Al joven Miguel Ángel Buonarroti le partieron la cara una tarde de 1488. Lorenzo de Médici lo había puesto bajo su protección y otro aprendiz le rompió la nariz movido por la envidia que sintió hacia su talento. El genio del Renacimiento lamentó siempre aquel puñetazo; decía que era la causa de su fealdad. Sin embargo, algunos documentos certifican que la cosa venía ya de nacimiento.

Con todo, no estamos aquí para hablar del escultor, sino de su protector. Lorenzo el Magnifico era un mecenas, es decir, alguien que respalda a los artistas, y no hay que confundirlo con un filántropo, que es alguien que ayuda desinteresadamente a los demás. Son términos muy cercanos, es cierto, pero hay que diferenciarlos. Y nada mejor para hacerlo que contraponer al Médici con el padre de la filantropía moderna.

George Peabody (1795-1869) protagonizó una de esas historias que nunca acabas de creerte: la del niño de origen humilde que, con esfuerzo y tesón -y sin la ayuda de papá-, levanta un imperio. Nació en el seno de una familia pobre de South Danvers (Massachussets) y tuvo que abandonar la escuela a la edad de 11 años. El dinero no alcanzaba en casa y se puso a trabajar en una tienda de textiles que, poco tiempo después, desapareció a causa de un incendio. Sin saber qué hacer con su vida, el chico cogió un fusil y combatió en la Guerra Civil, de donde volvió con la idea de fundar una empresa dedicada al ramo en el que ya había trabajado.

El negocio funcionó y el joven George, que todavía no había alcanzado los veinte años, se embarcó rumbo a la capital financiera del mundo: Londres. Sabía que allí estaba el dinero e inició una campaña de expansión de su empresa que no solo triunfó, sino que le hizo lo suficientemente popular como para codearse con los grandes financieros y negociar un crédito para el mismísimo estado de Maryland, en aquel momento al borde la bancarrota. Aquella jugada pudo haberle enriquecido, pero él renunció a la comisión, dejando estupefactos a los banqueros y gobernantes de ambos lados del charco. Probablemente fue el primer acto altruista de un hombre a quien, paradójicamente, acusaban de tacaño.

Sr. García

 

Un triunfador generoso

A partir de ese momento, los éxitos de Peabody fueron tan constantes que harían falta muchas páginas de esta revista para explicarlos tan solo por encima. Así pues, nos conformaremos diciendo que sus negocios abarcaron las finanzas, los ferrocarriles, las empresas textiles y las entidades bancarias, entre otros sectores. Y tan ocupado estuvo en amasar su fortuna de 16 millones de dólares que se olvidó de casarse y montar una familia.

Tal vez por eso inició una escalada de donaciones que le llevó a destinar más de la mitad de su fortuna a proyectos que beneficiaran a los excluidos. Creó un fondo educativo para los niños indigentes de los estados sureños, sufragó mejoras en la ciudad que le vio convertirse en empresario (Baltimore), realizó cuantiosas donaciones a actos de beneficencia tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, construyó museos en algunas de las universidades más prestigiosas de su país de nacimiento y hasta creó un premio periodístico que todavía hoy se entrega.

Hasta que, el 4 de noviembre de 1869, la muerte fue a visitarlo. Lo pilló en Londres, donde algún tiempo antes había rechazado un título nobiliario ofrecido por la mismísima reina Victoria, y fue enterrado con toda clase de honores en la abadía de Westminster. Sin embargo, alguien recordaría más tarde que en su lecho de muerte había pronunciado dos veces la misma palabra: ‘Danvers, Danvers’. Era el nombre de su ciudad natal, donde que-ría descansar por toda la eternidad.

Así pues, recuperaron su cuerpo y lo llevaron de vuelta a Estados Unidos. De este modo, la gente pudo llorar dos veces al hombre que había regalado su dinero a los que más lo necesitaban: la primera, en la pomposa Westminster; la segunda, en el humilde Danvers, un pueblo que decidió cambiar su nombre para adoptar el de su hijo más ilustre. Hoy, esa localidad aparece en todos los mapas como Peabody.

Este perfil del filántropo estadounidense George Peabody forma parte del dossier sobre iniciativas solidarias que se publica en el número 6 de la revista PORT, ya a la venta en los principales quioscos de España.