Han sido dos semanas de campaña, muchos meses de incertidumbre. En definitiva, mucho jaleo. Y lo cierto es que en el mundo de la política, el análisis periférico suele ser tan importante (o incluso más) que el objetivo. La verdad es que poco se ha hablado esta vez de las “melodías” de las campañas, o de los playlists de los distintos candidatos… ¿Qué ha pasado? ¿Es que la política ha perdido ese elemento pop que la hace irresistible?

Hemos echado de menos un repaso al estilismo de los cinco magníficos, algo que se ha ido perdiendo. ¿Por qué? Seguramente es por lo banal de la moda y también lo banal de la política. Pero la moda en sí misma puede ser un poderoso medio de comunicación.

En el pasado, a principios de la era democrática, cada pantalón de pata de elefante, cada chaqueta de pana, cada abrigo Loden, cada pelliza de borrego, cada pantalón vaquero, cada una de estas prendas te hacía ganar o perder muchos votos. El mensaje político era capital, las proclamas y declamaciones eran muy importantes, pero lo que comunicaba el candidato en su forma de vestir en una fotografía en un diario podía tocarte el corazón de manera positiva y considerarlo uno de los tuyos, o llegar a lo más recóndito del cerebro creando en la mente un enemigo acérrimo.

Reglas no escritas

Claro está, las cosas ya no son así. Las redes sociales sí que multiplican el mensaje político, las revistas del corazón (quién lo iba a pensar) maximizan lo paradójico de la política patria en el siglo XXI, pero ¿la moda?. La moda, hoy, realmente solo rubrica una intención pero poco más.

Como en los momentos más aburridos de la cultura popular ocurre, lo neutro, lo que no llama la atención, es la norma. El mensaje está claro, si eres político debes aferrarte a un uniforme estándar: traje azul (que parezca casi negro), camisa blanca y zapatos que no llamen la atención. La última parte es la clave, ¡no llamar la atención! Eso sí, esto se aplica como máxima si el partido aspira a ser convencional, a ser un partido de autopista. Si por lo contrario, el partido quiere ofrecer una realidad divergente lo tiene que apoyar con un actitud que difiera de la uniformidad.

Siguiendo con el símil “de carretera” , los hay que van en la misma dirección (gobernar) pero por otro tipo de vía. De ahí que los “nuevos partidos” huyan del uniforme. ¿La razón? En este caso el mensaje no es suficiente, y vuelven casi hasta el año 77. El mensaje tiene que estar subrayado con muchas intenciones y la moda sí que tiene protagonismo. En este caso el candidato tiene que parecerse al votante o al menos parecerse a como el votante le gustaría ser. Tiene un poco más de religión, más de culto… ¡somos diferentes!.

Aunque partamos de un panorama realmente solo en el vestir de los políticos del país, sí que es cierto que en un análisis más cercano (y pelín perverso) cada uno intenta sumar a su mensaje unas pinceladas ideológicas de lo más peregrinas. ¿Habrá hecho esto cambiar el voto de los más indecisos? ¿O es todo tan sutil que solo para gente “entendida” en moda es levemente relevante? A continuación, pasamos lista (en orden alfabético, como en el cole) a los looks de los candidatos a las elecciones generales 2019.

 

SANTIAGO ABASCAL
El estilo casual de clase media

Victor J Blanco

Algo característico de los partidos más nuevos es que lo que tienen de torpes también lo tienen de frescura. Abascal, que se jacta de ser muy hombre, ha venido a reinventar el cuerpo del candidato. El caballero tiene presencia y lo airea demostrando que no solo está en forma (los otros también son hombres sanos), sino que supera a quien se le ponga delante. Más brazo, más espalda, más pierna… y todo esto en un envoltorio del estilo casual de clase media pero en plan ajustado. Si hubiera que acotar el estilo sería algo así como “estilo activo” que parte del vaquero y de la cazadora como prendas clave, y que alterna con americanas azules, verdes, marrones. ¿Como referencias? El country chic de un propietario de finca que logra ser refinado en cualquier ambiente elegante sin mucho esfuerzo pero que siempre destila personalidad. ¿Lo peor? El traje completo no le queda bien. Mucho cuello para una camisa cerrada con corbata. Le vendría bien reducir unas cuantas horas de gimnasio.

 

PABLO CASADO
El justo equilibrio

Victor J Blanco

Existe la teoría de la proporción, y el candidato del PP la lleva a rajatabla. Casado no es demasiado atractivo, pero tampoco es feo. Casado no va mal vestido (recordemos a su predecesor), pero tampoco es que vista bien. Casado es ¡correcto! Quizás abusa de lo formal y aunque eso le pueda funcionar dentro de una gran parte de su electorado, parece que le hace perder credibilidad. Casado es un hombre máster, es lo que transmite. ¿Y cuál es el uniforme de un hombre así? Pues camisa de corte casual con unos chinos slim-fit (que no ajustados). ¿Vemos muchas veces al candidato así vestido? Últimamente, no. Y es aquí donde falla su propio mensaje. Porque se deja llevar por su manera natural de levar traje a diario, y transmitir mucho aplomo. O con el look del candidato de centro-derecha que pretende ser  (americana, camisa azul celeste y jeans holgados)… Pero al del PP le falta conectar con su realidad: un polo de vez en cuando (algo muy Casado, sin duda) podría hacer maravillas para su imagen. Dicho esto, no hay ningún pero al look y  a la actitud estilo del líder de derechas, pero si alguien quiere ganar, tiene que querer ganar y lo anodinamente correcto, no es el look de los ganadores. Eso sí, a la hora del calzado, Pablo Casado es el único que entiende cuál es el valor de un buen zapato.

 

PABLO IGLESIAS
El énfasis en marcar la diferencia

Daniel Gonzalez

Es un gurú de la palabra, de la imagen, del marketing… Es, como él quiere siempre dejar claro, otro tipo de político. Y para ser otro tipo de político hay que parecerlo. ¿Cómo? Sobreactuando la diferencia, tanto en lo ideológico como en la manera de vestir. Mientras que el armario de las otras fuerzas políticas se intuye abundante (mucho traje azul, muchas camisa blanca, mucho zapato, unas cuantas cazadoras), lo de Iglesias es casi siempre “sota, caballo y rey”. Camisa de cuadros de talla no acorde a su cuerpo, pantalones vaqueros (¡nunca chinos!) que bailen un poco en las piernas, calzado indefinido…Es un “me da igual”, es un “me pongo lo que quiero”, es un “prefiero leerme un buen libro”. Pero lo curioso es que aunque él representa la “normalidad”, en la calle no abunda la gente que vista como él. Esta paradoja le convierte en una rareza que vende, que funciona, porque lo importante del líder de izquierdas es el mensaje y el papel donde escribe sus ideales (su look) es solo un soporte, nada más. Y de hecho, cuando cambia su discurso de estilismo (véase los premios Goya 2018), se rompe la magia. Pablo no necesita una americana para ser candidato, no tiene que ser como los demás… Él es Pablo Iglesias. Una marca en sí mismo. 

 

ALBERT RIVERA
Un estilo a medio cocinar

 

Victor J Blanco

¿Qué puede hacer uno cuando la novedad ya no es su mejor baza? No lo tiene fácil. Albert. Cuando el líder de Ciudadanos irrumpió en la política nacional hace apenas un par de años (por cierto: desnudo, en ese póster que ya ha pasado a los anales de nuestra cultura popular) supuso un verdadera bocanada de aire fresco en el universo del estilo. De repente existía un hombre como de un país nuevo, con un estilo que no apelaba a nada en concreto pero sí a unas coordenadas de “sacar lo mejor de cada uno”. Tiene una elegancia más o menos natural, pero es de los que piden ayuda al cónyuge o a quien tenga más cerca porque sabe que puede meter la pata en cualquier momento. Está en forma, pero los trajes nunca le acaban de ajustar. Su arma siempre han sido los colores, quizás es por eso de ser de Barcelona (que siempre arriesgan más); a la hora de elegir un tono de azul del consabido traje de uniforme de político español, Rivera suele ser un pelín más osado. Otro arma del catalán es utilizar punto para elevar su estilo. Es uno de los políticos que utiliza cardigans y jerseys en su vida pública, y le quedan bien. El hecho de ser bastante atlético ayuda, es decir, casi todo le queda bien, pero está claro que no tiene un estilo preconcebido. Va probando, y a tenor de la evolución, progresa adecuadamente.

 

PEDRO SÁNCHEZ
Que nada estropee una buena percha

Victor J Blanco

¿Juventud eterna? ¿Pulcritud? ¿Un look pulcro pero anodino? Quizás un poco todo esto, pero en dosis distintas. Sánchez destila ese tipo de salud que se transmite a través del estar bien con uno mismo, y eso lo sabe utilizar muy bien. Las perchas “esbeltas y deportivas” no necesitan mucho para gustar, de hecho el “ruido” en el vestir no le viene bien. Es decir, Pedro Sánchez utiliza los códigos más simples del vestir masculino de manera efectista para epatar con todo el mundo. Como se citaba anteriormente, su mensaje es lo que importa, el envoltorio es tan solo un emisario de ese mensaje. Sin caer en la descalificación pero sí ajustándonos a la realidad, Sánchez se viste con el denominador común de un empleado de banca, o un ejecutivo, o un vendedor del Corte Inglés. Esto denota seguridad, empatiza con el común de la ciudadanía desde el respeto del “igual a igual”. Y eso es lo que le funciona; en cuanto se sale del guión parece que algo se vuelve turbio. El casual más divertido le queda como un empollón que sale a celebrar una buena nota en una oposición. Y el traje de gala, sencillamente, no lo llena (figuradamente hablando).