A los 17 años yo estaba convencido de que ya lo sabía todo sobre el amor. Me habían convencido de ello tanto mis lecturas de Byron, Shelley y Keats en la clase de literatura del instituto  como mi ya bastante nutrida colección de discos, en las que las canciones de amor abundaban. Lo cierto es que mis canciones preferidas eran las que trataban de deseo y de anhelo romántico. Supongo que a mis 17 años estaba lo bastante acostumbrado a malentendidos y desengaños como para comprender que el romanticismo exacerbado y la sensación de pérdida eran una parte sustancial del asunto.

Yo concebía el amor como una flor rara, como un tramo de carretera desierta, como una escarpada ladera que conducía hacia una cima nevada que apenas podía intuirse desde el valle, como una meseta elevada que se perdía entre la nieve, como una pradera desierta en la que se intuían alces que vagaban a la deriva, como el grito sordo del halcón que está a punto de precipitarse desde las alturas sobre un roedor tembloroso. Me hacía feliz tanto proclamar la belleza del amor como insistir en su cruel futilidad.

En mi escuela teníamos una asignatura de religión obligatoria. Ese año, para desesperación de la imensa mayoría de los alumnos, el temario de la asignatura consistió en gran medida en desentreñar el alambicado pensamiento de un teólogo llamado Paul Tillich. El Rick Moody inquieto y soñador de 17 años se tomaba muy en serio esa clase, y era capaz de responder con la fórmula “amor en acción” cuando le preguntaban en qué consistía la verdadera fe. Puedo deciros, porque recuerdo que hicimos un examen sobre la materia, que eso significaba que el amor no era una condición estática y tampoco un medio para obtener un fin, sino un fin en sí mismo que había que proyectar en última instancia, como decía Tillich, hacia el objeto amado. Es decir, que el amor se daba sin esperar nada a cambio, era un acto de generosidad y de desinterés, como el viento que sopla sobre el inescrutable océano, apartando la sucia espuma del egoísmo. Mediante el amor, un ser humano se transformaba en el viento que sopla donde quiere del que habla el evangelio de San Juan.

 

Lo que vino después

¿Qué pequeño apocalipsis convirtió para mí ese amor en acción en algo que se experimenta, que se sufre, y no ya algo sobre lo que se escribe en un examen? Una chica, por supuesto.

La llamaré Brenda. Era un par de años menor que yo, así que los protagonistas de esta pequeña historia tenían aproximadamente la misma edad que Romeo y Julieta. Ni Brenda ni yo habíamos alcanzado aún la edad legal para votar o beber alcohol. Además, estábamos en una escuela en la que si una chica recibía a un chico en su habitación debía dejar la puerta abierta y al menos tres de los cuatro pies involucrados debían pisar en todo el momento el suelo. Brenda era de Colorado y venía de una familia feliz y muy unida. No teníamos demasiado en común (ella era mucho más sensata y equilibrad que yo, más que cualquier persona de nuestra edad que yo conociese), pero estábamos enamorados.

Un día, Brenda y yo fuimos a parar a una sala de actos del colegio llamada Memory Hall que resultó estar vacía. Habíamos estado paseando por los rincones más apartados de la escuela en busca de algo de intimidad y, en cuanto llegamos a aque lugar, decidimos tumbarnos en el suelo para descansar un rato y seguir charlando. Pasados unos minutos, ella se apoyó en mi hombro y se quedó dormida.

Brenda era rubia, querido lector, era alta y tenía una deliciosa sonrisa, un sentido del humor terrenal y compasivo y una risa pefecta, y acababa de quedarse dormida en mis brazos. Así que, pese a lo incómoda que resultaba aquella postura para mí, ni se me ocurrió despertarla, la dejé dormir. Y mientras velaba su sueño, yo me vi reducido a un estado de silenciosa espera, así que empecé a pensar quién era ella, cómo era, cómo había llegado a mi vida, por qué estábamos juntos y cuáles eran las ventajas e inconvenientes del vínculo que se había establecido entre nosotros.

Durante la alrededor de media hora que Dora durmió apoyada en mi brazo, tal y como ahora lo recuerdo, pensé por primera vez que en el fondo apenas la conocía. No por dentro, no de manera auténtica y verdadera. Al verla dormir, afloró en mí un sentimiento que no tenía nada que ver con el anhelo romántico, que no implicaba ninguna pérdida, sino que consistía en serle útil a alguien, preocuparse por su bienestar de forma desinteresada, dando prioridad a su comodidad y sus necesidades sobre las mías, aparcando por una vez mi tendencia natural a aprovecharme de los demás, de mis amigos y de mi familia.

Así que velé su sueño, la observé, esperé a que se despertarse, y no extraje de todo aquello mi botín de lágrimas, de caricias, de cinvulsiones del corazón o exasperaciones románticas. Solo un sentimiento dirigido en última instancia hacia el objeto amado, que cada vez me parecía más puro y más hermoso a medida que el sol que se filtraba por la ventana iluminaba su sueño.

Lo cierto es que cortamos poco después. No lo recuerdo con exactitud, pro creo que cortamos, volvimos a intentarlo y cortamos de nuevo para volver a estar juntos poco después. Luego yo me gradué y me fui a seguir mis estudios a otro estado. Ni a ella ni  mí se nos ourrió beber de una cop envenenada o inmolarnos en una hoguera a orillas del océano. Ni siquiera nos juramos amor eterno y prometimos escribirnos todos los días. Sencilamente, seguimos con nuestras vidas.

Pero en mi caso, ese amor de juventud me dejó una profunda huella. Me enseñó muchísimo. Me permitió darme cuenta de hasta qué punto el amor es, sobre todo, un sentimiento de profunda entrega que puede aflorar en instantes tranquilos, sin necesidad de efusiones ni excesos. El amor es algo que sientes y que das, no que exiges o que recibes. Brend me lo enseñó de la manera más sencilla posible, quedándose dormida.

Ahora me acerco al final de la sexta década de mi vida, estoy felizmente casado y tengo un hijo recién nacido (algo que probablemente ya no debería tener un hombre de mi edad) y una hija que está a punto de cumplir ocho años y a la que tengo la oportunidad de ver dormir muy a menudo. En realidad, nada me hace tan feliz como velar el sueño de un niño. ¿Es esto es el amor, el ágape que C. S. Lewis atribuye a los dioses, el profundo sentimiento de conexión desinteresada que los padres sienten por sus hijos? Tal vez. Sé que hay algo puro y genuino que se produce en esos momentos en los que el niño respira y sueña en una stuación de absoluta pureza y vulnerabilidad, confiando en el cuidado y el cariño incondicional de sus padres.

Ni siquiera importa qué edad tenga el niño que duerme. El amor en acción de la edad adulta es muy distinto a la depredadora economía del amor juvenil, basada en una ávida necesidad de afecto que te lleva a extraer todo lo que puedas de las personas que están dispuestas a amarte.  Es algo muy diferente, y me alegro de que así sea.

Keats lo expresó mucho mejor: “La tonta juventud realmente cree/ poder convertirse en divina a través del amor, y así sigue/ del bostezo al delirio hasta que acaba el verano”.