La situación es muy recordada, aunque no tan de dominio público como para que todo el mundo la tenga presente: la tarde del 12 de julio de 1979, unas 50.000 personas abarrotaron el Comiskey Park, el estadio de beisbol de los Chicago White Sox, en su partido de liga nacional ante los Detroit Tigers.

Hasta ahí, todo normal. Un evento deportivo al que acude gente. Correcto. Lo que nadie podía esperar, y resulta absolutamente kafkiano e inconcebible desde la perspectiva de 2019, es que gran parte de ese público invadiera el terreno de juego al descanso del partido para llevar a cabo un destrozo masivo de vinilos de música disco. Reventándolos, quemándolos, haciéndolos arder en una pira. Algo similar había ocurrido ya durante la primera mitad de aquel año: en una discoteca de Seattle, en otra de Portland e incluso en otra de Nueva York, la meca del género.

Destrozos de discos con una sierra eléctrica, chillidos, abucheos a un DJ al que se le ocurrió pinchar a Donna Summer. Ni las imágenes de una apisonadora machacando discos de Sinéad O'Connor, muchos años después, maquinada por cristianos integristas que se la tenían jurada por romper una fotografía del Papa, fueron tan masivamente escandalosas.

 

No se recuerda un movimiento de odio similar a ningún otro estilo de la música popular. Ni el denostado reggaeton ha recibido tantos palos en los últimos tiempos. Presuntamente, la música disco que predominaba las listas de éxitos y las pistas de baile a lo largo y ancho de todo el planeta, esos ritmos sensuales que tenían a Grace Jones, Chic, Gloria Gaynor, Donna Summer, los Bee Gees o Village People como sumos sacerdotes, eran los culpables de todos los males de la sociedad occidental.

Eran el epitome de la superficialidad  y el derrumbe moral que se cernía sobre la sociedad que se lamía las heridas por la crisis económica de 1973. El colmo de lo hortera. Una invitación a la promiscuidad sexual sin importar la orientación de cada cual. La antítesis de lo genuino, ese rock and roll de guitarras que era el súmum de la integridad. Hasta Rob Sheffield, el periodista que vió publicado el año pasado su estupendo libro Vives en las cintas que me grabaste en castellano, confesaba en sus páginas que le “encantaban los éxitos de música disco”, pero sabía que era “algo que debía mantener en secreto delante de otros tíos”. Incluso una década más tarde.

 

La noche de la sinrazón

La Disco Demolition Night, que así se llamó el clímax de la campaña Disco Sucks (La música disco apesta), fue alentada por Steve Dahl, un conocido locutor de radio en horas bajas (le habían despedido meses antes de la emisora WDA), quien llevaba ya un tiempo capitaneando una cruzada anti-disco a través de las ondas desde su tribuna de honorabilísimo defensor de la integridad del rock.

Una mezcla de predicador, gurú de las ondas y bufón, todo hay que decirlo. Lo que nadie podía esperar es que su llamamiento fuera secundado por varias decenas de miles de personas. Se juntó la mala tenporada de los White Sox (con una media de 15.000 personas asistiendo a cada uno de sus partidos en casa), sumidos en la anodina parte baja de la clasificación, con la necesidad de llenar el estadio bajo cualquier reclamo, con la menor excusa.

La estrategia ideada junto al presidente del club consistía en regalar la entrada al recinto a todo aquel que llevase un disco del género en sus manos. Un single o un álbum de música disco. Comparecieron casi 50.000 personas, que se convirtieron en una incontrolable turba desde el momento en el que invadieron el terreno de juego y empezaron a detrozar vinilos de eso que entendían como la música del diablo. La policía tuvo que intervenir para dispersar a la enloquecida masa pero se reveló insuficiente, ya que las previsiones del club no estimaban que más de 35.000 personas fueran a presentarse allí, y no habían contratado seguridad para un aforo mayor. Un problema orden público. Una sinrazón. 

La música disco era banal, frívola y afeminada. Ridícula y hortera. De nenazas. Merecía el mayor de los desprecios. Pero el fenómeno Disco Sucks!, más allá de sus connotaciones racistas, homófobas o sexistas, pronto se reveló como uno de esos brotes reaccionarios que en realidad no pueden hacer nada por detener el tiempo ni por poner puertas al campo. Generó un cierto rechazo en gran parte del público e incluso entre algunos músicos que temieron por la viabilidad de sus proyectos: que le pregunten a Diana Ross y a su entorno, reticentes ante el disco homónimo que les iban a producir aquel mismo verano Nile Rodgers y Bernard Edwards (Chic), el colosal Diana (1980). Se barruntaban lo peor. Luego resultó que se convirtió en el mayor éxito en la carrera de la diva de la Motown.

 

Contra el signo de los tiempos

Aquella controversia, que recuerda – tristemente – a la que aún mantienen aquellos que dicen que para música de la verdad ya tenemos a Queen y a AC/DC, y no esa bazofia – dicen ellos – del reggaeton, tenía poca razón de ser desde el momento en que uno se hubiera cerciorado de que un buen puñado de rockeros de postín ya habían coqueteado (o estaban a punto de hacerlo) con los ritmos de la disco music.

Los Rolling Stones, cuya relación con el funk ya venía de los tiempos de Fingerprint File (de It's Only Rock and Roll, 1974) o de Hot Stuff y Hey, Negrita (ambas de Black and White, 1976), ya lo hicieron sin ambages un año antes, con Miss You, una de las mejores canciones de su vastísimo y legendario repertorio, con su imponente línea de bajo y su irresistible estribillo, abiendo Some Girls (1978). Y repetirían la jugada con dos gemas del notable Emotional Rescue (1980), las fabulosas Dance (Pt. 1) y Emotional Rescue.

Blondie lo habían hecho ya con el pelotazo  de Heart of Glass, potenciado por la producción de Mike Chapman, sagaz conocedor de los entresijos del éxito por sus trabajos con Suzie Q, Sweet o The Knack, que fue quien les produjo Parallel Lines (1978). Y prolongaron el coqueteo con Atomic, extraído de Eat to the beat(1979), y sobre todo con uno de los grandes singles de la era disco, aquel “Call me” (1980) en alianza con Giorgio Moroder, compuesto para la banda sonora de la película American Gigolo (Paul Schrader, 1980), que les mantuvo más de seis semanas en lo alto de las listas norteamericanas hasta que les desbancó el inefable Funkytown de Lipss Inc. Otro hitazo disco, por cierto.

Rod Stewart, rockero de pelo en pecho y voz de cazalla en sus tiempos al frente de los Faces, triunfó con su single Do Ya Think I'm Sexy?, número uno en medio mundo, arrastrando las ventas de su Blondes Have More Fun (1978) hasta los catorce millones de copias. Los reyes del shock rock, unos tipos tan duros como los Kiss, también se la jugaron, ignorando el apocalipsis pregonado por la campaña Disco Sucks!, y se marcaron aquel I Was Made For Loving You (1979) que se convertiría en su mayor éxito.

Aunque la reacción inicial de muchos de sus fans fuera de estupor. Incluso elgran maestro del rock pantanoso norteamericano, Tony Joe White, comulgó con la música disco en canciones como I Get Off On It, Grounded o Even Trolls Love Rock and Roll, y hasta coqueteó con el incipiente rap en Swamp Rap, todas composiciones extraídas de su álbum The Real Thang (1980), no por casualidad publicado en Casablanca, el sello en el que había  militado Donna Summer. Por no hablar del Elton John de The Complete Thom Bell Sessions(1979) y Victim of Love (1979), emulando respectivamente el sonido Philadelphia y el más puro desmelene disco, o del Robert Palmer de Clues (1980).

 

La música disco ni se crea ni se destruye, se transforma

Con la música disco ocurrió lo que pasa con cualquier género que emerge del underground y acaba por popularizarse y trivializarse: pasó de moda a principios de los 80 y no fueron pocos quienes abjuraron de sus señas de identidad como si fuera la peste. Pero su semilla ya estaba plantada, y la carrera de Prince, Michael Jackson o Madonna no se entendería sin su legado. Ni siquiera el resurgir comercial de Marvin Gaye con Midnight Love (1982) o el de David Bowie con Let's Dance (1983), este último de la mano de Nile Rodgers (Chic) a la producción, quien haría lo propio un año más tarde en el imbatible segundo largo de Madonna, Like a Virgin (1984). 

Los fundamentalistas de mirada corta quizá habían ganado una pírrica batalla aquella infausta noche del 12 de julio de1979, pero no cabe duda de que acabaron perdiendo – de largo – la guerra.