1.
No ocurre cada día que Spike Lee se lance sobre ti y espere que lo atrapes. Pero tampoco se celebra cada día la 91a ceremonia de los Óscar. Ni cada persona que se abalanza sobre ti es un tipo entusiasmado por haber ganado su primer Oscar tras haber sido repudiado por la academia durante 30 años. Y tampoco ocurre cada día que cuando Spike Lee, risueño, se abalanza como un proyectil de 70 kilos, quien lo pesque sea Samuel L. Jackson: el tipo más duro, el predicador de las profundidades, el guardián del buen rollo.

Aquel momento se hizo viral rápidamente: Jackson, con 70 años cumplidos y pasmado en su esmoquin, ve cómo Lee, que a sus 61 años ya no es ningún chaval, se lanza sobre él embutido en un traje de color púrpura y acaba montándosele encima. Tras unos segundos colgando con los pies en el aire, Lee vuelve a tocar tierra y ambos se funden en un abrazo como si acabaran de ganar la Super Bowl. Pero esta escena va mucho más allá de un abrazo entre dos estrellas de Hollywood durante una ceremonia de entrega de premios. Fue la fusión de dos supernovas.

Entre ambos, Samuel L. Jackson y Spike Lee representan seis décadas de lucha contra ese tipo de racismo latente, miope y afable, a menudo no reconocido, que impera en el sistema de Hollywood. Una lucha que han llevado a término trabajando desde dentro del propio sistema. Viejos amigos, con algún traspié ocasional, han colaborado en seis películas, empezando por Haz lo que debas, en 1989.

Aquella noche fue como la secuela de otra entrega de los Oscar, tres décadas atrás. Momentos antes, Jackson estaba junto a la otra estrella de Capitana Marvel, Brie Larson, ambos boquiabiertos porque la controvertida Green Book acababa de ganar el premio al mejor guion original. Green Book, que cuenta la historia de un pianista negro que viaja por el Sur —todavía segregado— con un chófer blanco, parecía reproducir el guion de Paseando a Miss Daisy (1989), otra película que insinuaba que la camaradería entre chófer y cliente basta para solucionar todos los problemas de desigualdad racial. Cuando la inocua y sentimental Paseando a Miss Daisy se impuso a Haz lo que debas —una convincente llamada a la revuelta y a la resistencia en las deprimidas comunidades negras de la América de Ronald Reagan — ni Jackson ni Lee se mordieron la lengua. “Todo lo que sé”, dijo Lee antes de la ceremonia de 2019, “es que cuando alguien es el chófer de otro, yo salgo perdiendo”.

No era la primera vez que Jackson perdía debido a la predilección de la academia por películas nostálgicas. En 1992, tenía la esperanza de ganar por su papel del drogadicto Gator Purify en Fiebre salvaje (Jungle Fever), de Spike Lee. La cinta generó opiniones encontradas, pero hubo consenso en que la actuación de Jackson fue espléndida. Al Festival de Cine de Cannes le pareció tan épica que aquel año creó expresamente la categoría de mejor actor de reparto. Pero la nominación a los premios de la Academia no se materializó.

No había duda de que en 1995 todo iba a ser distinto. El icónico papel de Jackson como sicario de la mafia en Pulp Fiction levantó una gran expectación y todo el mundo esperaba que se llevara la estatuilla como mejor actor de reparto. Cuando el premio fue para Martin Landau, como Bela Lugosi en Ed Wood, Jackson no tuvo reparos en exclamar: “¡Mierda!».

Al igual que en aquella ocasión, este año no tenía ninguna intención de dibujar un mueca de falsa felicidad. Para sorpresa suya, la noche le depararía algo que le haría cambiar de ánimo completamente. Le habían pedido que presentara el premio al Mejor guion adaptado, junto a Brie Larson. Cuando ella abrió el sobre rojo ganador, Jackson leyó rápidamente el contenido y bramó “¡The H-H HOUSE!”.

Lee había ganado por Infiltrado en el KKKlan, aunque, sin duda, el guiño al alma máter compartida por Jackson y Lee también resonó en los corazones del público. The House es el apodo que recibía el Morehouse College, un histórico centro universitario para hombres afroamericanos fundado por antiguos esclavos después de la Guerra Civil. En Morehouse se formó toda una generación de líderes del movimiento por los derechos civiles, entre ellos el Dr. Martin Luther King, Jr. Cuando King fue asesinado en Memphis, se llevó su cuerpo de nuevo a Atlanta. Jackson, por aquel entonces estudiante de Morehouse, fue una de las personas que portaban el féretro.

Pero de eso hacía más de 50 años, cuando Jackson tocaba la auta, era tartamudo y llevaba un modesto peinado afro. Hoy, con la cabeza rapada y casi un metro noventa de músculo, Jackson está tan sobrenaturalmente poseído por sí mismo que es fácil imaginar que en una vida pasada debió de ser un erudito, un mago, un sumo sacerdote, un líder guerrero o una combinación de todo ello. Se conoce que, cuando ha tenido libertad para confeccionar su propia imagen para un papel, ha empleado esta cualidad magnética y chamanística con grandes méritos.

Quentin Tarantino cuenta que fue Jackson quien ideó el look de “monje del Kung-fu en la montaña” que luce en Jackie Brown. Para esta cinta de suspense de 1997, Jackson encarna a Ordell Robbie, un mortífero traficante de armas con una barba de chivo, fina y alargada a lo Confucio, y una coleta, que recuerda más a un Shih Tzu que a un gánster.

El Ordell interpretado por Jackson es listo pero no sabio, astuto pero no cauto. Aspira a una cultura de honor propia de un sabio, pero su falta de equilibrio moral le convierte en un mero maestro de la maldad. También conocemos al Jackson de Haz lo que debas, la película de Spike Lee donde interpreta a DJ Mister Señor Love Daddy, un personaje mitad rapsoda rapero, mitad oráculo griego, que advertirá de la ola de calor que se avecina y del aumento de las tensiones raciales. Como Mace Windu en las precuelas de Star Wars, el Jackson maestro Jedi es el sabio galáctico definitivo, portador del único sable de luz amatista de la galaxia.

Jackson está tan sobrenaturalmente poseído por sí mismo que es fácil imaginar que en una vida pasada debió de ser un erudito, un mago, un sumo sacerdote, un líder guerrero o una combinación de todo ello.

Aun así, fue el giro que dio en su papel del formidable Nick Fury en Capitana Marvel lo que consolidó su reputación como “el tío más guay del mundo”. El papel da pie a que Jackson combine la arrogancia sexy de un Shaft renovado — la nueva película sobre este legendario personaje, el justiciero del ghetto, se estrena en junio— provisto de gadgets y superpoderes del universo de los cómics de Marvel. Pocos personajes llegan a ser tan primordiales para el personaje fundacional de una franquicia como para que Marvel firme un contrato para nueve películas.

Pero, insisto: no todo el mundo es Samuel L. Jackson.

2.
Me reúno con Jackson en un caserón llamado Villa Carlotta el único día del año que llueve en Los Ángeles. Desde las ventanas de la suite, podemos ver un jardín mediterráneo repleto de jacarandas y baldosas de estilo español. Por fin deja de llover, pero tampoco podemos salir: el personal del hotel teme que vayamos a derretirnos de calor. Además, tras la sesión de fotos, la maquilladora está ocupada untándolo abundantemente con lo que parece la mejor crema hidratante del mundo. Empieza por la parte superior de la cabeza y le embadurna el mejunje por toda la cara, sobre los ojos, la nariz y la boca, como una ceramista en el torno, dando forma a su existencia. Cuando termina, ha quedado reluciente. Brilla. Parece profético. Como un oráculo.

Pero cuando Jackson empieza a hablar, pasa de oráculo a esfinge. Antes de que me dé cuenta, me está despellejando a preguntas. Si alguna vez han visto una película de Samuel L. Jackson, ya conocerán sus trepidantes interrogatorios, los silencios para evaluar a su interlocutor, su inteligencia incandescente como un rayo láser.

Empieza preguntando sobre mis relatos cortos. ¿Son historias de suspense? ¿Historias de amor? ¿Historias de odio? ¿Porno blando? ¿Porno duro? A continuación, prepara un sondeo sobre los medios con los que he colaboradora: ¿New York Times? ¿New Yorker? ¿La lista de libros más vendidos del New York Times? Sí. Sí. Una pena, pero no. “¿Así que no tienes un campo de especialidad?”, me espeta como colofón, resumiendo de un plumazo toda mi vida como escritora. Pienso un poco en ello y me desespero.

Jackson no se detiene y pasa a describir sus propios hábitos de lectura. Lee al menos tres periódicos al día, mantiene una agenda muy estricta de lectura de guiones, y por último se duerme leyendo —a menudo, cómics y novelas de crímenes y Kung-fu—. “Leo muchas historias convulsas”. Se ríe, contento por el hallazgo de este nuevo género que abarca suspense, novelas de espías, cómics y otros relatos literarios cargados de adrenalina y protagonizados por hombres. “El otro día estaba eufórico, porque recibí la última entrega de Huérfano X; la he estado esperando dos años”.

Siempre ha sido así. Es sabido que Jackson evitó durante casi un año, en su infancia sureña, todo contacto humano, sumido en la literatura. Lejos de ser un tipo engreído, fue un estudiante modélico, siempre el primero de su clase. “La lectura siempre me ha llevado a este sitio. Al ser hijo único y pasar mucho tiempo en casa, leer era mi forma de viajar. En mi cabeza podía viajar adonde quisiera, estaba completamente inmerso”.

Jackson traza una línea recta desde esta inmersión hasta el proceso que sigue como actor. “Cuando tengo un personaje, a menos que haya un material de referencia, un libro o lo que sea, que me diga quién es esa persona, puedo hacer lo que me dé la real gana. Puedo sentarme y decidir si será listo, si será tonto, cuántos hermanos tendrá. Puedo decidir si fue militar. Puedo decidir si habla mucho. Qué clase de gente le cae bien o mal. Todos estos detalles son determinantes”.

Jackson elabora biografías muy minuciosas para todos sus papeles, por pequeños que sean. El resultado es que, una vez entra en escena, descarga todo su poderío. En El príncipe de Zamunda, aparece ante la cámara durante un minuto y medio como un atracador drogadicto, pero resulta imposible olvidar su actuación: abre una gabardina y saca una escopeta recortada, apunta al techo y dispara un cartucho para anunciar sus intenciones, mientras un trozo de yeso se desploma en el suelo. El escenario es una especie de McDonald’s en medio de Queens, pero uno tiene la sensación de estar viendo un western de la época de John Ford. Solo que Jackson nunca relegaría a un atracador ni a un drogadicto al papel de mero villano.

“La gente siempre dice: “bueno, solo es un yonqui”. (Jackson imita de forma superficial a un tipo pedante y moralista). “Bueno, ¡pues no! La gente hace las cosas por montones de razones. No estaba interpretando a un drogadicto. Interpretaba a un tipo desesperado que entraba ahí con un propósito. Tenía un niño en casa que tenía que alimentar y una mujer que le presionaba”, Jackson cuenta la historia de fondo que inventó. “Podría haber entrado en el restaurante, sacado el arma y haber hecho cualquier chorrada. Pero, para mí, este tipo desprendía una sensación de urgencia”.

Las interpretaciones de Jackson pueden ser tan realistas que parecen hasta demasiado fáciles. Los comentarios en Internet abundan: “No creo que Samuel L. Jackson estuviera actuando aquí” o “Jackson nació para este papel”. El actor se los toma como un cumplido. “Quieres que el público se fije en ti cuando apareces en pantalla, y aportar un dinamismo que haga que te recuerden. Hasta el punto que, aunque se aburran durante el resto de la película, se pregun-ten dónde estarás tú”.

Jackson muestra menos clemencia con los críticos profesionales que le infravaloran. “Habla en voz alta y suelta palabrotas”, describe así una crítica habitual.“Siempre interpreta al mismo personaje”. Y añade: “Pero si prestas verdadera atención, cada persona tiene su propia cadencia al hablar. Todos caminan de forma distinta, se posan de forma distinta. Su tono de voz difiere, los niveles de ira difieren, la forma con que se enfadan difiere”.

La intensidad sin remordimientos que emplea Samuel L. Jackson al hacer referencia a la negritud es afilada como un puñal para las sensibilidades blancas. No sin razón sus detractores le asocian con una única emoción: la ira virtuosa. No han entendido nada. Su filmografía muestra una capacidad casi camaleónica para interpretar cualquier papel imaginable: desde el brutal Nick Fury en Capitana Marvel al padre empalagoso y mujeriego de Eve’s Bayou, pasando por el atracador fracasado de Uno de los nuestros. O como agente del FBI en el irresistible clá- sico de culto Serpientes en el avión (“¡Estoy hasta los cojones de esas putas serpientes y hasta los cojones del puto avión!”).

O como mayor Warren, en Los odiosos ocho, un antiguo oficial del ejército capaz de hacer que un confederado blanco se quede pálido con una historia sobre una felación. También interpretó a un experto en rehenes en Negociador, a un informático en Parque jurásico y a un padre que busca venganza en Tiempo de matar. Como Elijah Price —también conocido como Mr. Glass, en la película El protegido de M Night Shyamalan y su secuela, Glass—, encarna al genio por excelencia, el papel que tal vez más se acerca a la esen-cia de Samuel L. Jackson. Como Tarantino dijo una vez de la interpretación de Jackson en la escena final de Pulp Fiction: “¿Quién más puede estar sentado y mover a la gente como si fueran piezas de ajedrez?”.

Eso es básicamente lo que hace Jackson con un guion. “Lo analizo y veo toda la película en mi cabeza”, explica el actor. “Estudio cada detalle: esta [acción] sirve para mover el guion de este punto a este punto, para informar a la audiencia de esto”.

Mientras que la actuación de método valora el desprenderse de la propia consciencia para habitar otra, Jackson ‘da cuerpo’ a los personajes. Estudió teatro durante años en la Black Ensemble Company, en Nueva York, y más tarde trabajó como actor de teatro, antes de aterrizar en Hollywood. En términos de interpretación, Jackson es menos de Strasberg —que se concentraba en técnicas puramente psicológicas para crear verosimilitud— y más de Stanislavski, que creía en un planteamiento más integral, donde se une lo físico y lo psíquico. “No soy un actor de método”, con esa Jackson, encantando por esta perspectiva. “Cuando gritan “Corten”, he terminado. Porque necesito hablar por teléfono con gente o tengo cosas que hacer. Pero por esa razón vengo con los deberes hechos, para entrar a trabajar y no tener que encerrarme con esa mierda”.

El sabio autista que interpreta Dustin Hoffman en Rain Man y el tetrapléjico Christy Brown que interpreta Daniel Day-Lewis en Mi pie izquierdo son el tipo de papeles que están confeccionados para actuaciones virtuosas que rozan el exhibicionismo. Jackson busca otra suerte de virtuosismo en la actuación: uno que tenga repercusiones. El resultado es una cierta inmortalidad de sus personajes. Cuando hace de villano, nadie quiere ver cómo le dan su merecido. Cuando hace de bufón, nadie quiere que se burlen de él. Y cuando Mace Windu, en Star Wars, parte a una galaxia lejana, muy lejana, cuesta aceptar que su muerte es definitiva.

Para que Pulp Fiction funcione, hace falta creer que Jules Winnfield abandonará su vida de gángster; no porque le hayan pillado o se arrepienta de ser un asesino, sino porque sale vivo de una lluvia de balas y siente que le han perdonado la vida para que él pueda perdonársela a otros. Pulp Fiction presenta a Winnfield y a su compinche Vincent Vega (John Travolta) como una suerte de desventurados Rosencrantz y Guildenstern. El personaje de Jackson, en particular, produce soliloquios propios de Hamlet que exigen una coherencia interna descomunal. Si Tarantino es nuestro Shakespeare hípster, Jackson es su Laurence Olivier.

“Los diálogos de Quentin no son fáciles”, escribe el coproductor de Pulp Fiction Richard Gladstein, “y he visto a actores de mucho talento hundirse en los castings. No es por la cantidad de palabras o la longitud de la escena; es una cadencia específica que Quentin crea y después exige que los actores descubran. Y cuando eso pasa, parece que vuelen. Y nadie vuela más alto que Sam”. Pero para tener un diálogo, hace falta un interlocutor. A menudo, uno de los mayores desafíos de Jackson estriba en los otros actores.

“A veces conoces a la otra persona el mismo día que te preparas para el rodaje. Es la primera vez que la ves. Si no son actores de primera la, no en el sentido de que sean buenos sino de que estén cómodos en el escenario, te dicen cosas como “¡Dios, eres tú!” y tienes que responderles: Venga, hombre, que hemos venido a trabajar”.

Para Jackson, el trabajo siempre está por encima del estrellato. “Recuerdo cuando hice Esfera con Dustin Hoffman. Por fin íbamos a rodar la gran escena en que nos encontrábamos cara a cara. “Para, para”, dijo, “lo veo en tu cara”. Y yo le digo: “¿pero qué dices?” Y me dice: “Tienes la mirada de ¡Es Dustin Hoffman!”. Y le respondo: “Anda, vete a la mierda”. Suelta una carcajada. «Y a esas alturas llevábamos meses trabajando juntos y yo pensaba: “Tío, no me impresionas”. Jackson ha participado en más de 120 películas, por lo que conoce bastante bien a los directores. Sus favoritos son aquellos que más se acercan a las condiciones exactas del escena- rio que conocía como actor de teatro. “Quentin ensaya”, explica, “y cuando hicimos Pulp Fiction, por ejemplo, ensayamos hasta tal punto que cuando empezamos a rodar, sabíamos cuántos pasos había desde el coche hasta la entrada del apartamento, la puerta del ascensor, y volver. Ensayamos la escena alrededor de la mesa. Eso es un lujo, una rareza”.

3.
La esclavitud y Jim Crow, dos de los horrores de la historia estadounidense, han dejado un legado de la comunidad negra sesgado por el panóptico de la blanquitud. En Estados Unidos, el entretenimiento ha reducido a las personas negras al baile, al canto, a los pelados y a los black face del siglo XIX: por ejemplo, el retrato que hizo D. W. Grif th de la comunidad negra como demonios rapaces en El nacimiento de una nación; o el programa de radio Amos ‘n’ Andy, sobre dos negros estereotipados cuya voz ponían dos hombres blancos. El objetivo de todo ello —como cuenta Ralph Ellison, autor de la novela El hombre invisible— “era velar la humanidad de los negros... e impedir que la audiencia blanca tomara conciencia y se identificara moralmente con sus propios actos”».

Muchos actores negros, como Sidney Poitier, Harry Belafonte, Ossie Davis o Denzel Washington han hecho muchos esfuerzos por deshacer estereotipos. Otros, como Will Smith, Danny Glover y Morgan Freeman, han intentado añadir profundidad y complejidad a la imagen de las personas negras. Aunque Jackson parece entrar en la segunda categoría, la vasta extensión de su carrera también comprende la primera categoría. “He trabajado con Morgan”, explica. “Yo era el suplente de Morgan. Denzel estaba con nosotros. Siempre andábamos juntos y todo el mundo desarrolla lo que necesita para ser único, para ser diferente, para presentarse de una forma distinta. Y es lo que hicimos”.

Entrevista completa en el número de Port Magazine, ya a la venta en quioscos de toda España.