Me ocurre muy a menudo. Estoy en una fiesta, me presentan a un montón de gente nueva y, tras las frases de rigor para romper el hielo, alguien empieza a hablar de música y descubro una conexión instantánea, en cuanto a gustos, pasiones e inquiertudes, con muchos de los que me rodean. Empezamos a hablar de afrobeat y resulta que en la sala, entre aquel grupo de personas que hace apenas unos minutos que han empezado a conocerse, hay tres o cuatro incondicionales de Fela Kuti o de Dele Sosimi.

Los amantes del afrobeat somos una especie de tribu clandestina que se extiende como una mancha de aceite. Nacido en el África Occidental de una fusión rítmica y muy enérgica entre el jazz, el funk y la tradición africana, este estilo musical se caracteriza por sus percusiones desbocadas, sus trompetas y saxos incendiarios y la orientación política de la mayoría de sus letras. Es difícil hacer una crónica precisa de sus orígenes, pero sí sabemos que empezó a exportarse de manera masiva a mediados de los 60, con la irrupción en el mercado pop global de un músico con raíces muy sólidas pero tan innovador y revolucionario como el citado Fela Kuti, la gran estrella del afrobeat.

Lo que os contaba en el primer párrafo me ocurrió por última vez hace un par de semanas. La novedad en este caso es que una de las personas con las que compartí mi entusiasmo por el afrobeat no había escuchado nunca a Fela Kuti, pero era incondicional de grupos y solistas mucho más contemporáneos, como Iyanya o EL (Elom Adablah). Estuvimos escuchando alguno de sus temas preferidos y lo cierto es que lo que le entusiasmaba era una moderna y francamente rica combinación de rap, dancehall y R&B, algo muy del siglo XXI y que, al menos desde mi punto de vista, tenía poco que ver con el afrobeat. Al menos no con el de Fela Kuti. Después de agradecer a mi interlocutor el par de buenos grupos que acababa de descubrirme, me dio por pensar cómo es posible que dos tipos de música tan distintos entre sí encajasen, en teoría, en el mismo género.

 

Los dichosos matices

Luego descubrí que, al menos según la prensa especializada, lo que hace Inyanya no es exactamente afrobeat, sino afrobeats, con una ‘s’ final en la que cabe la inmensa distancia en cuanto a concepto, ritmos, instrumentación, percusiones y estilo que separa a este nigeriano de 32 años de su ‘antepasado’ Fela Kunti. Sin embargo, el propio Inyanya pasa por alto muy a menudo la ‘s’ en cuestión cuando habla de su estilo y de sus influencias, de ahí que muchos de sus seguidores se consideren también entusiastas del afrobeat, aunque ni siquiera conozcan el de toda la vida.

Para mí, ambos estilos son primos segundos. Y que quede claro que ni Inanya ni EL hacen nada malo. Su música es tan accesible y moderna como honesta y digna, y si se sienten herederos del afrobeat original es porque hasta cierto punto lo son. También se sienten pioneros de un nuevo movimiento que pretende ser a la vez de continuidad y de ruptura, como ocurre con la inmnesa mayoría de los estilos musicales. En realidad, comparten con el afrobeat de Kuti una misma tradición cultural, un entorno geográfico, una orientación política… El suyo es el nuevo dialecto de un antiguo idioma. No hay en ellos cinismo comercial ni aproiación indebida.

En realidad, son sobre todo la industria y una parte de los fans los que necesitan etiquetas genéricas. Para las discográficas son un argumento de venta y a los segundos les sirve para orientarse en el cada vez más confuso magma de sonidos de la música popular y, más importante aún, para agruparse por subculturas que compartan, en esencia, un estilo de vida, una sensibilidad, una ideología. Las etiquetas responden a una necesidad humana de comprender, y etiquetar, compartimentar y clasificar es una de nuestras herramientas básicas de comprensión. Eso sí, a los artistas, en especial a los verdaderamente creativos, las etiquetas suelen importarles bastante menos. La creatividad tienden a saltarse las normas. Si alguien hace música con la intención principal de encajar en un determinado género, se está equivocando de camino y es improbable que consiga hacer algo que valga la pena.

Cuando haces música, sueles ser muy consciente de cómo quieres sonar y de cuáles son tus influencias básicas, pero no te planteas si en tu cóctel sonoro hay un 20% de neosoul, un 50% de jazz o un 30% de R&B. Esas descripciones a posteriori, que en ocasiones pueden resultar acertadas, se las dejas a los críticos y a los fans menos viscerales y más analíticos. Naturalmente, somos el producto de nuestras influencias, pero vivimos en un mundo posmoderno en el que nos influye un poco de todo, y en consecuencia casi todos los grupos hacen música posmoderna: plural, compleja, caótica en sus referentes, mestiza.

 

Confusión semántica

Hacer música que, en esencia, sea puro reggae o puro blues puede resultar muy sencillo sobre el papel, porque se trata de estilos muy definidos, con características muy reconocibles. Pero basta con que tus gustos personales y tus influencias te lleven a acelerar el ritmo para que tu reggae empiece a aproximarse al ska o que le añadas sintetizadores para que incurras en el dub, otro estilo vecino con el que fronteras siempre han sido francamente difusas. Si empezamos a encerrarnos en el laberinto de los subgéneros, perdemos la fluidez y la libertad que nos dan etiquetas mucho más amplias, como ‘jazz’ o ‘rap’.

¿Por qué esa obsesión por la precisión casi matemática en las etiquetas subgenéricas? Es curioso que cuanto más rica, poliédrica y diversa tiende a ser la música de nuestra época más nos preocupa hacerla entrar con calzador en etiquetas muy restrictivas en las que muy rara vez encaja del todo. Es como si en un mundo con más de 7.000 millones de seres humanos y en el que se produce más música que nunca necesitásemos saber en qué nicho encajamos, cuál es nuestra tribu, quiénes son nuestros hermanos. De esa manera, sentimos que estamos protegiendo nuestra individualidad y nuestra identidad estética.

Daniel James

Pero analicemos por un momento el caso de una de los grupos que más me interesan ahora mismo, el cuarteto australiano Hiatus Kaiyote. ¿En qué género o subgénero encajan? Yo diría que en el jazz, pero hay quien los sitúa en el soul o el electro-pop. ¿Otro ejemplo de fluidez genérica más allá de casi cualquier etiqueta? Id a un concierto de Nils Frahm y decidme cómo describiríais a su público. ¿Estudiantes de arte? ¿Alumnos de quinto curso de piano en el conservatorio? ¿Electro-kids que se lo toman como si estuviesen en una rave? ¿Abuelos que siempre han escuchado música clásica, contemporánea o de vanguardia? Todo eso a la vez. Y Frahm es capaz de ofrecer a todos ellos algo que les interesa, encajando a la vez, aunque sea de refilón, en etiquetas tan dispares como ‘música clásica’ y ‘electónica bailable’ que no resumen del todo la riqueza de su sonido.

Los géneros son buenas muletas para el que echa a andar por el laberinto de la música y pretende ir definiendo paso a paso sus gustos, influencias e ideas. Pero vinimos en una época en que no solo escuchamos la música que nos recomiendan nuestros amigos, o la cada vez menos influyente prensa musical, sino que nos guiamos sobre todo por las pistas que nos proporcionan algoritmos muy genéricos (como los de Youtube) o muy específicos (como los de Spotify).

Lo bueno de esos algoritmos es que a veces sugieren conexiones inesperadas entre artistas que en teoría se adscriben a géneros muy distintos. Paradójicamente, de esa fluidez y de esa apertura a la mezcla y la ‘impureza’ nacen etiquetas mestizas como ‘future soul’, ‘catstep’ o ‘ectofolk’ que empiezan siendo intentos de describir lo complejo y acaban convertidas en nuevas cárceles estilísticas, no menos estrechas que las originales. En el fragmentadísimo terreno del EDM, encontramos nuevos estilos, como el 'complextro' o el 'fidget house', separados unos de otros por un puñado de BPMs. En el multiverso fascinante y convulso en que vivimos, ¿de qué sirve hablar de complextro cuando se trata de un género de fronteras muy difusas que, además, es muy probable que no signifique lo mismo para ti que para mí?

Es más, no descarto que lo que tu entiendes por jazz sea algo muy distinto a lo que entiendo yo. Reconozco humildemente que sigo llamando jazz a sonidos que algunos de mis colegas consideran neo-soul o funk de segunda generación. Ni siquiera sé si tiene sentido insistir en la diferencia entre ‘rock’ y ‘rap’, por muy codificados que estuviesen en su día este par de estilos. Creo que va llegando el momento de que soltemos lastre y abracemos de una vez por todas la absoluta fkuidez de género, porque la música hace años que ha dejado de encajar en las múltiples etiquetas con las que nos esforzamos en definirla.