Resulta que uno de los más grandes diseñadores de a historia de la moda española, el guipuzcoano Cristóbal Balenciaga, se inspiraba para sus creaciones en los clásicos de la pintura española entre los siglos XVI y XX. Al parecer no solo no daba puntada sin hilo, sino que además lo hacía con pincel y buen ojo.

El Museo Thyssen-Bornemisza presenta hasta el próximo 22 de septiembre la exposición Balenciaga y la pintura española. La muestra, comisariada por Eloy Martínez de la Pera, vincula la creación del genial diseñador de moda con obras de alguno de los grandes pintores de la tradición nacional, de El Greco a Zuloaaga o Velázquez .

 

Una inspiración muy pictórica

El modisto Balenciaga (Guetaria, Guipúzcoa, 1895) posiblemente sea el diseñador de moda español más admirado e influyente de todos los tiempos dentro y fuera de nuestras fronteras. Siempre se supo, o al menos intuíamos, que en su obra había constantes referencias al arte y la cultura española. No obstante, ahora y gracias a esta muestra hay constancia evidente de este principio.

Muchas de las piezas que se pueden admirar en la exposición cuentan con las líneas simples y minimalistas de su influencia e inspiración en los hábitos religiosos españoles o el volumen arquitectónico de los tejidos. Abultados, de caída libre, apegados a la tierra. Al mismo tiempo, en sus trabajos también se refleja la estética de las vestimentas de los Austrias, forjadas con aterciopeladas telas negras tal y como él las reflejaba después en muchos de sus trajes adornados con azabache.

 

El diseño se enfrenta a su cuadro

Por primera vez, algunas de las piezas del diseñador vasco se relacionan directamente con las obras que las inspiraron y que han sido cedidas por algunos de los museos españoles más importantes, como el Prado, Gijón, Lázaro Galdiano, Bellas Artes de Bilbao, Cerralbo, etcétera; así como por coleccionistas privados como Koplowitz, Abelló o Fundación Alba entre otros. En total casi sesenta obras de arte, muchas de ellas obras maestras de la pintura española de los últimos cuatro siglos, como por ejemplo el retrato de La Duquesa de Alba de blanco, pintado por Francisco de Goya en 1795 y procedente del Palacio de Liria.

Junto a ellas, noventa piezas de Balenciaga, de las cuales casi una tercera parte nunca antes habían sido mostradas al público ya que permanecían a buen recaudo por clientes particulares. Pero también elementos traídos directamente de su museo en Guetaria, del museo del Disenny de Barcelona o del diseñador francés Dominique Sirop.

 

Pinceles como agujas

Cuadros de El Greco, de Zuloaga, de Velázque, obras impagables de Goya, de Zurbarán o de Romero de Torres... Retratos de reyes, personajes de la nobleza y del clero cuyas vestimentas inspiraron para diseños que encumbraron a Balenciaga hasta la cima. Unos y otros, retratos y vestidos, enfrentados a pocos metros, entre penumbras para que el brillo de la genialidad ilumine el concepto tan moderno y audaz del modisto vasco.

Esa inspiración se entrevé en el aire de la bata de cola de una bailaora flamenca que vuelan hasta posarse en los volantes de algunos de sus vestidos. Los destellos del traje de luces de un torero se traslada al paillettebordado de una chaqueta bolero o la estética, sobria y adusta, de los monarcas de la casa de los Austrias se recicla en elegancia y serenidad.

Estos son algunos de los ejemplos que se pueden observar en esta exposición y que son una prueba inequívoca de la continua revisión que Balenciaga sometía a la historia del arte español y que retomaba para, con una fuerte personalidad, un sello propio y un estilo inigualable, influenciar durante décadas a toda una vanguardia del diseño de moda.

Hasta el 22 de septiembre en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid, Balenciaga y la pintura española.