“¡No estás siendo realista!”. En los diez años que hace que le conozco, habré oído a Moriyama pronunciar esa frase cientos de veces. Suele acompañarla de una especie de suspiro desdeñoso. Le he oído utilizarla en todo tipo de circunstancias, pero sobre todo cuando considera que su interlocutor está comportándose de una manera ridícula o defendiendo un punto de vista que él encuentra insostenible.

Es su manera de evitar expresiones más contundentes y agresivas, del estilo “esto es una mierda” o “no tienes ni puñetera idea de lo que estás diciendo”, así que, hasta cierto punto, es una forma personal de cortesía, sobre todo si consideramos que viene de un hombre que, según sus propias palabras, nunca pensó que tuviese que respetar ninguna regla ajena, porque su filosofía personal consiste en conducirse con absoluta libertad tanto en el arte como en la vida.

Sí, Moriyama es un espíritu libre. Como fotógrafo y como ser humano, ignora deliberadamente cualquier pauta, norma o estándar convencional. Se podría decir que, para él, el único criterio es que no tiene por qué haber criterios. Y si hablamos de fotografía, está claro que muchas cosas que generalmente se consideran de sentido común carecen de sentido para él.

Tal vez el mejor ejemplo de esto sería la idea de originalidad, que él rechaza sin más, porque le resulta que la fotografía nuca ha sido otra cosa que una simple copia, así que pretender argumentar que algo en concreto resulta original es una causa perdida, una de esas cosas que suele decir la gente que se resiste a ‘ser realista’. De ahí que no se corte un pelo a la hora de captar con su cámara los carteles que ve por la calle, aunque contengan imágenes de otros fotógrafos. Tampoco se corta un pelo a la hora de publicar el resultado de sus hallazgos, práctica que algunos considerarían una apropiación indebida. Pero él lo ve de otra manera. ¿O es que acaso no se puede copiar lo que ya de por sí es una copia?

 

“He llegado a plantearme dejar de incluir el símbolo de copyright en mis propios álbumes de fotos. Si no doy ese paso es, por supuesto, porque los editores se opondrían y me plantearían todo tipo de problemas. Pero, básicamente, creo que todos deberíamos ser libres de copiar lo que nos diese la gana. Si la fotografía es una copia de la realidad, ¿cómo se entiende que esté prohibido hacer una copia de la copia? Cuando oigo a la gente insistir con vehemencia en que una foto resulta “original” y “artística” y debería ser “protegida” de los que pretendan copiarla, pienso para mí mismo: ¡No estáis siendo realistas!”.

 

Reflexión pese a todo

Tratándose de una persona con semejantes convicciones y una tan acusada falta de reverencia hacia el “arte” fotográfico, no es extraño que la obra de Moriyama se base sobre todo en una serie de instantáneas nacidas de la inmediatez y del deseo. Él lleva siempre la cámara en ristre. Cuando algo capta su atención, apunta y dispara. Simplemente, sin pensar.

Por supuesto, exise también otro Daido Moriyama, mucho más reposado y reflexivo. El ‘artista’, aunque sea un poco a su pesar, que en nuestros viajes juntos se siente obligado a pararse un instante y analizar lo que está viendo desde una perspectiva crítica, con frecuencia incómoda.

Ese Moriyama dispuesto a cuestionarse el verdadero sentido de la realidad que retrata no se rige solo por el impulso y del deseo. Se hace preguntas que van mucho más allá de la fracción de segundo que tarda un obturador en abrirse y cerrarse. En cada disparo se condensa una eternidad de preguntas, puntos de vista cocinados a fuego muy lento, a través de razonamientos complejos y a menudo dolorosos, viajes de ida y vuelta.

Hay tal carga de sentido, tanta dificultad detrás de cada una de las decisiones estéticas y conceptuales de Daido Moriyama, que no es extraño que se niegue a dedicar tiempo y energía a pensar en tonterías como el sentido común o la manera convencional de hacer las cosas.

Fragmento del libro Daido Moriyama: How I Take Photographs, con fotos de Daido Moriyama y textos de Takeshi Nakamoto.