Antes de viajar al espacio por primera vez en agosto de 2009, leí lo que los primeros astronautas del Apolo (algunas de las primeras personas en poder ver la Tierra en su totalidad) habían contado sobre su experiencia. Muchos de ellos hablaban de un sentimiento de insignificancia. Espero que se refiriesen a una sensación de sobrecogimiento, de conmoción. En mi caso, ya dirigiese la mirada hacia la Tierra ya hacia el espacio exterior, siempre me hacía reflexionar precisamente sobre nuestra "importancia". Hemos explorado más allá de nuestro planeta durante más de un siglo, y desde tierra firme durante mucho más tiempo. Hasta donde nosotros sabemos, estamos solos. No hay pruebas de la existencia de seres como nosotros ni de un hábitat como el nuestro en ningún otro lugar. Pero no creo que eso reste importancia a nuestro papel aquí.

No hay nada que pueda prepararte realmente para la vista desde la Estación Espacial Internacional. Es algo que te absorbe; podría decir que es algo extraordinario. Provoca tal sensación de sorpresa incontenible que si mirase por la ventana durante todo el día, las horas parecerían minutos. Tenía que ponerme una alarma en el reloj para no olvidarme de volver al trabajo.

Es una sensación que te atrapa, que te hace pensar sobre quiénes somos, sobre nuestro minúsculo hogar dentro de la inmensidad del cosmos y sobre cómo encajamos nosotros en todo esto. Creo que ese es un instinto muy humano, el tratar de entenderlo todo; y no creo que nunca lleguemos a hacerlo del todo. Aún hay mucho que seguirá siendo un misterio siempre, pero nunca perderemos esa curiosidad, el mirar más allá e intentar averiguar cuál es nuestro lugar en este universo infinito e inconmensurable.

La astronauta Nicole Stott pasó un total de 104 días en el espacio, a bordo de la Estación Espacial Internacional y de la lanzadera espacial entre 2009 y 2011.