Decidir si uno lee las memorias de un músico de rock es un hobby de alto riesgo. Especialmente si lo que busca el lector es que le cuenten historias y no simplemente una sucesión de anécdotas más o menos divertidas o morbosas. Un músico no tiene por qué ser un buen escritor, pero en muchas ocasiones los grandes obstáculos para que lo sea son el ego, el miedo a la sinceridad, una visión ombliguista de los hechos, incluso  las tres cosas a la vez.  Vámonos [para poder volver] Acordes y discordias (Sexto Piso) es lo opuesto a todo eso y  lo es desde su misma introducción. Su autor, Jeff Tweedy, en su día miembro de Uncle Tupelo, el grupo que ayudó a que se forjara la etiqueta de alt.country, y sobre todo, líder de Wilco, protagoniza uno de esos extrañísimos casos en los que el músico cuenta su historia y el lector se queda con ganas de más. Originalmente publicado en inglés hace ahora un año, este ejercicio memorístico, más que saldar cuentas con el pasado, busca crear una frontera entre este y el futuro. Los últimos años han sido terribles para Tweedy. Su hermano Greg falleció en 2013. Un linfoma de naturaleza poco común hizo enfermar a su mujer Susie un año después. Y en medio de todo eso, perdió a su madre y, mientras terminaba el libro, a su padre. La frase que da título a las memorias viene precisamente de su progenitor, y define perfectamente la intención de este libro. Hay que seguir adelante para poder contarlo.

Jeff Wheeler

Uno de los ingredientes que hacen de estas memorias una apetitosa lectura es el sentido del humor. Que también se utiliza como antídoto contra la vanidad. Cuando en 2013 Wilco telonearon a Dylan, Tweedy ya estaba considerado como una institución en la música contemporánea norteamericana. Sin embargo, cuando se cruza con Dylan y este le reconoce, el creador de discos revolucionarios como Yankee Hotel Foxtrot o Sky Blue Sky apenas se lo puede creer. Pero Dylan da siempre mucho de sí, sobre todo si lo juntas con Mavis Staples y en medio de ambos hay un tipo como Tweedy. Porque en otra de las ocasiones en las que durante la gira Dylan se dirige a él, es para decirle que en los años sesenta le pidió matrimonio a Staples, cuyos discos Tweedy producía por aquel entonces, pero ella lo rechazó. Este le hizo llegar el mensaje hace cuatro años a la dama del soul, que le contestó: “Pues dile que ahora estoy disponible”. La conclusión del autor: hacer de recadero entre dos figuras de esa envergadura es sin duda la cumbre de su carrera.

Vámonos [para poder volver]Acordes y discordias está estructurado en capítulos cronológicos que se desarrollan a partir de detalles concretos. Tweedy va al grano. Divaga lo justo y necesario, elige bien las historias que cuenta y, sobre todo, reflexiona sobre algunos de los hechos que han marcado su vida y su carrera. Aunque en la introducción del libro ya da pistas sobre lo que aguarda más adelante, la honestidad con la que desgrana algunos pasajes es abrumadora. A causa de las migrañas desarrolló una dependencia de los estupefacientes. Se enganchó al Vicodín y llego al extremo de cogerle morfina a su suegra cuando estaba tratándose un cáncer de pulmón. Un episodio contado clara y concisamente y que, como algún otro de los temas centrales de la narración, es discutido con su esposa a lo largo de un extenso diálogo que forma parte del libro. Otro momento de aplauso es cuando va a buscar Vicodín a una farmacia y el dependiente le reconoce. Tweedy se ve inmerso en una escena absurda. Su prioridad es conseguir la droga que le alivia y el farmacéutico sólo quiere decirle que ha ido a ver a Wilco en varias ocasiones y que es admirador suyo. La reflexión al respecto con la que cierra la historia s arrebatadora. “Nunca sé qué decir en encuentros como ése “, escribe. “Aprendí que decir 'gracias' es todo lo que se necesita, pero nunca parece suficiente”.

santiago vidal

Los fans del grupo –Tweedy prefiere referirse a ellos como seguidores- también podrán leer su versión de la conflictiva relación que mantuvo con dos tipos llamados Jay, ambos fundamentales en su vida. El primero de ellos, Farrar, con quien fundó Uncle Tupelo en 1987. Su relación fue agriándose con el tiempo, hasta que Farrar decidió que había que disolver el grupo. En cuanto a Bennet, también mantuvo con él una relación personal y profesional que acabó mal. Una ruptura que muchos de los seguidores de Wilco todavía no le han perdonado, y que no tiene enmienda porque Bennett falleció en 2009. El remordimiento por aquello le sigue persiguiendo y una vez más, el autor nos muestra más de lo que otros artistas de su envergadura harían. “He dejado que afloren unos cuantos detalles más de mi vida para hacerlos evidentes. Pero siempre me he sentido emocionalmente expuesto a través de la música que he escrito”. Cuando decide hablar de algo, Tweedy se guarda lo justo para sí mismo, como hace en el capítulo del cual se vale para desvelar cómo vive el proceso creativo. “No me gusta escuchar mis viejos discos”, explicó en una entrevista, “porque he desarrollado una superstición al respecto. Siempre suenan distintos a como tú los recuerdas, lo cual afecta mi creencia de que puedo ser un juez imparcial de mi música cuando estoy en el estudio”.

Desde sus años juveniles en la ciudad de Belleville, Illinois, hasta la experiencia de ser padre y grabar el disco Sukierae con su hijo Spencer, Vámonos [para poder volver] Acordes y discordias no echa mano del relleno. Tweedy nos cuenta que los primeros singles que compró fueron de Aerosmith y Pilot, Recuerda l frustración de no poder entrar con sus amigos a ver a Ramones porque eran  menores de edad. Confiesa que se quedó noqueado leyendo un ensayo de Lester Bangs acerca de un concierto de The Clash que le hizo descubrir quién era. Explica que cuando tuvo a Peter Buck de productor, este andaba todo el día en pijama. Durante el proceso de escritura del libro compuso y grabó WARM, su segundo disco en solitario, un álbum que celebra la vida a partir del recuento y análisis de las desgracias vividas y que, como estas memorias, lleva inscrito una conclusión: la música fue la gran aliada para sobrevivir a la adversidad. Por eso, cuando a Tweedy le preguntaron qué sentido tenía escribir unas memorias a los 50 años, él contestó: “No es que tenga grandes historias que contar, pero sí tengo cosas que compartir".