Brian Wilson no tiene ningún problema en dinamitar el mito que se ha construido en torno a él y la música que creó con uno de los grupos de pop más influyentes y queridos de la historia, The Beach Boys. En sus memorias, Yo soy Brian Wilson y tú no, escritas con la colaboración del novelista y periodista Ben Greenman, huye de esa imagen artificial de chicos tímidos rodeados de bellezas blondas, rayos de sol, buenas vibraciones y playas cristalinas, para abrir la puerta a su cabeza. Lo que sigue es un descenso por una madriguera de recuerdos turbios, protagonizados por los continuados episodios de abuso que sufrió por parte de su tutor, Eugene Landy, y de su padre, que desencadenaron en continuas crisis nerviosas que le persiguieron durante toda la edad adulta.

Este próximo lunes 13 de mayo, la editorial Malpaso, una de las que mejor cuida el subgénero musical, traduce al castellano esta esperada autobiografía, publicada originalmente en 2016, un libro a la vez terrible y esperanzador sobre lo que significa ser el alma de los Beach Boys. Wilson, con una franqueza y candidez sobrenatural, escribe unas memorias duras, auténticas y demoledoras que no dejarán indiferente a nadie y que no rehúyen ningún episodio de su turbulenta vida.

 

Una leyenda

Durante la década de los 60, Brian Wilson lideró The Beach Boys, una de las bandas más emblemáticas de la época, siendo su compositor principal y cofundador. Su obra cumbre, Pet Sounds, llegaría pronto, convirtiéndose en uno de los mejores álbumes de todos los tiempos. Sin embargo, el que iba a ser su sucesor, Smile, fue cancelado por varios motivos, entre ellos el deterioro de la salud mental del músico. Tras años de tratamiento recondujo su carrera musical empezando a trabajar en solitario en 1988, el mismo año en que el grupo fue introducido en el Salón de la Fama del Rock and Roll.

Antes de que las memorias lleguen a las librerías el próximo lunes, y por cortesía de Malpaso, tenemos el privilegio de estrenar su prólogo, ambientado en las horarias previas a un concierto de 2004 en el Royal Festival Hall de Londres que supuso la primera vez que interpretaron, de principio a fin, aquel Smile.

 

 

OBERTURA
ROYAL FESTIVAL HALL, LONDRES, 2004

Por Brian Wilson

Ha sido difícil y fácil. Sobre todo ha sido ambas cosas. Mi amigo Danny Hutton, de Three Dog Night, grabó una canción, Easy to Be Hard, que a veces me canto en la cabeza: es fácil ser difícil, es fácil ser frío. Hace frío ahora. Es el invierno de 2004 en Londres y me estoy preparando para salir al escenario en el Royal Festival Hall. Algunas de las canciones que cantaré hablan del sol y de la playa. Ni uno ni otra han estado presentes en Londres en estos días. Pero hay agua —el Royal Festival Hall se encuentra justo a la orilla del río— y algunas canciones hablan de ello.

Llegué aquí caminando y oí a alguien decir que esta sala fue construida en 1949 y reconstruida en el otoño de 1964. Fue un gran año. El año de todo. Los Beach Boys hicieron una gira por todo el mundo. En enero estábamos en Australia con Roy Orbi-son y en julio recorrimos todo Estados Unidos. La gira se llamó Summer Safari y tocamos junto a gente como Freddy Can-non y los Kingsmen. Cuando no estábamos de gira, estábamos grabando: Fun, Fun, Fun y The Warmth of the Sun a principios de año; Kiss Me, Baby a finales, y más canciones en el ínter. Lanzamos cuatro discos: tres álbumes de estudio (entre ellos uno navideño) y uno en vivo. Y eso fue justo después de 1963, un año igualmente ajetreado: tres álbumes y también una gira constante.

No suelo regresar al pasado ni escuchar tanto esa música, pero sí pienso en ella y trato de imaginar qué ocurría en mi cabeza en aquellos tiempos. No siempre lo consigo. A veces sólo son fragmentos de imágenes. Es difícil regresar a otras épocas, ¿no? A lo largo de los años he tocado música nueva y vieja, también en el Royal Festival Hall: mi grupo y yo vinimos a tocar completo el álbum Pet Sounds en 2002 y a la gente le encantó. Eso fue en verano. Esta noche es diferente. Esta noche es el momento que he estado temiendo durante meses e imaginando durante años. Esta noche, en la segunda parte del concierto, tocaremos por primera vez SMiLE, el álbum de los Beach Boys que nunca salió a la luz. ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Cómo pudo parecerme una buena idea? Se suponía que SMiLE sería la continuación de Pet Sounds allá a mediados de los años sesenta. El proyecto se vino abajo por muchas razones, por todas las razones. Algunas de las canciones aparecerían en otros discos, pero el álbum original quedó enterrado y no salió sino hasta décadas después. Finalmente lo retomé y lo terminé. El sesentón ha logrado hacer lo que no pudo el veinteañero. Eso es lo que me ha traído a Londres.

Estoy sentado en el teatro. Todo el mundo se está preparan- do para salir. ¿Qué me ha traído a Londres? Es difícil seguir mi propio hilo de pensamiento. Hay tantas personas yendo y viniendo, tantos músicos... Los oigo afinar o intercambiar acordes pero también los oigo conversar, tanto a los músicos de aquí como a otros del pasado. Oigo a Chuck Berry, que fue uno de los primeros artistas en convertir el boogie-woogie en rock and roll. ¿Qué hubiera pensado Chuck de todos los instrumentos de cuerda y de viento? Probablemente se hubiera desentendido y se hubiera subido al escenario con un grupo contratado al pasar por el pueblo. Oigo a Phil Spector, que compuso grandes álbumes en la década de los cincuenta y principios de los sesenta. La voz de Phil es temible, siempre me desafía, siempre me recuerda que él llegó antes que nadie. Wilson —lo oigo decir en mi cabeza—, nunca conseguirás igualar You’ve Lost That Lovin’ Feeling o Be My Baby, así que ni siquiera lo intentes. Pero quizás quiere que lo intente. Nunca nada es simple con él, no cuando está en mi cabeza. La simplicidad no lo distingue. La gente ha dicho que titulamos el álbum Pet Sounds como un tributo a él: observen las iniciales. También oigo a mi papá. ¿Qué pasa, amigo? ¿Acaso no tienes agallas? ¿Tú has montado todo esto? ¿Por qué tantos músicos? El rock and roll es dos guitarras, un bajo y una batería. Todo lo demás es ego.

Cuando oigo estas voces trato de silenciarlas. Sólo quiero hacerme una idea de la sala y de cómo las canciones cobrarán vida dentro de ella. También intento entender de qué manera encajo en todo esto. En los viejos tiempos de los Beach Boys nunca me gustó salir al escenario. Los críticos escribían sobre mi rigidez. Después comenzaron a escribir sobre mi pánico escénico. No estaba asustado del escenario en sí, sino de todos los ojos que me contemplaban y de las luces y de la posibilidad de decepcionar a todo el mundo. Había muchas expectativas con las que podía lidiar en el estudio, pero no en el escenario. Un buen público es como una ola que montas. Pero una multitud puede también percibirse de manera inversa, como una ola que te pasa por encima.

Hay otras voces junto a las de Chuck Berry, Phil Spector y mi padre. Las otras voces son peores. Dicen cosas horribles acerca de mi música. Tu música no vale nada, Brian. Ponte a trabajar, Brian. Te estás quedando atrás, Brian. A veces, incluso, se saltan mi música y van directo por mí. Venimos a buscarte, Brian. Esto es el fin, Brian. Te vamos a matar, Brian. Son fragmentos de otras personas en las que pienso, otras personas a las que oigo. No suenan como nadie que conozca, o no exactamente, pero las conozco demasiado bien. Las he oído desde que tenía veinte años. Las he oído muchos días y, cuando no las he oído, me he preocupado por ello.

He intentado lidiar con ellas durante mi vida entera. He intentado ignorarlas, sin éxito. He intentado ahuyentarlas con alcohol y drogas, sin éxito. Me han dado todo tipo de medicinas y, cuando no han sido las adecuadas —lo cual ha ocurrido a menudo—, tampoco ha habido éxito. He tomado todo tipo de terapias. Algunas han sido horribles y casi han acabado conmigo. Otras han resultado maravillosas y me han fortalecido. Al final, he tenido que aprender a vivir con las voces. ¿Sabes lo que es eso, luchar contra ellas cada día de tu vida? Espero que no. Pero mucha gente sí lo sabe o conoce a alguien que lo sabe. Todos los que me conocen, a su vez, conocen a alguien que sabe lo que eso significa. Muchas personas en el planeta lidian con algún tipo de enfermedad mental... Lo he aprendido a lo largo de los años y hace que me sienta menos solo. Es parte de mi vida. No hay forma de evitarlo. Mi historia es una historia musical y una historia familiar y una historia amorosa, pero es también una historia de enfermedad mental.

Londres forma parte de esa historia. Con frecuencia he dicho que esta ciudad es mi hogar espiritual. El público de Londres realmente valora mi música. El concierto de SMiLE forma parte de esa historia. Es una forma de revivir algo que parecía retenido en el pasado. Para calmarme, trato de encontrar mi camino en la música. La música es la solución. La música toma lo que está dentro de mí y lo coloca en el mundo a mi alrededor. Es mi manera de mostrarle a la gente cosas que no puedo mostrar de ninguna otra. La música vive en mi alma: escribí eso una vez y es una de las mejores letras que he escrito jamás.

Recuerdo lo que estaba pensando al escribirla: el pasado. La resurrección de SMiLE es tanto pasado como presente. Cuando no terminamos el álbum, una parte de mí también quedó inconclusa, ¿sabes? ¿Te imaginas lo que significa dejar tu obra maestra guardada en un cajón cerca de cuarenta años? Ese cajón se abrió despacio, un poco durante una fiesta navideña en la casa de Scott Bennett donde interpreté Heroes and Villains en el piano, y otro poco cuando David Leaf me pidió que tocara durante un homenaje en el Radio City Music Hall. Y luego fue abierto casi por completo por Darian Sahanaja.

Darian es cantante y compositor al igual que yo, salvo que él es mucho más joven, lo cual suponía que le encantaba la música que hacíamos pero además la veía desde una perspectiva nueva. En mi grupo toca los teclados y actúa como una especie de secretario musical. En el concierto del Radio City Music Hall, que tuvo lugar después de aquella fiesta navideña, mis canciones fueron interpretadas por gente como Paul Simon, Billy Joel, Vince Gill y Elton John. Algunas eran grandes éxitos, pero dos de ellas las habíamos grabado para SMiLE, interpretadas tal y como las habíamos imaginado originalmente. Vince Gill, Jimmy Webb y David Crosby tocaron Surf’s Up y tanto ellos como la canción fueron recibidos con una larga ovación. No lo podía creer. Me quedé atónito. Estaba sentado en un banco a un lado del escenario y David Crosby se acercó y me dijo: «Brian, ¿cómo diablos se te ocurrieron esos acordes? Son increíbles». Me encogí de hombros y respondí: «Qué sé yo... hace mucho tiempo que dejé atrás esa canción». A continuación salí al escenario y toqué Heroes and Villains por primera vez en más de cuarenta años. Lo había prometido durante la fiesta. La ovación fue enorme. El gran George Martin presentó a Heart, que tocó Good Vibrations. No pude creer lo que dijo de mí en ese momento y que repitió más tarde: «Si tuviera que elegir a alguien como genio viviente de la música pop, elegiría a Brian Wilson... Sin Pet SoundsSgt. Pepper no existiría. Pepper fue un intento por igualar Pet Sounds». El productor de los Beatles diciendo eso sobre mí... nunca hubiera podido imaginarlo siquiera. Fue un verdadero honor.

Después de eso, la gente empezó a preguntar si alguna vez consideraría la posibilidad de tocar el álbum entero. Dije que sí. Y lo dije feliz, pero hay veces en que, como ahora, no estoy seguro de que esa felicidad esté justificada.

Estoy sentado en el teatro, meditando aunque no exactamente. Veo a todos los que van y vienen. Algunos se detienen para recordarme cómo va a ser el concierto de esta noche. Siento que lo he repasado cientos de veces. Me lo sé de memoria. Empezaremos con un set acústico, luego tocaremos material de mis álbumes como solista, después algunos de los primeros éxitos de los Beach Boys y varias canciones de Pet Sounds. Luego habrá un intermedio y por fin el momento que todo el mundo espera: SMiLE.

Un tipo se detiene cerca de mí y se aclara la garganta. Lo miro. Es Jerry Weiss, mi asistente de gira por muchos años. «Ey, Brian», me dice, «están abriendo las puertas. Vayamos detrás del escenario».

—Gracias —le respondo—. ¿Dónde está Melinda? —Melinda es mi mujer.

—Está en tu camerino. Vamos. —Pero lo cierto es que quiero ir al camerino del grupo. Eso es lo que debes hacer antes de un concierto, al menos después de intentar percibir la vibra del lugar. Debes pasar tiempo con los músicos y hablar sobre lo que están a punto de hacer. Le pregunto a Jerry dónde está el camerino del grupo y durante un segundo parece decepcionado, pero me lleva de todos modos.

Darian es el primero al que veo.

—Hola —le digo—, ¿te molesta si me siento con ustedes por unos minutos?

—Claro que no —me contesta.— ¿Cómo te sientes? ¿Estás listo?

—Sí, lo estoy —respondo. Pero ya que me lo ha preguntado le digo la verdad—: Estoy un poco asustado y nervioso. ¿Crees que a la gente le gustará?

—Más que eso. Le encantará, no sabes cuánto. Y además...

Darian ha cruzado el cuarto y no puedo oírlo del todo. Estoy casi completamente sordo del oído derecho. Así ha sido desde que era niño. ¿Un músico profesional que no puede oír de un lado? Es gracioso y a la vez no. Con los años he aprendido a arreglármelas en el estudio, pero es más difícil en el escenario, donde tienes que saber lo que está pasando a tu alrededor. Es fácil desentonar cuando no puedes oír el resto de los instrumentos. El sonido puede ser abrumador y sólo tengo un monitor a mi izquierda. Tiene que estar colocado perfectamente, en el lugar preciso, o de lo contrario todo lo que oigo es ruido. Y, por supuesto, están las voces en mi cabeza. A veces me acompañan al escenario. A veces me desconcentro a la mitad de una canción porque se vuelven más fuertes. Siempre logro superarlas, pero luego dudo de poder hacerlo de nuevo.

Faltan diez minutos para que empiece el concierto. Jerry me dice que esta noche entre el público hay mucha gente a la que conozco. Pregunto dónde están sentados todos. Quiero poder verlos desde el escenario. Eso me ayuda con mi nerviosismo, saber que el público no es una gran ola sino muchos rostros conocidos. Melinda está sentada al centro, justo frente a mí. Podré mirar recto, verla y sentir su apoyo. Jean Sievers, mi agente, está a su lado; ella también me ha ayudado a llegar hasta aquí. Van Dyke Parks, que trabajó conmigo en SMiLE escribiendo letras, también está sentado al centro con su esposa Sally. Roger Daltrey llegó temprano y pasó tras bastidores para saludarme. Wix y Abe, del grupo de Paul McCartney, están allí abajo. También George Martin. Me concentro en sus rostros e intento controlar el pánico escénico. Va y viene. Si me acostumbro al ritmo, me las puedo arreglar. Una persona a mi lado derecho dice algo que no puedo entender del todo, y volteo para que mi oído bueno alcance a oírlo. «Hora de salir», dice la voz. Hora de salir. Las luces se apagan y oigo el clamor ascendente del público.