Las novelas Cicatriz (2015) y Cara de pan (2018) y el libro de relatos Mala letra (2016) han contribuido a la gran repercusión de la escritora Sara Mesa (Madrid, 1976), marcadas por una prosa breve, clara y aparentemente sencilla. Los personajes que pueblan sus obras no son fácilmente catalogables y es el lector quién ha decidir cómo juzgarlos. Su obra más reciente es Silencio administrativo (Anagrama), que podría se un ensayo sobre el sinhogarismo y, más concretamente, las trabas que la burocracia impone a todos aquellos sin hogar que luchan por abandonar dicha situación.

¿Cómo nace Silencio administrativo?

Es un libro un poco extraño en mi trayectoria porque es la primera vez que me manejo con una realidad con datos y  la textura es otra  porque no es ficción.  Aunque utilizo las herramientas de la ficción porque hay un relato, pero es todo absolutamente cierto. El libro surge de la rabia y del deseo de compartir un conocimiento que adquirí como una experiencia. No soy de las que cree que la gente que está pidiendo en la calle está ahí porque quiere, eso lo he tenido claro siempre. Pero no tenía idea de hasta qué punto una persona que está en la calle tiene que soportar toda esa cantidad de estereotipos de rechazo social, de repudio, además de todas las trabas que le ponen la burocracia y la sociedad al completo. Eso para mí fue un descubrimiento. Y no podía callarme porque era consciente de que tenía la obligación casi moral de hacerlo, sobre todo teniendo detrás una editorial que me iba apoyar con un proyecto así. Tenía que contarlo.

En Silencio administrativo dice que la pobreza es "una escalera que va hacia abajo".

Exacto. Cada peldaño te lleva al siguiente, es muy difícil ir hacia atrás sin ayuda. Silencio administrativo no es un cuento de hadas ni mucho menos. Es tan real como cualquiera de los cientos de miles de ejemplos de este tipo que hay en España y que tienen un final desastroso porque una persona así no puede salir adelante si no hay una estrategia real para evitar que estas cosas sucedan.

Sonia Fraga

El libro, a pesar de la temática, ha tenido aceptación. Dos ediciones, la primera de 5.000 ejemplares.

Tengo la sensación de que el libro se ha movido por ciertos ámbitos, por ejemplo por el del trabajo social, que tan negativamente retratado aparece en el texto. La gente me ha dicho que lo que cuento es verdad, que incluso la realidad es peor incluso. Así que tengo la sensación de que es un libro que se está leyendo mucho. Sin embargo en prensa no creas que me han hecho muchas entrevistas para hablar de esto. Me han entrevistado en publicaciones y radios independientes, en blogs… Quiero decir que si a día de hoy publico una novela, hay una serie de grandes cabeceras que me entrevistarán, pero cuando salió Silencio administrativo ninguno de esos medios me ha entrevistado. Es llamativo. El libro también le da caña a los libros de comunicación y creo que no hay interés en el tema. Además, había sacado una novela no hace mucho, pero estoy segura de que si hubiese publicado otra novela, habría salido en esos periódicos, al menos en alguno de ellos. Yo creo que es que el tema no interesa. Está siempre en la calle pero no es actualidad.

Sin embargo hace unas semanas se acuñaba oficialmente el término sinhogarismo para denominar a  esta problemática social.

Ese libro tiene una voluntad de cambio, de intervención. No me basta con que la gente lo lea y diga, es verdad. Hay que hacer algo. Y eso pasa por tomar conciencia. Yo tampoco sabía que estas cosas eran así,  así que no quiero dar lecciones. Pero ahora mismo, de pobreza no se está hablando nada, a pesar de datos recientes que revelan que en Andalucía, el 38% de los ancianos  están en riesgo de exclusión.

¿Crees que, tal decías antes, cualquiera que tenga una plataforma de difusión tras de sí, como es tu caso, debe comprometerse con las injusticias y denunciarlas?

Sí, pero debe ser un acto honesto, no para adornar a la persona que lo hace. Yo soy escritora y utilizo las técnicas de las que habitualmente me valgo. En este caso escribí una crónica, pero partía de un conocimiento real. Yo primero intenté hacer algo por esa mujer. Luego dije, voy a contarlo. Pero la función del escritor no debería limitarse a la palabra porque entonces corremos el riesgo de no estar más que poniéndonos ropa bonita para que se nos vea bien

Sus personajes de ficción nunca son cómodos ni fáciles. ¿Seguirá moviéndose en ese terreno en su siguiente obra?

Creo que sí. Al final cada uno tenemos nuestras propias obsesiones recurrentes. Te aseguro que no voy a escribir sobre la alta burguesía andaluza, o sobre la vida en un yate. ¿Por qué te fijas en una mendiga, en un viejo? Porque también están ahí. Yo tengo un pie en ese mundo, en esa otra realidad que también es muy cotidiana pero que no siempre nos fijamos en ella.

¿De dónde viene  esa necesidad de búsqueda, qué se la provoca?

Suelo partir de una serie de interrogantes que tengo en la cabeza y escribir de lo que  me lleva a tratar de resolverlos. Como todos los escritores soy una persona curiosa, supongo que eso es lo que me lleva a escribir libros, buscarle sentido a cosas absurdas que pasan en el mundo. Puede haber ocurrido algo y no haber sabido entender porqué y luego muchos años después escribir eso con otros elementos, porque aunque no trabajo con elementos biográficos pero la experiencia biográfica si está de fondo. Y también para intentar encontrarle sentido a alguna cosa que pasó y no entendiste.

¿Escribir es para una misma una forma de llegar a conocerse?

Es otra vía de acceso al propio conocimiento. La lectura también lo es porque te vas buscando a través de ella. Y esto no tiene nada que ver con la escritura terapéutica, en esos no creo. Porque escribir no tiene por qué venirte bien, igual escribes sobre tu vida y eso te destroza y encima lo que escribes es literariamente una mierda. 

¿Todavía le produce mucho pudor ser leída?

Lo que me produce pudor es cuando alguien se acerca con el libro en una feria, lo paso muy mal. Cuando leo un libro de un escritor que me gusta siento que me ha dado algo, pero no me lo ha dado a mí en concreto. Cuando un lector te cuenta lo que ha significado un libro mío para él, me produce muchísima satisfacción y a la vez me da mucha vergüenza porque es como si me hubiese abierto en canal y le hubiese hablado a alguien sin saber quién es.  Soy muy tímida y lo paso mal con eso.