Subtitulada Aprendiz de gigoló, la novela de Freijo es la historia de una mujer en sus 40, atractiva y de vida estable, a la que la inesperada deserción de su marido cambia los esquemas. Raquel busca consuelo (y algo más) en Maxi, socorrista de piscina al que decide formar para que se dedique a un nueva actividad profesional, la de acompañante de lujo. La autora dio sus primeros pasos en la escritura en el blog de humor Sexo en Chamberí, que le sirvió de trampolín para asomarse al periodismo de estilo de vida y a la literatura erótica, género en el que ha hecho ya dos incursiones previas, Lo que no sabía de mí y Lo que descubrí de ti.

A Freijo no le hace ninguna falta encorsetarse a la hora de escribir sobre sexo, relaciones de pareja y demás accidentes del cuerpo y del alma. Ella tira de un humor sútilmente corrosivo que fundamenta en sus propias experiencias y que solo aparca (y no del todo) cuando, tal y como nos explica en el curso de esta relajada charla, llega la hora de describir los encuentros sexuales entre sus protagonistas, resueltos con mesura y elegancia. Una acertada aproximación, en fin, al amor (o a lo que queda de él) en los tiempos de Tinder.

 

Todo empezó en su blog Sexo en Chamberí...

Sí, aunque lo cierto es que en el blog no hay erotismo por ningún lado. Es más una mirada con humor y un poco gamberra sobre el sexo, las relaciones de pareja y las cosas de la vida. No “pone” nada, pero sí te ríes mucho. Eso sí, gracias al blog, tuve la oportunidad de meterme en el mundo editorial, ya que una editora lo leyó, le gustó y, en efecto, así empezó todo.

 

¿De qué manera ha ido evolucionando su manera de escribir sobre sexo y relaciones sentimentales en los 15 años que lleva dedicándose a ello?

Mi escritura ha ido cambiando en función de mis experiencias vitales y mi situación personal, de las vivencias que he tenido. Antes hablaba de relaciones de pareja o de la crisis de los 40  de una forma más cándida, y ahora tengo una mirada más sarcástica y escribo sobre el desamor o de cosas como Tinder y de lo mal que se ha puesto todo esto de las relaciones humanas.

 

¿En qué se parece y en qué se diferencia Sibila Freijo de ese alter ego que es (¿o fue?) Carlota Valdés?

En que Carlota dice lo que le da la gana y Sibila no puede. Ella es mi parte más libre y gamberra. En el Starbucks y en Cien Montaditos siempre digo que me llamo Carlota. Es una pequeña travesura que me permito.

 

¿Cuál siente que es su aportación personal a un campo tan popular (y tan concurrido) en los últimos años como el de la novela erótica?

Mezclar el sexo con el humor. En mis novelas hay casi tanto humor como sexo, y diría que pesan lo mismo. Me gusta que la gente ni siquiera se dé cuenta de que está leyendo una novela erótica, que no sea el sexo lo único que saquen de mis historias. Obviamente, humor y sexo están separados en la trama, cada uno en su momento. No vas a contar una escena tórrida con humor de por medio. Eso corta el rollo y no resulta excitante 

 

Usted misma, como lectora informada y crítica de este tipo de novelas, ¿qué considera que vale la pena en este campo ahora mismo?

Lo verdad es que no soy lectora habitual de novela erótica, ni de ningún género en concreto. Me gustan los buenos libros, sean del género que sean. Pero sí es verdad que he leído bastante literatura erótica, por razones obvias, porque me dedico a ello. Me gusta mucho Anaïs Nin, porque nos deja a todas en pañales. Me escandaliza lo que escribía esta señora en los años 40. Claro que era Anaïs Nin y estaba con Henry Miller... Me gustó mucho Oso, sobre la historia de amor y sexo de una mujer y un oso, una novela bastante polémica y turbadora. Y también Historia de OEmmmanuelleLas cartas a Nora Barnacle de James Joyce, Las edades de LulúLolita... Ah, y por supuesto, el cómic El Click, de Milo Manara.

 

 

¿Qué novela erótica se llevaría a un isla desierta?

¡Ninguna! Para subirme por las paredes y estar ahí sola con un montón de plantas carnívoras, preferiría leer otras cosas. Me llevaría una novela de Wilkie Collins o de Stefan Zweig, un jamón y varias botellas de champán.

 

 

¿Cuál es, en su opinión, la prueba del algodón que permite reconocer una buena novela erótica, la que permite, de alguna manera, distinguir el grano de la paja?

Que consiga excitar al lector, o al menos excitar su imaginación. Que no caiga en topicazos ni lugares comunes (millonarios pervertidos, jovencitas seducidas que no saben nada del sexo, lujo, glamour y helicópteros...). Que no utilice eufemismos y llame a las cosas por su nombre. Que sea un poco real o más bien auténtica. Y, por supuesto, que tenga calidad literaria, que esté bien escrita.

 

¿Hasta qué punto las sombras de Grey siguen siendo alargadas? ¿Cree que es posible hacer novela erótica en la era pos-Grey sin tomar ese ciclo de novelas como referente, aunque sea para distanciarse de él o incluso escribir en contra del modelo que propone?

50 sombras de Grey abrió un camino, lo que ya tiene bastante mérito. Fue la primera novela erótica que supuso un best seller mundial. Por primera vez, a la gente no le daba vergüenza admitir que se excitaba leyendo un libro. Con Grey, se abrió una veda a todo lo que vino después. Pero es verdad que la novela erótica actual sigue bastante su estela. La novela erótica sigue teniendo un estigma: no es considerada como “literatura seria” o digna de ser tenida en cuenta literariamente hablando. El día que una de mis novelas consiga salir en la sección cultural de algún periódico de los denominados “serios” creo que me iré a la isla desierta, para celebrarlo Eso es algo que por ejemplo no sucede en otros géneros como la policiaca o en thriller.

 

Aunque sea desde el humor, ha abordado usted en Un chico cualquiera un tema espinoso, como es la prostitución masculina. ¿Hasta qué punto era consciente del riesgo que asumía (de ser malinterpretada o tachada de frivolidad, de tropezar con el neopuritanismo que se está consolidando en las redes sociales...)? ¿Suponía sortear esos escollos un reto para usted?

Yo no quería hacer una novela sobre la prostitución masculina ni investigar ese mundo para nada, y tampoco quería entrar en juicios de valor sobre si ese trabajo está bien o mal. Es como si al director de Pretty Woman le dicen que está haciendo una peli sobre la prostitución. O a Woody Allen, en Poderosa Afrodita. ¿Estaban esos directores haciendo apología de la prostitución? Obviamente, no. En realidad estás tratando el tema, pero de otra forma, blanqueando una realidad que puede llegar ser muy sórdida, es cierto. Pero si considerásemos que hay que evitar la sordidez siempre, no podríamos escribir de nada. Solo de lo políticamente correcto, o sea, de tres cosas. Y no me molesta ser tachada de frívola o tener una mirada frívola sobre lo feo o espinoso de la vida. De eso va para mí el humor. ¡Bendita frivolidad!

 

¿Dónde trazaría tusted su personal barrera entre erotismo y pornografía, si es que semejante distinción sigue resultando pertinente a estas alturas?

Erotismo es más bien sugerir y pornografía es mostrar. Es la cosa “tamizada” o la cosa “a granel”. Creo que mis libros, en ese sentido, son más pornográficos que eróticos, porque resultan bastante explícitos, aunque nunca groseros o incómodos. Si fueran, una peli no creo que fueran una peli “erótica. O tal vez sí, pero con un erotismo bastante hardcore, como somos nosotras, canela fina. Las mujeres decimos que preferimos lo erótico, los escenarios evocadores, los detalles más sutiles, pero luego somos unas grandes consumidoras de pornografía, como demuestran los datos de plataformas como PornHub. A ver en qué quedamos.

 

¿Hasta qué punto utiliza la novela erótica como pretexto para reflexionar sobre las relaciones de pareja, los roles de género o el peso de la sexualidad en las sociedades en que vivimos? ¿Son esas preocupaciones centrales para usted cuando aborda el género?

Sí, justamente. Como dice un personaje de mis primeras novelas: “el sexo es siempre lo mismo”. Una vez que has hecho todo el despliegue de fantasías sexuales y has conseguido poner a tu lector, me interesa luego que se rían y pasen un buen rato. Y después, hacerles pensar o reflexionar sobre ciertas cosas como las relaciones, el amor, el desamor, el abandono. La vida. Vamos, a lo Woody Allen.

 

¿Cómo imagina a las personas que leen sus novelas? ¿Qué cree que comparte con ellas?

Pues, por lo que veo o me llega, hay muchas mujeres de mi edad, que pasan de los 40, que se ven reflejadas en mis historias, pero también muchas jovencitas que son adictas al género y devoran todo lo que se publica. Y sí, también muchos chicos. Mis novelas las han leído y leen muchos hombres. 

 

¿Hay algo generacional en su aproximación al género? ¿Siente que escribe en primer lugar para mujeres (o mujeres y hombres) de su generación y que pueden compartir hasta cierto punto sus referentes, sus experiencias y su visión del sexo y de las relaciones sentimentales?

Sí, desde luego. A todos nos pasa lo mismo y a veces me dicen: “es lo que yo pensaba o es lo que a mí me ha pasado pero no sabía expresar”. Esa es una de las bendiciones de escribir y también de leer: que parezca que la historia habla de ti, sentirte identificado con personajes, con las situaciones. Creo que yo lo consigo. Y aunque sé que la novela erótica es consumida por mujeres mayoritariamente, yo me niego a escribir solo para mujeres. Eso sí que es sexista.  Tras mi primer libro, Lo que no sabía de mí, un chico de unos 40 años me escribió para decirme que él era Carlota, que se había sentido completamente identificado con mi protagonista: una separación, unos hijos, un descubrimiento del sexo a los 40.... Y todo eso no es exclusivo de mujeres o de hombres, es de personas. Todos pasamos por lo mismo y todos deseamos una única cosa: que nos quieran. 

 

¿Hasta qué punto es posible (y no contraproducente) la transgresión en un género tan codificado como este? Por ejemplo, ¿son siquiera concebibles los finales infelices, en que el sexo no conduzca ni por asomo al amor y se imponga la lógica de la frustración sexual y sentimental, tan frecuente en la vida real?

Estas novelas tienen sus códigos, y uno de ellos es que el sexo sin amor no funciona del todo bien en la literatura erótica actual. Alguien se tiene que pillar de alguien. Pero es que pasa con todo: una novela policiaca tiene que tener su final feliz, la resolución del crimen. Un thriller también. Queremos soñar, que nos cuenten historias que acaben como esperamos, no como no esperamos. Para eso ya está la vida real.

 

Dice que le consta que hay muchos hombres aficionados a la literatura erótica que prefieren mantener esa afición en el armario. ¿Por qué cree que lo viven como un placer culpable?

En mi caso, no lo esconden. Como decía, tengo muchos lectores hombres que escriben a mi Instagram o a mi correo haciendo comentarios sobre las novelas y diciéndome que las disfrutan mucho. Les gusta comprobar qué hay en la cabeza de una mujer en lo referente al sexo; eso les da morbo. Conocer nuestras fantasías, ver la visión femenina les resulta excitante. Bastante más que ver en acción a los machirulos de las pelis porno. Pero, por otro lado, todo lo excitante o que provoca placer sexual es visto bajo esa pátina de culpabilidad o cosa prohibida o vergonzante. El sexo sigue siendo tabú por mucho que nos creamos que no. Un libro erótico excita y se lee por eso, para encenderse, entre otras cosas, y no hay nada malo en ello. Pero esa excitación ya es algo susceptible de esconderse o de generar risitas vergonzantes. Una editora me dijo una vez que en la erótica funciona muy bien el libro digital, porque vas con tu Kindle tan a gusto y nadie puede ver lo que estás leyendo.

 

¿Hasta qué punto el movimiento @MeToo y sus réplicas en las redes sociales han transformado la novela erótica?

 La verdad, cuando escribo, no me paro a pensar si algo es feminista o políticamente incorrecto. Creo que mis personajes femeninos son mujeres echadas para delante, que toman las riendas de sus vidas y que viven el sexo bastante libremente no bajo la visión patriarcal, sino más bien todo lo contrario. En esta última novela, la madame, Raquel, es la que corta el bacalao y el señor el que se convierte en un “mandado”. Ahora bien, mis mujeres empoderadas también son seres inestables dependientes de ese anhelo universal llamado amor. Lo veo todo mucho más real. A mí me encantaría (como a muchas) sentirme empoderada las 24 horas del día, pero no puedo, lo siento. El coito por ejemplo no es que sea un acto muy feminista como punto de partida. Muchas de las prácticas sexuales que cuento de dominación, fantasías y demás harían llevarse las manos a la cabeza quizá a ciertos sectores, pero es que si no, nos quedamos sin sexo y sin ficciones. Si me preguntan si se puede ser feminista y practicar BDSM, yo creo que sí. Creo que no tiene por qué coincidir lo que hacemos en la cama con lo que hacemos en la vida real. El sexo es, si lo miras, como un juego de rol. Y las protas de mis novelas todavía se depilan. Pero a lo mejor en la siguiente les dejo crecer los pelos, ya veremos. Creo que hay asuntos más relevantes en los que poner el foco, como el hecho de que casi cada día haya una mujer muerta por la violencia machista.

 

¿Usted misma se ha planteado la necesidad de ‘rendirse’ a una cierta corrección política o aplicar en mayor medida un cierto ‘filtro morado’?
No del todo. Pero sí reviso ciertos detalles que pueden resultar espinosos. La gente se está volviendo un poco extrema y ese ir con pies de plomo resta un poco de espontaneidad al arte en general. Además, en la literatura erótica, la frontera de lo correcto o incorrecto es delicada. Juegas con el mundo de la fantasía, de lo irracional, de los deseos ocultos, y ahí no hay normas ni corrección que valga. Hay libertad, juego y hacer lo que te dé la gana a solas o con tu compañero o compañera o compañeros de cama. Si nos quitan eso, ¿qué nos queda? ¿Ver otra serie más?