Quién lo iba a decir: en la era de los 'smartwaches', de los móviles, de la hipercomunicación, en la que ya no hace falta ni el cotidiano gesto de desviar la mirada a la muñeca para saber la hora que es, los relojes analógicos causan furor entre los más jóvenes. Son, más que un objeto necesario, una actitud. Una forma de marcar estilo. Y sin necesidad de desangrar la cartera. El éxito de esta tres marcas, que ofrecen modelos de diseños minimalistas como los de antaño, es una muestra clara. Esta es su historia. 

Cluse: todo empezó con un giro vital

Ed Postmus y Rudyark Bekker apenas rozaban la treintena cuando, hace diez años, decidieron que sus vidas como asesores jurídicos eran insoportablemente grises. De modo que estos dos holandeses decidieron montárselo por su cuenta, y abrieron una plataforma 'online' donde vendían objetos dispares, desde relojes y joyas hasta artículos de 'fitness'. Pero todo tenía algo en común: un sentido del estilo, que enseguida atrajo a muchos compradores e hizo que su proyecto subiera como la espuma. Al poco, se plantearon diseñar sus propios relojes, en vez de vender los de otras marcas.

Se dieron cuenta de que no eran necesarios precios exorbitados para ofrecer algo bonito, moderno y con calidad. Así nació Cluse hace seis años, con una colección de relojes femeninos que enseguida causó furor entre influencers, y el público millenial en general: rara vez superan los 100 euros, aunque por diseño y acabados aparentan mucho más. Venden más de un millón de unidades al año en 50 países, y en Francia, Alemania, Italia y España, ya son un objeto codiciado, accesible... Y fiable: "Dentro llevan un movimiento  japonés, absolutamente fiable, siempre debe ser suizo o japonés", explica Postmus.

Acaban de lanzar, por primera vez, su colección de hombre. Para describir los nuevos relojes hablan de "minimalismo sofisticado", y ponen especial énfasis en los colores: desde un atrevido salmón metálico hasta el clásico verde británico. Son de acero inoxidable, igual que las correas en algunos casos, que en otros, son de cuero italiano. "Hacemos relojes para gente joven que lo último que necesita es un reloj, en la era digital", dice Bekker, y zanja: "Porque los planteamos como complementos de estilo, que van mucho más allá de mirar la hora".

Daniel Wellington: todo empezó con un encuentro casual

En mitad de un viaje alrededor del mundo, surgió la idea. Filip Tysander, el fundador de la marca, conoció a un intrigante caballero de origen británico, un personaje de estilo impecable y sin pretensiones que demostraba una predilección especial por los relojes de estilo vintage y correas desgastadas. Obviamente, este no era otro que Daniel Wellington.

Filip se inspiró en la elegancia atemporal de su nuevo amigo para crear una línea propia de relojes. El diseño clásico minimalista, con apenas funciones más allá de la hora (muchos no llevan ni segundero)  son sus señas de identidad.

Henry London: todo empezó con un hallazgo

La historia de Henry London comenzó con dos diseñadores que exploraban distritos antiguos de Londres en busca de inspiración. En una de esas visitas al famoso mercado de Portobello Road en Notting Hill, encontraron un clásico reloj de pulsera suizo de una belleza desconcertante, que tenía grabadas las palabras "Henry, agosto de 1965" en el estuche.

Inspirados por aquel hallazgo, diseñaron la colección Henry London, el resultado de una investigación meticulosa que culmina en un matrimonio perfecto de estilo tradicional y contemporáneo. Es un homenaje a los relojes de lujo de la época clásica, con cajas de lente de cúpula de doble altura que acentúa la curva sutil de la esfera y las manillas. Su diseño es lujoso, no así su precio: raramente sobrepasan los 200 euros.