No hay dos personas que vean el mundo de la misma manera y, por la misma regla de tres, no hay dos fotógrafos, no importa si comparten influencias, puntos de vista, intereses intelectuales o incluso temáticas, que vayan a hacer exactamente la misma foto.

Me consta que muchos fotógrafos de mi generación comparten en general mis influencias y mi esfera de intereses. Pero no conozco a ninguno que haya trabajado mucho tiempo, como hice yo en mi juventud, en una gran factoría industrial, tan deshumanizada como contaminante, y esa es una de las experiencias vitales que dejan huella y que se notan después en tu forma de mirar el mundo. Y no solo eso. Mi historia personal, mis relaciones con mi familia, el lugar en que pasé mi infancia o el amor por los infinitos paisajes canadienses son también características que me separan del resto de fotógrafos y que han acabado de consolidar lo que hay de distinto y de específico en mi mirada.

Todo eso está ahí de manera natural cada vez que busco un encuadro y hago una foto. Es más, ha estado ahí desde el principio. Basta con recuperar alguna de mis primeras obras, como Early Landscapes, para apreciarlo, por mucho que entonces acabase de descubrir el expresionismo abstracto pero aún no conociese tan en profundidad como ahora la obra de Jackson Pollock, Joan Mitchell, Jasper Johns, Ansel Adams, Nathan Lyons, Emmet Gowin, Frederick Sommer, Edward Weston o Carleton Watkins, los artistas que más me han influido por su estética y sus respectivas filosofías de trabajo.

Ya en la fase inicial de mi carrera me di cuenta de que simplemente fotografiar paisajes no era suficiente, que el paisaje apenas tenía atractivo como objeto de contemplación artística si no se tenía en cuenta también la actividad humana que se desarrolla en él. Llegué a esa conclusión, que ya apenas he vuelto a cuestionarme, a principios de la década de 1980. Desde entonces, los paisajes industrializados o, al menos, transformados por la acción del hombre, son mi principal foco de interés.

Eso ha dado a mi trabajo una clara orientación ecológica, por supuesto, pero tampoco quiero desarrollar un discurso simplista, fácil de explicar o categorizar, porque soy muy consciente de que la realidad es mucho más compleja y problemática. Les invito a hacer un ejercicio. Miren por la ventana. Aunque estén ustedes en una zona rural alejada de una gran ciudad, si miran por la ventana, verán montañas, lagos, ríos, sí, pero también granjas, canteras, minas, carreteras, y unas cosas están tan profundamente imbricadas en otras, forman un todo tan difícil de reducir a sus partes, que seguro que ni siquiera reconoceríamos ese paisaje si pudiésemos verlo hace millones de años, antes de que empezasen a manifestarse en él las profundas huellas de la presencia humana.

Ese proceso de transformación del paisaje forma parte de nuestra naturaleza, es inherente a lo que somos. El problema llega cuando se acelera hasta alcanzar unos niveles de degradación no sostenibles ni reversibles y que ponen en peligro tanto el equilibrio ecológico del planeta como la continuidad de nuestra especie. Me preocupa sobre todo el uso irresponsable que estamos haciendo del agua, que es el elemento esencial de nuestro ecosistema. No entiendo la pasividad con que aceptamos un hecho tan abrumador y tan terrible como que se está acabando el agua dulce. El ciclo hidrológico está cambiando con más inundaciones y sequías de lo normal. Los océanos se están calentando. Las biosferas acuáticas se están derrumbando.

Si es usted de los que dan el agua por sentada, va llegando la hora de dejar de hacerlo. O le ponemos rápido remedio o todos viviremos muy pronto en países áridos, con recursos híbridos muy escasos y emponzoñados por vertidos industriales, derrames petrolíferos y demás desastres.

¿Cómo podemos resignarnos a vivir en un mundo así? Hasta ahora, los refugiados hídricos eran personas que huían de zonas desertizadas por algún desastre natural o que habían padecido la inundación de un embalse o la construcción de presas en los lugares en que nacieron, pero tal vez muy pronto se producirán emigraciones masivas en que la gente hará todo lo posible por acercarse a las fuentes de agua dulce.

Eso me preocupa, por supuesto. Como terrícola y como padre que ha asumido la inmensa responsabilidad de traer dos criaturas humanas a este mundo, dos mujeres jóvenes cuya generación va a tener que conformarse con lo que les dejemos, siento que tengo que hacer algo al respecto. Quiero contribuir a que la conciencia ambiental exista, florezca y sea la fuerza impulsora de la acción tanto para mi generación como para la de mis hijas. Y la mejor manera que tengo de hacerlo es mostrar lo que está ocurriendo, ponerlo antes los ojos de la gente. Las fotografías son narradores convincentes y pueden, por tanto, ser agentes del cambio.