La leyenda ha sido contada y vuelta a contar infinidad de veces, hasta el punto de que ya es difícil distinguir el mito de lo que ocurrió en realidad, pero si consideramos que el LSD en sí mismo es una sustancia casi mítica, y que aún existe, quizás esto sea apropiado. Cualquiera que haya consumido en alguna ocasión dogas psicodélicas, especialmente LSD, estará familiarizado con la historia, que Brian Blomerth cuenta en su libro de manera atractiva y divertida.

A fines de la década de 1930, Albert Hofmann era un joven químico que trabajaba para Sandoz Pharmaceuticals en Basilea, Suiza. Se le encargó investigar los alcaloides del ergot, un hongo parásito que crece en el centeno y en otros granos. Hofmann buscaba derivados del cornezuelo semisintético que fueran activos como estimulantes respiratorios y circulatorios.

Estaba trabajando con ácido lisérgico, el armazón químico básico de los alcaloides del cornezuelo de centeno, y creó lo que pretendía ser un producto similar a un estimulante ya conocido, la nikethamida o dietilamida de ácido nicotínico, comercializado por entonces como Coramina. Al introducir la sustitución de dietilamida en el núcleo de ácido lisérgico, esperaba desarrollar un análogo de la coramina que fuera un estimulante efectivo pero no tuviera ningún efecto en el útero (los alcaloides del cornezuelo de centeno son bien conocidos por su efecto estimulante en los tejidos uterinos y todavía se usan en obstetricia para este fin).

 

El resultado fue LSD-25: el vigésimo quinto de una serie de derivados del cornezuelo de centeno que Hofmann sintetizó en su laboratorio. Cuando produjo este compuesto por primera vez, Hofmann lo envió al departamento de farmacología, cuyo personal lo sometió a la batería habitual de ensayos biológicos con animales. No dio resultados reseñables. Hofmann aparcó el producto con la resignación habitual en el que acaba de comprobar que el fruto de sus esfuerzos ha resultado estéril. Se puso a trabajar en otros compuestos y se olvidó del LSD-25.

Por entonces, Europa estaba a punto de entrar de lleno en uno de sus periodos más oscuros. Apenas un mes antes, las tropas nazis habían invadido Checoslovaquia sin apenas encontrar resistencia. Y exactamente una semana antes, el 9 de noviembre, se produjo la infame noche alemana de los cristales rotos, una redada racista a gran escala en la que el régimen nazi arrestó de forma arbitraria a más de 30.000 judíos en Alemania y Austria. La cuenta atrás hacia el Holocausto había comenzado.

Ahorrémonos al menos una parte de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y demos un salto hasta el 16 de abril de 1943. Hofmann, impulsado por lo que describió en su libro LSD: mi hijo monstruocomo un “presentimiento peculiar”, decidió volver a revisar las propiedades del compuesto prometedor pero en apariencia ineficaz que había sintetizado cinco años antes. Como buen suizo y como el químico concienzudo y meticuloso que era, Hofmann no se conformó con recuperar la muestra que se conservaba en los archivos del laboratorio: prefirió sintetizar de nuevo el compuesto, porque desconocía si sus propiedades se conservaban o no pasado un cierto tiempo.

Fue esta decisión poco justificada desde un punto de vista científico, la respuesta impulsiva a su presentimiento peculiar, lo que cambió la historia (y a Hofmann) para siempre. De alguna manera, en el curso de la síntesis, según cuenta la historia, Hofmann fue expuesto accidentalmente a lo que debe haber sido una cantidad muy pequeña del LSD-25 recién sintetizado. Sintió náuseas y un ligero mareo. En vista de que estas leves molestias le impedían seguir trabajando, cogió su bici y se fue a casa, donde cayó, minutos después, en un estado de ensoñación extrañamente lúcido.

Su imaginación estaba altamente estimulada y una cascada caleidoscópica de visiones se precipitaba tras sus párpados cerrados. Después de un par de horas, las visiones se desvanecieron. Tres días después, el 19 de abril de 1943, intuyendo que el LSD que había sintetizado recientemente podía haber sido el causante de su extraña experiencia, Hofmann regresó al laboratorio e ingirió de manera deliberada lo que pensó que sería una dosis muy ligera y probablemente no activa: 0.25 miligramos, o 250 µg. Ahora sabemos que 250 µg es una dosis de LSD más que considerable, pero Hofamann no podía imaginar siquiera que lo que tenía entre manos era una de las sustancias psicoactivas más potentes que existen.

Ese día, el científico tuvo la primera experiencia completa de intoxicación de LSD jamás documentada. Una vez más, salió del laboratorio para regresar a casa en su bicicleta, esta vez con el tejido de la realidad derritiéndose y transformándose a su alrededor. Así se desarrolló el día más significativo en la vida de Albert y, podríamos argumentar, uno de los más decisivos en la historia de la humanidad: la fecha que se ha inmortalizado y celebrado como el Día de la Bicicleta.

El LSD es un ejemplo de todo lo que hay de bueno en el ser humano. Un triunfo de la ciencia, la curiosidad, la imaginación, el espíritu y la búsqueda interminable de sentido y verdad. Las hábiles manos de Hofmann crearon una molécula milagrosa que fue (y sigue siendo) una de las herramientas más importantes jamás descubiertas para la comprensión de la mente y la conciencia. En los años que siguieron, el LSD generó una revolución en la neurociencia (de hecho, la neurociencia moderna no existiría si no fuera por el LSD). Permitió el desarrollo de soluciones terapéuticas para un espectro de enfermedades humanas que aún pueden revolucionar la medicina, a pesar de que la sustancia fue prohibida y empezó a ser perseguida sistemáticamente a fines de la década de 1960, y catalizó una revolución social y cultural a escala global que continúa sacudiendo a la sociedad. No está mal para un compuesto químico que fue descubierto por ‘accidente’.

 

¿Accidente o epifanía mística?

Fue, de hecho, una concatenación de circunstancias tan improbable que uno tiene que preguntarse si realmente fue accidental. Hofmann escribe en su libro que era propenso a las experiencias místicas espontáneas desde la primera infancia. ¿Es posible que su primer ‘viaje’, el 16 de abril, no fuese resultado de la exposición accidental a los restos del compuesto, sino una especie de epifanía personal, una experiencia científico-religiosa derivada del presentimiento peculiar con respecto a la sustancia que había sintetizado cinco años antes, un poderoso mensaje somático enviado por su inconsciente?

El LSD es el psicodélico por excelencia. ¿Es posible crear de la nada un compuesto con semejantes propiedades? Yo creo que Hofmann se limitó a sintetizar en una molécula algo que siempre había existido. Como la piedra filosofal, como un alma que espera el momeno de nacer de un útero, el LSD residía en algún reino celestial del inconsciente colectivo. Era una joya sin pulir que existía solo en potencia.

En potencia, hasta el día en que el "peculiar presentimiento" de Albert lo llevó a echar otro vistazo a ese compuesto poco notable, el vigésimo quinto de una serie, que falló en todas las pruebas con animales. Nada especial. Nada especial hasta que la sustancia aparcada de cualquier manera en los archivos de un laboratorio volvió a llamarlo, cinco años después,  para que la rescatase del polvo y el olvido, de la no existencia. Intuyo que, de alguna manera, Hofmann escuchó una voz que le decía: “No te rindas, Albert, no me dejes de lado. Sigue confiando en mí, porque un día voy a serte muy útil”.

Y ese día llegó. Fue el Día de la Bicicleta, el 19 de abril de 1943, Y no ocurrió en cualquier lugar, sino en Basilea, una ciudad impregnada del legado de Paracelso y las tradiciones alquímicas europeas. Ese día, la experiencia de cientos de años de experiencias alquímicas a caballo entre la curiosidad científica y el delirio místico cristalizaron de repente en el laboratorio de Sandoz Pharmaceuticals. Ese día, Albert llevó su creación trascendental, una verdadera piedra filosofal, a dar una vuelta en bici y cambió el mundo para siempre.

Bycicle Day, de Brian Blomerth, acaba de ser publicado a nivel internacional por Anthology Editions y está disponible aquí.