Ikea por aquí, Ikea por allá, y, como en un truco de magia, Ikea aparece y desaparece.

En el madrileño Hotel Intercontinental del Paseo de la Castellana, Romain Puértolas (Montpellier, 21 de diciembre de 1975) habla sonriente y relajado en un perfecto español con un leve acento francés. Es locuaz, culto, con mucha riqueza de vocabulario, y llama la atención su vida, tan cambiante en domicilios como en profesiones. “Mi abuelo materno era de Huesca, por eso lo de Puértolas- explica-, pero ese es mi verdadero apellido porque mi padre, un hombre casado cuya amante era mi madre, nunca me reconoció oficialmente”. Sin embargo, sí tuvo una buena relación con su progenitor, un militar ya fallecido, con quien pasaba fines de semana. 

Puértolas, licenciado en Filología Hispánica, vivió en Montpellier hasta los diez años. Después, en distintos sitios de Francia, en Brighton (Inglaterra), en Barcelona y Madrid, en París. 

En sus 43 años de vida ha sido coordinador aéreo, traductor,  inspector de policía… y siempre, escritor. “Lo que pasa es que no me publicaban. Antes de El increíble viaje del faquir que se quedó atrapado en un armario de Ikea escribí siete novelas, pero no me las publicaron y llegué a recibir hasta 22 cartas de rechazo. Pero perseveré”- afirma orgulloso.

Perseveró, sí, y hoy la primera parte de su faquir en el armario de IKea se ha publicado en 50 países (En España, Grijalbo en español, y Rosa dels Vents en catalán), ha vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo y ya es película, presentada en abril en el Bcn Film Fest, y hoy, en toda España. Además, el libro tiene una segunda parte publicada también en  abril: Las aventuras de un faquir en el país de Ikea (Grijalbo, 288 pág, 17.90 euros).

Éric Clement

 

Felicidades. Tiene usted una vida muy interesante. 

Muchas gracias. 

 

Tengo entendido que está casado con una granadina, tiene dos hijos y ahora vive en Málaga. Una curiosidad: ¿Cómo aprendió el español? ¿En el colegio?

¡No! (Sonríe). Ya lo hablaba a los 14 años. En el colegio no se aprende nada. Lo aprendí por mi cuenta. Y con Karlos Arguiñano en TVE internacional. 

 

¿Se esperaba el éxito de la novela? Una novela escrita en el móvil en el metro y en el tren de cercanías de París…

Sí. Tenía un Samsung Galaxy Max, muy grande. Y la escribí con los pulgares de ambas manos. Pero, no. ¡Qué va! No pensaba publicar. Antes había escrito siete novelas que fueron rechazadas. Tengo 22 cartas de rechazo. Y funcionó con la octava. Con el faquir. 

 

¿Esta se la aceptaron desde el principio?

Sí La envié a dos editoriales. Una me la rechazó, y  la otra la cogió. Le Dillepance, una editorial pequeñita.

 

¿Por qué cree que ha tenido tanto éxito?

No lo sé. Por el título. Este título ha gustado. Lo he visto. Y, de hecho, cuando hago encuentros y firmo libros, hay personas que no me conocen, y cuando ven el libro, se ríen enseguida.  Este título tiene algo. 

 

Estará bien escrita…

Lo primero, el título. Pero no es lo único, claro. 

 

¿Venden los títulos largos? También publicó La niña que se tragó una nube tan grande como la torre Eiffel.  

No es que vendan o no vendan, sino que me gustan a mí. No tenía ni idea de si era comercial, o no comercial, o si yo iba a publicar. Lo normal era que no publicara, ¿no? Cuando tienes 22 cartas de rechazo, ¿tú crees que todavía piensas que puedes interesar a alguien? 

 

Sí, pero usted seguía. 

Sí, porque es mi vida. Leer y escribir. Desde que tengo siete años.

 

Su vida entre comillas. Ha hecho muchas otras cosas. 

Sí. Lo que me acompaña. Mi pasión. No tenía en la mente publicar y me daba igual. Yo no quería ser escritor; no me cabía en la cabeza. Y de pronto, pasó. Y fue un shock brutal. 

 

Dice que la literatura se enseña mal en los colegios, de forma aburrida. Y que hay que leer por placer. Ya sea una novela de Harry Potter o lo que sea. 

Sí. Los programas están hechos de hace tiempo. Y no con cosas más modernas. Es difícil forzar a un niño para que lea, y es complicado. Porque no sabes si lo vas a asquear o darle el placer de la lectura. También hay que darle algo para que sepa que existe. Pero se estudian cosas complicadas. 

 

Quizá no habría que empezar por ahí. Por Honoré de Balzac. 

Exacto. Si empiezas por Victor Hugo, le matas. Y ahora, yo leo millones de libros, pero Victor Hugo, no puedo. Un niño, aún menos. Creo que no está bien hecho. Yo hago muchos encuentros en los colegios, y está bien para que vean que los escritores, primero,  están vivos, que hay escritores vivos, que llevan zapatillas de deporte, que escriben en su teléfono móvil…  Yo escribo novelas en el teléfono móvil. Hay que tener un acercamiento, porque para los niños un escritor es un señor con pelo blanco, un muerto, que escribe en una habitación cerrada, en la oscuridad, con una pluma de oca, o no sé qué…

 

¡Y a punto de suicidarse! ¿Qué escritores le gustan? 

Muchos. Eduardo Mendoza, Pérez Reverte, Julio Verne, Boris Vian…

 

¿Por qué se hizo inspector de policía? 

De niño quería ser policía. Por la tele. Por Colombo y por Starsky y Hutch. Quería acción y quería investigación, Agatha Christie. Al final, no tiene nada que ver. Yo saqué las oposiciones a inspector de policía y fui inspector durante cuatro años en París. 

 

¿De inmigrantes? En su novela trata la inmigración.

Sí, en el servicio que desmantela las redes de inmigración ilegal. Es como la policía judicial de la inmigración. Y escribí el libro del faquir. Y ya me cambió la vida al día siguiente. Mi mujer era letrada, dijo: “Vámonos a Andalucía”, y yo dije: “Vale, yo puedo escribir donde sea”.  

 

El protagonista, más que un faquir es un mago. No se tumba en la cama de clavos. 

Un faquir es un mago oriental. Y es más bonito el nombre oriental. 

 

¿Había estado en la India?

No, nunca. Solo fui para el rodaje de la película. 

 

¿Y  por qué la sitúa en la India?

Por el faquir. Voy ahí, cojo al faquir y lo meto en Europa. 

 

¿Por qué un faquir?

Porque yo hacía un programa donde explicaba todos los trucos de magia en Youtube. De David Copperfield y de muchos magos, y también de los faquires. Entonces, me vino el faquir. 

 

¿Usted es el que reventaba todos los trucos? Había un programa de televisión... 

No. Había uno que era muy famoso, un mago americano, pero yo lo hacía antes que él. 

 

Y los magos le odiarán. 

Sí. Recibía insultos. Lo hacía en Madrid, cuando vivía ahí, en el barrio de Salamanca. Y con un amigo desvelábamos los trucos, hacíamos maquetas. David Copperfield me cerró 11 veces la cuenta, y yo la volvía a abrir. 

 

¿Cómo se hace el truco de estar suspendido en el aire?

Con cables aeronáuticos, que son muy finos, no se ven, son un arnés. Coges por aquí y por allí. David Copperfield se apoya en grúas, arriba. Y cuando desaparece de Los Ángeles y aparece en Hawái, en la playa, la escena de Hawái está grabada. Las personas con las que viaja son cómplices. Se usan muchos cómplices en la magia. La gente no se lo cree porque dice: “No puede hacer esta bajeza”. Pero sí que se hace esta bajeza.  Se hace mucho (ríe). 

 

¡A Tamariz no me lo toque!

No. Lo de Tamariz es otra cosa. Es pura habilidad con las manos. 

 

El faquir, el de la película, aparece suspendido en el aire. 

Sí. Todo el truco está en el palo. Es un palo y tiene una estructura que lo sujeta. 

 

¿Ikea ha hecho con usted product placement? 

Qué va. Ikea nos ha dado problemas en la novela, y después, en la película

 

¿Les ha dado problemas?

Sí, sí. Y para la película no quisieron…. Tuvimos que rehacer un Ikea. No quisieron que rodásemos en ninguna tienda. 

 

¿Y por qué? Si es publicidad. Y ellos no salen mal parados en la historia.

Pero ellos quieren controlar su producto y que nadie altere nada que tenga que ver con él. 

 

¿Pero hizo el intento? Cuando escribió la novela, ¿se puso en contacto con los de Ikea? 

No. 

 

Y al publicarla, ¿le llamaron desde un departamento?

Lo hicieron mucho después. Tras 20 ediciones, recibimos las cartas diciendo que teníamos que quitar los nombres de Ikea. Retirarlos del título, de todas las comunicaciones editoriales...

 

Y dijo que no. 

Bueno, solamente quitamos los logos. Cambiamos los logotipos. Eso, legalmente, era un fallo, porque era un copyright. 

 

¿Y el nombre no es copyright?

No. No tienen derecho a hacértelo quitar. Los muebles no son de Ikea. El catálogo no es de Ikea. Ni la tienda, aunque todo se parezca muchísimo…

 

Antes de escribir la novela, ¿se compraba cosas de Ikea?

Sí. 

 

¿Y ahora?

No. Vasos… Pero no tengo una silla o cama de Ikea. Es lo que digo en la película. Cuando el niño es pobre, dice: “Cuando sea rico, me compraré cosas en Ikea”. Pero yo, cuando me hice rico, hice todo lo contrario, dejé de comprar en Ikea (ríe). 

 

Pero no es por rencor. 

No, en absoluto. Es que cuando tienes dinero empiezas a apostar más por la calidad, te preocupa menos el precio. 

 

Ahora les vuelve a dar, porque acaba de publicar Las aventuras de un faquir en el país de Ikea

Sí. En Suecia. Y en el libro sale el Sr. Ikea, por cierto.

 

Los de Ikea deben estar fritos con usted.

Esta vez lo he hecho adrede. Me he propuesto que, a partir de ahora, en todas mis novelas esté presente Ikea. Para jugar con ellos. 

 

No querías sopa…. Pues toma dos tazas. 

Sí, Pero si tengo que comprar una vajilla o algo parecido, alguna cosa sencilla, se lo compro a ellos. Tampoco soy renocoroso.  

 

Supongo que la película se estrenará en Suecia. ¿Va a invitar al presidente o al dueño de Ikea a la premiere?

Ha muerto. Hace unos meses. Cuando salió en Francia mi nueva novela, él murió. 

 

¡Del disgusto!

¡No! Era un hombre ya mayor.

 

¿Por qué en la película el policía inglés manda a los inmigrantes a una guardia civil de Barcelona?

Porque eso está en la novela. Inglaterra hace una catapulta de inmigrantes para que no vuelvan al día siguiente, y los envían lejos. Lo más lejos para ellos al sur de Europa es España. 

 

¿Qué hay que hacer con la inmigración, aparte de una película y tomarlo con humor?

Hombre, yo no soy político, pero… 

 

Pero ha sido policía experto en asuntos de inmigración. ¿Qué opina?

Pienso que mientras haya fronteras, habrá inmigración ilegal. Es normal. Si prohibes algo, siempre habrá quien intente saltarse tu prohibición. Y siempre habrá fronteras, mientras haya países ricos y países pobres. Porque los países ricos no quieren que vengan todos a comer del pastel. La única solución que hay es que el mundo se equilibre. Que no haya diferencias económicas tan brutales entre unos países y otros. 

 

Eso es una utopía. 

¡Claro! 

 

¿Y qué solución hay? Entre blanco y negro, habrá grises…

No lo sé, pero yo creo que no hay ninguna. 

 

Si fuera político, ¿qué haría?

No quiero ser político (carcajada). A mí el marrón, no. Ninguno. 

 

Por último, ¿usted lee en Kindle o en libro de papel?

Yo estoy favor de todo, pero personalmente me gusta más el papel. Como decía Umberto Eco, hay inventos que no se mejoran, como la cuchara. Una vez que has encontrado el formato perfecto, se queda. El libro es un formato perfecto. Mira el CD, el disco… No son inventos perfectos, porque los vamos cambiando. El papel está siempre aquí. Yo lo tengo todo en papel, no en digital. Si quiero que mis niños lo lean, dentro de 40 años lo que hay en el ordenador ahora, ese formato habrá desaparecido. Sin embargo, lo que yo deje en los libros, lo podrán leer inmediatamente. 

 

Y siempre puede decorar una estantería de Ikea. 

(Ríe) Ikea siempre se quedará.