadados traficantes de drogas. Pensé que exageraban. Había escuchado las mismas graves advertencias antes de viajar a Haití, a África Central, a las zonas deprimidas de los Apalaches y a otros lugares supuestamente peligrosos de los que había vuelto sin un rasguño.

Me quedaba por aprender, sin embargo, una verdad muy simple que resumió el dictador mexicano Porfirio Díaz en 1911: "Nunca pasa nada hasta que pasa". Y lo afirmó mientras zarpaba hacia Francia huyendo de la revolución que había derrocado su régimen.

Desde el porche de mi casa en el sur de Arizona podía distinguir la Sierra Madre Occidental, las "Montañas Madre" del noroeste de México, emergiendo del desierto y dominando la silueta meridional del horizonte. Una cresta tras otra se iban apilando en la distancia con sombras de un azul cada vez más claro. Es como una especie de salvaje Oeste acostado en la puerta trasera de los Estados Unidos que nunca ha conocido el imperio de la ley. En la década de 1930 seguía habiendo apaches que asaltaban y asesinaban partiendo de sus campamentos en la Sierra Madre. En las últimas décadas, la Sierra se ha convertido en una de las áreas más grandes del mundo en producción de marihuana, opio, heroína y millonarios señores de la droga.

Aún existen forajidos a caballo, buscadores de oro sobre sus mulas o tribus indígenas como los huicholes y los tarahumaras, que escuchan a sus chamanes hartos de peyote y conservan su idioma y su cultura. Algunos tarahumaras viven todavía en cuevas y cazan con arcos y flechas. Con unos 1.500 kilómetros de largo y más de 100 kilómetros de ancho, la Sierra Madre esconde cuatro cañones más profundos que el Gran Cañón de Arizona y únicamente la atraviesan dos carreteras pavimentadas y una vía férrea. Me obsesioné con la idea de viajar por toda la cordillera, desde el norte hasta el sur, aunque la topografía era tan enmarañada y los cañones tan abismales que un viaje así exigiría dar muchas vueltas y rodeos.

Por la noche me quedaba sentado en mi porche mirando fijamente a las montañas, examinando mapas minuciosamente, trazando posibles rutas con la punta del dedo. Internet resultó ser notablemente inútil al respecto, ya que muy pocas personas se habían adentrado en el corazón de la Sierra o sabían qué pasaba allí exactamente. Hice un curso intensivo de español de un mes y aprendí las nociones básicas para montar a caballo. Fui a visitar a un viejo vaquero de Arizona, un novelista y boxeador profesional de pesos pesados llamado J. P. S. Brown. Él había estado buscando oro y conduciendo ganado por todo el norte de la Sierra Madre; era uno de los poquísimos forasteros que conocían bien su cultura y el que me dio el consejo más serio de todos.

"Si subes a esas montañas, lo que te vas a encontrar es muerte", me dijo. "Donde no debes ir nunca es al corazón de la Sierra Madre, porque allí te dispararán al verte, sin hacer preguntas y, muy probablemente, el tipo que te dispare aún conservará la sonrisa del saludo en la cara".

Evidentemente estaba exagerando, pensé, o intentando asustarme para protegerme. Estaba seguro de que tenía que haber alguna forma de rodear las áreas más peligrosas y poder viajar con una relativa seguridad. Cuando quedó claro que iba a ir en cualquier caso, me dio este consejo, que yo anoté puntualmente en mi libreta:

"Necesitas a alguien de allí que responda por ti. Si consigues ganarte la confianza de la gente en un sitio, ellos pueden ponerte en manos de un amigo o de un pariente en el próximo lugar. Si llegas a un sitio y no haces amigos en 20 minutos, lárgate corriendo. No viajes nunca solo, porque te conviertes en presa. Y hagas lo que hagas, no menciones las drogas".

Me dio los nombres de algunos rancheros de confianza que vivían en la profundidad de la Sierra. Luego, alguien de Tucson (Arizona) me invitó a su rancho familiar en el extremo más septentrional de la Sierra Madre y desde allí emprendí mi viaje. Tenía una camioneta Toyota de caja abierta que cargué hasta arriba con el equipo de acampada y con libros sobre el norte de México. 

 

Marc Aspinal

2. Lo que yo necesitaba que fuera

La Sierra era exactamente lo que yo necesitaba que fuera. Las montañas y la cultura aislada que cobijaban eran tan ásperas y escarpadas que me redujeron a una versión básica y elemental de mí mismo. Como no había cobertura para el móvil y la electricidad escaseaba, las distracciones de la tecnología desaparecieron. Mis sentidos se despertaron y se agudizaron para poder detectar el peligro omnipresente.

La violencia, descubrí, estallaba y desaparecía en lugares distintos en momentos diferentes. Había reyertas con armas de fuego y asesinatos por el control del mercado de la droga y por las rivalidades entre los cárteles, pero la mayoría de las muertes tenían que ver con los estrictos códigos del honor y la venganza de la Sierra, y con el hecho de que ahora los hombres disponían de dinero procedente de la venta y el tráfico de cultivos ilegales. Ese dinero se lo gastaban principalmente en alcohol, cocaína, fusiles AK-47 y camionetas de caja abierta, por este orden, lo que generaba una atmósfera social muy volátil. Me desafiaron en varias ocasiones, pero manteniendo la calma, mostrándome respetuoso y viajando con una persona del lugar, pude salvar esas situaciones.

Por el camino fui acumulando visiones y experiencias que no pueden olvidarse. Estuve parado en el filo de un cañón gigantesco en un bosque de pinos con nieve en el suelo, mirando a los pájaros de brillantes colores que revoloteaban por la selva tropical más de un kilómetro por debajo de mí. Pasé muchas noches estridentes en pequeñas y rudas cantinas donde los músicos aullaban sacando de su acordeón unas emotivas polcas, conocidas como corridos, que en la Sierra Madre a menudo narran las valientes hazañas de famosos traficantes de drogas.

 En la celebración de Semana Santa de Tarahumara, la cerveza de maíz conocida como tesguino se preparaba en grandes jarras de barro y en cubos de plástico. Los participantes se pasaron dos días fanfarroneando, tambaleándose y derrumbándose completamente borrachos. Se arrancaban la ropa, se pintaban el cuerpo con rayas negras y blancas y simulaban batallas con espadas de madera y fusiles AK-47 tallados. Los más viejos tocaban una música chirriante rasgando sus violines caseros, mientras las esculturas de Dios y Jesús salían de una vieja iglesia de piedra donde podía verse una fila de calaveras humanas detrás del altar. Dios estaba representado en una talla de madera con una barba postiza, una túnica verde y la mano derecha levantada. Con los años se le habían partido todos los dedos, excepto el corazón, así que parecía que Dios nos estaba mandando a la mierda.

 Mi sistema de viaje funcionó bien. Hacía amigos en todos los lugares donde paraba y ellos me iban presentando a parientes o amigos de la ciudad, del pueblo o del rancho donde me dirigía. La Sierra Madre es un lugar de una hospitalidad increíble, igual de increíble que su violencia y su anarquía. Intenté no viajar solo, pero no siempre me era posible y, al fin y al cabo, lo único que necesitaba era el nombre de alguien en el puesto siguiente. 

 Unas cuantas veces me pararon grupos de hombres armados con aspecto rudo que iban en grandes camionetas, y nunca sabía si se trataba de policías o de narcos, lo cual no suponía ninguna diferencia porque los policías estaban metidos hasta las orejas en el negocio de la droga. Me preguntaban de dónde venía y adónde iba. Les decía los nombres de los amigos que acababa de hacer y el nombre de alguien que estaba en el lugar al que me dirigía. Con eso les bastaba y me dejaban seguir mi camino.

 No viajaba de noche. Cuando atravesaba una zona de bandidos viajaba por la mañana temprano, momento en que la gente decía que estaban durmiendo. Si había algún conflicto violento más adelante, me esperaba hasta que terminara o buscaba otra ruta. Una vez, mi vehículo se averió en un mal lugar, otra vez una mula se desbocó y otra vez estuve una larga y loca noche esnifando cocaína con corruptos agentes de policía. Pero, con todo, mi viaje estaba yendo mucho mejor de lo que todo el mundo había previsto. Siguiendo unas normas muy sencillas, la Sierra Madre podía ser sorprendentemente segura para un viajero forastero.

 Después de dos meses y medio de viaje serpenteante en dirección hacia el sur, conseguí llegar hasta la parte meridional de la Sierra Madre, en el estado mexicano de Durango. Tenía varios contactos preparados más hacia el sur entre los indios huicholes, y un biólogo mexicano me acompañaría a través de las montañas mientras iba estudiando los jaguares y los lobos. El biólogo tuvo que marcharse y de repente me vi solo, vulnerable, a la vista y sin ningún nombre ni contacto por delante.

 Bajé de la montaña hacia la ciudad de Durango, me alojé en un hotel, me di mi primera ducha en semanas e intenté idear un plan B. En una guía leí sobre una ciudad llamada San Miguel de Cruces, en la Sierra Madre, por encima de la ciudad de Durango. El autor la describía como un buen 'punto de partida' para explorar los espectaculares cañones selváticos y las antiguas ciudades mineras coloniales en un área conocida como Las Quebradas. También alertaba sobre la presencia de droga campando por el lugar, pero yo ya estaba acostumbrado a ese tema.

 Investigando un poco más, me enteré de que acababan de construir un alojamiento rural para turistas cerca de San Miguel de Cruces y en la oficina de turismo encontré una hoja de información sobre el sitio donde se hablaba de cabañas, paseos a caballo y pesca. Ahí estaba el plan B perfecto: llegaría allí como un turista, haría algunos amigos y conseguiría algunos nombres y presentaciones para seguir viajando hacia el sur.

 La carretera hacia San Miguel de Cruces, como casi todas las carreteras de la Sierra Madre, era una mezcla de polvo muy fino y un suelo duro estriado lleno de socavones y rocas angulosas. Subí por la montaña en primera, entre traqueteos y sacudidas, usando la tracción de las cuatro ruedas y con los limpiaparabrisas a toda velocidad para poder apartar el polvo. Después de tres horas así, llegué a la austera, desvencijada y medio abandonada ciudad de San Miguel de Cruces. Parecía un buen punto de partida para saltar al infierno. Una mujer de una tienda me explicó cómo llegar al nuevo alojamiento para turistas; resultaba increíble que pudiera existir algo así allí arriba. También me advirtió de que no debía conducir de noche, pues había bandidos y malhechores apostados en la carretera.

 En mi camino hacia el alojamiento recogí a dos autoestopistas, un padre y su hijo. Aunque en los Estados Unidos recoger autoestopistas se considera peligroso, en la Sierra Madre lo utilicé como táctica de protección. Lo más peligroso era viajar solo, de modo que si conseguía hacerme amigo de los autoestopistas, ellos podrían allanarme el camino hasta el próximo lugar.

Sin embargo, estos autoestopistas eran ariscos y nada comunicativos. Durango me estaba dando mala impresión. En comparación con los estados llenos de color y extrovertidos que había atravesado, Sonora y Chihuahua, este me resultaba más frío, oscuro, reservado y aprensivo. Un poco más adelante del lugar donde se bajaron los autoestopistas vi una señal azul que decía "Centro Turístico", con símbolos de cabañas, caballos y pesca, y una flecha señalando hacia la izquierda. La oscuridad empezaba a ganar terreno y me alegré de haber alcanzado un refugio.

 

Marc Aspinal

3. Una chuleta de cerdo recién caída en el plato

Conduje por un sinuoso camino de tierra entre robles y pinos, parándome varias veces para abrir y cerrar pequeñas cancelas hechas con palos y alambres. Luego llegué a un montículo y bajé hacia un grupo de cabañas a medio construir que estaba al lado de un criadero de truchas. Allí, de pie, junto a una vieja y abollada camioneta Chevrolet, había dos hombres con sombreros de vaquero sosteniendo unas cervezas. Me miraron como si fuera una gran chuleta de cerdo que acababa de caer en su plato.

 Percibí de inmediato que eran depredadores. Mi instinto me gritaba que me diera la vuelta y saliera de allí, pero el sol se estaba escondiendo y me preocupaban los bandidos y malhechores que había en las carreteras por la noche. No podía hacer otra cosa que recurrir al encanto y las tonterías de mi cada vez mejor español.

 Salí de la camioneta con confianza, usando un tono respetuoso y amistoso. —Hola, buenas tardes, señores —los saludé—. ¿Cómo están? Me gustaría alojarme en una de las cabañas para turistas.

 Sonrieron y se miraron entre sí. —¿Vienes solo? —dijo el más alto de ellos. Sus ojos eran burlones, desconfiados y amenazadores, y en su sombrero de vaquero llevaba pinchado un escorpión de plata.

 —Así es, dejen que les explique. Escribo para revistas de turismo y pasé por la oficina de turismo de Durango. Me dijeron que tenía que venir aquí y escribir sobre este nuevo lugar.

 —¿Y quieres alquilar una cabaña?

 —Eso es.

 —Quiere alquilar una cabaña —dijo el más bajo. Este era corpulento, no iba afeitado y resultaba menos amenazador. El hombre alto se echó a reír y sacudió la cabeza. El bajo también se rio y me ofreció una cerveza. Acepté la cerveza con alivio. Lo mejor que podía hacer era ganarme su amistad y participar en el ritual masculino para establecer relaciones que consiste en beber.

 —Ah, gracias —contesté—. Me llamo Ricardo y vengo de Londres, Inglaterra. ¿Cómo se llaman ustedes?

 El alto se llamaba Abel. El bajo se llamaba Lupe. Me enseñaron una cabaña sin terminar y me dijeron que eran 200 dólares la noche.

 —No tengo suficiente dinero —expliqué, aunque llevaba cinco billetes de cien dólares atados a la pierna—. Será mejor que me vaya.

 —No —dijo Abel—. Puedes dormir gratis debajo de los árboles. Ningún problema. ¿Tienes pistola?

 —No, yo…

 —¿Estás aquí solo y no vas armado? —mostró una pequeña y siniestra sonrisa, se echó a reír, silbó y sacudió la cabeza.

 —¿No te da miedo que alguien te mate? —preguntó Lupe.

 —¿Por qué iban a querer matarme? —contesté.

 —Para quitarse el gusanillo —me aclaró Abel.

Fue entonces cuando el miedo se me agarró al corazón y me quedé frío; empecé a temblar, aunque sabía que mostrar miedo era lo peor que podía hacer. Lupe apuntó que "alguien" podía matarme y tirar mi cuerpo por un barranco  sin  que nadie llegara a enterarse nunca. Abel se  golpeó el pecho y dijo:
"Aquí los verdaderos matones somos nosotros. Por el norte cultivan más drogas, pero aquí somos cien por ciento matones".

 Sacó un poco de cocaína, se puso un montoncito sobre la mano rugosa y llena de cicatrices, se la lanzó a la garganta y bebió un trago de cerveza para ayudarla a bajar. Lupe hizo lo mismo. A mí no me ofrecieron; era una mala señal. Abel me miró fijamente, con odio, amenazante.

Lupe, que hacía de poli bueno, ya que Abel hacía del malo, dijo:
—No te preocupes. Somos amigos. Nos emborracharemos todos juntos. ¿Tienes cerveza?

—Tengo algo mejor que eso, amigos —le respondí. Me fui hacia la camioneta y saqué una botella de Johnny Walker Black Label casi llena. Era cuestión de sopesar el riesgo. Emborracharme con ellos me brindaba la oportunidad de hacerme su amigo, pero era igualmente plausible que aumentara su agresividad y que se volvieran más imprevisibles.

 Les pasé la botella. Echaron un buen trago cada uno, asintieron con satisfacción y trajeron tres cervezas de su camioneta. Probé todo lo que sabía para resultar afable y divertido. A veces conseguía hacerlos reír, volvíamos a ser amigos y tenía la sensación de que quizá saldría de allí con vida. Luego Abel volvía a fruncir el ceño y a mostrarse desconfiado. O una mirada de depredador se apoderaba de sus ojos y se quedaba mirándome fijamente, como si no pudiera creer la increíble suerte que había tenido. Me preguntaba una y otra vez si era verdad que iba solo y no llevaba armas, y qué estaba haciendo allí.

 —Estoy de viaje por México escribiendo sobre lugares turísticos para visitar —mentí con fluidez—. En la oficina de turismo de Durango me dijeron que tenía que venir aquí. ¿No quieren turistas en su alojamiento?

 Abel no me creía. No se creía que fuera británico ni que fuera escritor. Para demostrarle mi identidad, abrí la caja de libros que llevaba en la camioneta y encontré uno que había escrito yo y que llevaba mi foto en la solapa. —¿Qué haces con todos estos libros? —preguntó Abel con unos ojos feroces y perturbados.

 —Son libros sobre México. Tengo muchos libros sobre Pancho Villa. Es uno de mis héroes y es de Durango.

 —¿Pancho Villa? —exclamó Lupe—. Pancho Villa era mi primo. Abel también es pariente de Pancho Villa.

 —¡Increíble! —exclamé agarrándome a una cuerda de salvamento— ¡Es impresionante! Nunca me imaginé que podría encontrarme con un primo de Pancho Villa. ¡Villa es mi héroe! ¡Miren! —Empecé a sacar libros sobre Pancho Villa con una emoción salvaje. Puse los nueve en una pila y sonreí.

 —¿Qué piensas de Pancho Villa? —preguntó Abel.

 —Era un hombre extraordinario, un gran hombre, un general brillante, un verdadero revolucionario, un verdadero héroe de la revolución, un…

 —¡Pancho Villa era mexicano! —rugió Abel golpeándose el pecho—. Tú no eres mexicano. Pancho Villa no tiene nada que ver contigo. No deberías tener estos libros. Pancho Villa es solo para los mexicanos.

 Hundió el cigarrillo en la palma callosa de su mano y se quedó allí de pie fumando con rabia y aspecto homicida. —Soy un escorpión —dijo señalando el emblema que llevaba en el sombrero—. Cien por ciento matón. Ten cuidado.

 —Venga, tranquilo —dijo el poli bueno de Lupe—. Estamos entre amigos. Todo está tranquilo. Vamos a beber.

 —Háblenme del centro para turistas —les pedí—. ¿Qué pueden hacer los turistas aquí?

 Abel se golpeó el pecho. —Aquí somos cien por ciento cazadores. Matamos. ¡Cien por ciento! ¿Lo entiendes? —Se fue a la camioneta, sacó un rifle del 22 y lo cargó. Apuntó a mi camioneta. —Tú conduces —me ordenó.

 Me senté en el asiento del conductor. Abel se sentó a mi lado con el rifle entre las rodillas. Lupe estaba en el otro lado. —¿A dónde? —pregunté. El miedo me había paralizado. Se me ocurrió pensar que podría estar conduciendo hacia el lugar de mi ejecución, pero me concentré en seguir las indicaciones y en evitar que la camioneta se quedara colgando sobre algún montículo del camino. Me llevaron hacia arriba y hacia abajo por varios senderos hasta que me dijeron que aparcara y saliera. Olía a mofeta y se lo dije. —Aquí —dijo Abel pasándome el rifle—. Dispara. Mátalo.

Ahora yo tenía el rifle cargado y eso me alivió en cierto modo, pero seguía sin saber de qué iba todo aquello. No veía ninguna mofeta y estaba demasiado asustado e intimidado como para apuntar hacia Abel. Señalaron hacia un sendero y me dijeron que fuera delante. Bajé por el camino y salimos a los pies de una preciosa cascada. —¿Lo ves? —dijo Abel—. Es hermosa. Escribe eso. Tenemos la cascada más cojonuda. ¡Esto es lo más COJONUDO para los turistas! Escribe eso.

 Apuró su cerveza y lanzó la lata a la poza donde rompía la cascada. Lupe hizo lo mismo. Mi cerveza estaba a medias. Intentaba beber lo más lento posible sin que se dieran cuenta de que lo hacía.

 —Vamos —dijo Abel—. Sendero arriba. Tú primero. Condujimos de vuelta a las cabañas y allí organizaron un concurso de tiro con rifle; la diana era un paquete de cigarrillos vacío apoyado en un árbol. Alguien que parecía ser un vigilante salió de una de las construcciones. Se presentó como Jesús, y cuando Lupe y Abel estaban de espaldas tiró un poco hacia abajo del párpado inferior del ojo, que es el signo que utilizan en México para decir "ten cuidado".

 Disparé yo primero. A pesar de que era casi de noche y de que mis manos estaban temblando, mi tiro salió solo un poco alto. Nos habíamos apostado una caja de cervezas, pero ¿qué era mejor?, ¿ganar o perder? Luego disparó Abel. Su bala se incrustó al lado del paquete de cigarrillos. —Gano yo. Has perdido —dijo. Hundió otro cigarrillo encendido en la palma de la mano y me taladró con la mirada.

 Le entregué el dinero para una caja de 24 cervezas, le di un apretón de manos y le felicité por su puntería. El vigilante entró a buscar la caja de cervezas. Cuando volvió con ella Abel había perdido el dinero en algún lugar de su bolsillo. —Dame mi maldito dinero, gringo —me gruñó.

 —Eso no es así —dijo el vigilante—. Todos le hemos visto darte el dinero. Tienes que tenerlo en algún sitio. Pero, bueno, no pasa nada, quédate las cervezas y ya me pagarás mañana.

 —Agarra tu pistola, Lupe —dijo Abel—. Vamos a poner al maldito gringo de diana. No tiene derecho a estar aquí.

 —Tranquilo —dijo Lupe—. Tenemos cerveza. Tenemos cocaína. Vamos a pasarla bien.

 Se tragaron otros dos montoncitos de cocaína. El vigilante volvió a tirar de su párpado hacia abajo y dijo que tenía que irse. —Yo también. Buenas noches, amigos —me despedí y salté rápidamente a mi camioneta, atravesé con ella el riachuelo y aparqué bajo los árboles a unos 200 metros. Había aparcado junto a una mesa de picnic y empecé a caminar  adentrándome en el bosque. Me detuve detrás de un árbol, vigilante. No tenía muy claro si querían asaltarme, matarme o simplemente asustarme un poco más, pero lo que tenía muy claro es que vendrían a por mí.

 

Marc Aspinal

4. Caza al hombre

Me quedé allí durante 40 minutos en completa oscuridad; luego escuché el motor de su camioneta y, como me había imaginado, ahí estaban atravesando el riachuelo. Se pararon junto a mi camioneta, vieron que no estaba allí; encendieron las luces largas de los faros y empezaron a bramar entre los árboles mientras yo corría y me escondía, corría y me escondía. Aprendí algo que hubiera preferido no aprender nunca: lo que se siente al ser pieza de caza.

Apretaba la columna contra la corteza rugosa de un pino y el corazón me aporreaba las costillas con una fuerza increíble. Los faros se acercaban balanceándose; ladeé la cara para evitar que pudiera reflejar la luz. Respiraba a intervalos cortos y rápidos, sin hacer ningún ruido. Las luces se alejaron y eché a correr otra vez hacia la profundidad del bosque y hacia la oscuridad, con los ojos extremadamente abiertos y la marcha nerviosa y vacilante de un ciervo atemorizado.

Crucé un riachuelo, escalé una pendiente y conseguí abrirme camino hasta unos matorrales de robles jóvenes. El miedo paralizante había desaparecido, también el pánico. Ahora sentía otra forma de miedo. Me sentía concentrado y alerta, ágil, con la mente muy clara y un terror negro y profundo en el corazón. También estaba enfadado conmigo mismo por haber sido tan idiota. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿En qué mierda estaba pensando? Las luces largas de los faros seguían desgarrando la oscuridad del bosque al otro lado del riachuelo.

Al final se rindieron. Los vi aparcar su camioneta al lado de la mía y encender una hoguera. Esperé y esperé, quedándome cada vez más frío. Salió la luna y pude verlos beber y echar más leña al fuego. Al cabo de unas dos horas, se tumbaron junto a la hoguera y se taparon con unas mantas. Su camioneta estaba aparcada en medio del sendero de salida y bloqueaba el paso a la mía.

Salí del matorral, bajé la pendiente, crucé el riachuelo y esperé hasta que el primer destello de luz gris que llegaba desde el este me permitió valorar la situación. Estaban dormidos, tapados con las mantas, y vi que había suficiente espacio para rodear su camioneta con la mía y escapar. A gatas, con el corazón desbocado, me deslicé muy despacio y en silencio hasta la puerta del conductor. Saqué las llaves del bolsillo sin hacer ningún ruido, abrí la puerta con un leve chirrido, me colé en el asiento del conductor y giré la llave.

 Antes de arrancar, el motor dio un tirón escalofriante; pasé esquivándoles mientras se levantaban apartando las mantas, adormilados y confundidos, crucé el riachuelo subiendo la cuesta a toda velocidad esperando ver esa abollada y enorme camioneta Chevrolet por el retrovisor, sabiendo que tendría que detenerme para abrir la primera cancela que me encontrara y que ahí sería donde me atraparían.

 Pero no volví a verlos más, y sigo sin saber qué querían, aunque matarme para quitarse el gusanillo parece la explicación más plausible. Joe Brown tenía razón. Aquí hay hombres que se vanaglorian de su deseo de matar, que asesinan para aumentar su reputación y que pueden hacerlo por la impunidad absoluta que existe en estas remotas montañas sin ley. Me amenazaron con matarme sin motivo alguno, por pura maldad y agresividad territorial, y mientras conducía cada vez más lejos de allí el terror que sacudía mi corazón se iba entremezclando rabiosamente con furia. ¿Qué tipo de desecho humano era capaz de cazar a un desconocido desarmado corriendo de noche por el bosque?

Me alejé de las montañas conduciendo hacia el norte sin parar durante 15 horas, atravesando los llanos y los desiertos, y no me detuve hasta que estuve a poca distancia de la frontera con los Estados Unidos. Estaba enfadado conmigo mismo y lleno de ira y desprecio hacia mis verdugos. Ya había visto suficiente de la Sierra Madre.

Marc Aspinal