Will Self

Los partidarios del Brexit mostraron su verdadero rostro durante la campaña del referéndum apostando por el bulldog, ese viejo símbolo del más cerril y obstinado racismo británico. Basta con ver cómo es el núcleo duro de este nuevo nacionalismo: frágiles ancianos, con sus sillas de ruedas, andadores, bastones y prótesis, que se arrastran renqueando lastimosamente hacia las urnas para arruinarles el futuro a sus nietos. Por supuesto que no todo son rosas fragantes en el jardín europeo. Pero aún admitiendo que algunas de esas flores estén marchitas, vivimos en un mundo demasiado febril y convulso, y no podemos permitirnos el lujo de despreciar de manera tan frívola a una de las escasas instituciones que se han mostrado capaces de propoporcionar estabilidad y prosperidad. Y además, está la belleza de las mujeres francesas y la fabulosa exuberancia de la cultura europea. ¿Es que vamos a renunciar a todo eso para refugiarnos en el abrazo de oso de Ronald MacDonald? No seamos idiotas. Y no nos dejemos guiar por líderes aún más idiotas que nosotros.

 

Janine di Giovanni

No hay mejor garantía de seguridad internacional que formar parte de alianzas sólias. Por mucho que la OTAN nos parezca una risible reliquia de la Guerra Fría, en tiempos de urgencia militar, con Rusia expandiendo sus fronteras occidentales en Ucrania y mirando de reojo a la península de los Balcanes, necesitamos más que nunca mecanismos de cooperación multilateral que nos permitan preservar la paz. Yo tengo tres pasaportes, francés, estadounidense y británico, y cada uno de ellos es parte integral de mi identidad, así que puedo entender los argumentos identitarios de los partidarios del Brexi. Pero no puedo compartirlos. Pienso que permanecer en la Unión Europea resulta esencial para el Reino Unido por razones comerciales, diplomáticas, económicas y militares, pero sobre por una simple cuestión de responsabilidad moral. Gran Bretaña formó parte del bando aliado en la Segunda Guerra Mundial y debe seguir poniéndose firmemente del lado de la democracia, el derecho internacional y los valores del humanismo occidental en esta nueva edad oscura que nos ha tocado vivir, la del integrismo islámico y el cambio climático. Gran Bretaña no puede renuciar a seguir siendo una pieza en el puzle de la globalización. No puede desentenderse de los desafíos globales y apostar por una neutralidad y un aislamiento imposibles. Sí, el sistema burocrático de Bruselas puede resultar en ocasiones ineficiente e incluso ridículo, pero no perdamos de vista que la Unión Europea, como las Naciones Unidas o, en su día, la Liga de las Naciones, es en primer lugar un sistema de alianzas y complicidades estratégicas del que vale la pena formar parte. Pretender quedarse solo en tiempos como los actuales, en que el terror ataca en cualquier lugar del planeta y las guerra ya no respetan ninguna frontera, es de una insensatez exasperante.

 

Hanif Kureishi

Mi vecindario del Oeste de Londres, del que ya apenas salgo, es un microscosmos de la aldea global que bulle con la energía híbrida de italianos, franceses, árabes, africanos, británicos y asiáticos, por citar solo a los colectivos más visibles. Vivimos juntos en promiscuidad fértil y creativa, y muy rara vez queremos matarnos unos a otros por razones como las diferencias religiosas o raciales. Entre todos, hemos creado una de las sociedades más prósperas, tolarentes y culturalmente maduras de la historia del género humano. La grandeza y la prosperidad de Gran Bretaña se había basado siempre en la explotación del extranjero, tanto el que sufría nuestro ímpetu ‘colonizador’ como el inmigrante que acudía a nuestras tierras en busca de una vida mejor. Ahora que por fin hemos construido un modelo de sociedad más justo y generoso, cedemos de nuevo al impulso de destruirlo, convirtiendo de nuevo al inmigrante en un espectro, una amenaza y una excusa. Europa se enfrenta a una crisis que puede conducirnos no ya a una deriva neoliberal aún más codiciosa y destructiva, sino a la consolidación de una nueva extrema derecha autoritaria. La nueva hornada de oportunistas, mercachifles y encantadores de serpientes (de Le Pen a Hofer pasando por Boris Johnson), con sus recetas simplistas y cínicas a problemas complejos, es peligrosa porque está explotando de manera muy hábil la energía de muchos ciudadanos desilusionados. Hoy más que nunca, es urgente reafirmar los valores humanísticos del Proyecto Europeo, que tienen que ver, más allá de sus defectos y carencias, con el igualitarismo, el feminismo, la libertad sexual y, sobre todo, la apuesta por la tolerancia, la multiculturalidad y el rechazo al racismo.