Cuando éramos adolescentes, a finales de los 60, las drogas eran algo nuevo. Lo eran no solo para mi generación, sino también para nuestros padres y para el mundo de la cultura.

Los chavales de los barrios periféricos nos dábamos cuenta de que algo insólito estaba ocurriendo en Londres, porque incluso la banda de rock más popular del planeta, los Beatles (que al principo había cultivado una imagen respetable y decente, pero en los últimos años parecía estar rompiendo el molde con su indumentaria colorista y sus extravagantes cortes de pelo) empezaba a hablar de ellas en sus canciones. La música que hicieron en su maravilloso periodo de transición a la madurez estaba llena de referencias a viajes ácidos, a fumar o ingerir sustancias que te llevaban a un estado de libertad mental y pérdida de inhibiciones en el que las reglas convencionales dejaban de tener senido, en las que se hacía visible lo que en condiciones normales hubiese permanecido oculto.

Sus canciones hablaban de abrazar esa nueva forma de libertad, de irse de casa, y esa promesa de independencia personal y plenitud lo significaba todo para nosotros. El tedio y la violencia de nuestras escuelas parecía conducirnos sin remedio a un futuro de trabajos ingratos, hipotecas, paternidad y deudas que nos resultaba abrumador en su falta de horizontes. Aquel destino se nos antojaba una especie de muerte en vida. No nos excitaba y no nos sentíamos preparados para renunciar a nuestra energía vital y nuestras ilusiones.

 

Años grises

La periferia de Londres no tenía nada que ver con los suburbios residenciales de clase media de los Estados Unidos. Vivíamos en barrios en los que aún se notaba la devastación y los profundos estragos de la Segunda Guerra Mundial. La comida era repulsiva, los hombres seguían llevando ridículos bombines y el sistema educativo era de un sadismo insufrible.

Solo películas como El graduado parecían asomarnos a un mundo más hermoso. Nos identificábamos con Benjamin Braddock, ese joven adulto de la extraodinaria novela de Charles Webb y la película de Mike Nichols que volvía a casa de sus padres tras graduarse en la universidad y descubría lo falso y patética que resultaba para él el mundo de los adultos. Desde su punto de vista, los mayores de 30 años llevaban vidas absurdas, desprovistas de sentido. ¿Qué persona joven podría querer encajar en esa pesadilla cotidiana propia de un cuento de John Cheever en la que todos fingían ser felices y nadie lo era en realidad? Su incomodidad y su desdicha resultaban evidentes para cualquiera que tuviese ojos, y en sus placeres culpables (el alcohol, la promiscuidad) no era posible encontrar la menor plenitud ni la menor alegría.

Como Benjamin Braddock, nosotros nos sentíamos arrojados a un mundo que no era el nuestro. Alguna gente parecía en el poder del arte para transformar la realidad o, al menos, nuestra manera de percibirla. Pero ni el somnoliento Mozart, ni las películas de Hollywood ni la pintura de Renoir tenían para nosotros la capacidad de traer ese cambio revolucionario que tanto anhelábamos.

 

Hecho con drogas

Luego se cruzaron en nuestro camino Little Richard y Chuck Berry y poco después, sus primeros discípulos ingleses, los Rolling Stones o los Who, asomaban de vez en cuando a la pantalla de nuestros televisores. A través de ellos, descubrimos la existencia de una música estridente y obscena que violaba todas las normas elementales de la decencia y representaba un hedonismo y una exaltación vital que para nosotros no tenía precedentes.

Eso llevó a que se estableciese una conexión fatal: el placer era algo demencial. Disfrutar en exceso podía volverte loco. También el sexo podía ser demasiado para nuestra salud mental. Todo aquello nos resultaba aterrador en su intensidad y ni siquiera estábamos muy seguros de entenderlo. Pero lo deseábamos. Era música que te hacía bailar, desinhibirte, ser creativo. Música que transformaba nuestro mundo y que se convirtió muy pronto, por encima del cine, la televisión o los libros, en el más significativo de los estímulos culturales que recibió nuestra generación. 

Hoy en día suele pensarse que el Reino Unido estaba inundado de drogas en los años 60, pero la verdad es que yo estuve allí y no resultaba nada fácil encontrar algo que meterse cuando lo buscabas. A finales de los 60, fumábamos porros y tomábamos anfetaminas y barbitúricos. También tomábamos ácido de vez en cuando, a veces incluso en la escuela, durante aquellas clases tan aburridas como terroríficas.

En sus textos sobre la ingesta de drogas, Baudaleire cuenta cómo en ocasiones consiguió asomarse a lo que el definía como ‘lo maravilloso’, pero también reconoce que fumar hachís solía causarle una creciente ansiedad y paranoia. Incluso nos cuenta que, a la larga, las drogas hacen que pierdas el control, que dejes de ser dueño de ti mismo. Esta pérdida de control puede ser fértil, puede hacer que tus procesos mentales resulten menos convencionales y más creativos, pero también puede convertirte en una marioneta sin voluntad incapaz de pensar de manera clara. Las drogas pueden volverte más comunicativo, más sociable y más alegre. También pueden sacar a flote la parte más luminosa de tu personalidad, la menos mezquina, la más empática. Pueden despertar en ti el deseo de vivir de otra manera.

Ilustración de Tim McDonagh

 

Promesas incumplidas

Eso era al menos lo que las drogas prometían a mi generación. El hecho de que fuesen ilegales y que la sociedad adulta las denostase las convertía en aún más atractivas. Quebrantar las reglas de nuestros padres, y cualquier regla o ley en general, nos resultaba excitante de por sí: al saltarnos esas normas arbitrarios que tanto despreciábamos, teníamos la ilusión de estar ampliando el mundo de lo posible, enriqueciendo la vida.

Escritores como Baudelaire, Nerval, Huxley o, más adelante, Tom Wolfe y Hunter S. Thompson fueron solo algunos de los integrantes de la élite cultural que escribieron con profusión sobre drogas. Y las drogas que empezamos a tomar en habitaciones de nuestros amigos, en los parques o en los bares se convirtieron para nosotros en placeres instantáneos en un mundo en el que todo lo demás, empezando por el consumo, los estudios o el mundo del trabajo, nos exigía una contención y una paciencia que ni teníamos ni queríamos tener. El capitalismo ya no mataba de hambre a los obreros, pero si empequeñecía sus vidas y estrangulaba sus placeres. Éramos criaturas destinadas a trabajar, no a hacer el amor. La educación que recibíamos pretendía hacernos dolorasamente conscientes de que el mundo es un baño de lágrimas, que la alegría y el placer estaban en otra parte.

 

Sin dioses ni ídolos

Por entonces, el mundo occidental estaba empezando a darle definitivamente la espalda a Dios. La religión nos parecía ya cosa de un presente a punto de convertirse en pasado y aún no había sido reemplazada completamente por la divinización del consumo. Cierro es que la desaprobación y el castigo divinos seguían siendo esgrimidos como amenaza y como forma de control. Pero en esos días en que salíamos a la calle vestidos con tejanos rotos y los chalecos que rescatábamos del desván de nuestros abuelos, escondiéndonos de tribus urbanas violentas y racistas como los mods o los skinheads, la ley, la tradición y la autoridad de los adultos significaban muy poco, o nada en absoluto, para nosotros.

Se prohibían las drogas pero se permitían, incluso se fomentaban, cosas mucho peores, del genocidio de Vietnam al racismo, las guerras coloniales, la desigualdad, la violencia. Nadie mata a sus propios hijos, pero nuestras sociedades estaban dispuestas a matar a los hijos de los demás en nombre de la democracia. No encontrábamos nada de ‘adulto’ en los adultos. Nos parecían ignorantes e insensatos. La brecha generacional estaba en su apogeo.

 

Rumbo a un mundo peor

No solo eso. A medida que avanzaban los 70, el capitalismo, que parecía una fábrica de individuos ansiosas e hiperactivos, empezó a desmoronarse. El sistema se estaba volviendo mucho más anárquico, impedecible y caótico de lo que los políticos estaban dispuestos a reconocer. Empezaron a producirse bruscos altibajos que arrastraban al conjunto de la población a vidas cada vez má accidentadas e inestables.

Las promesas del capitalismo, esa utopía de crecimiento, riqueza y consumo crecientes, empezaron a parecer una simple farsa. De repente, irrumpieron fantasmas que pronto serían cotidianos, lacras como el paro, la devastación del tejido social y la pérdida de fe en el porvenir que el punk supo detectar tan bien en su más célebre frase programática: “no hay futuro”. Con el lento derrumbe paralelo del socialismo real, llegó un momento en que no parecían existir alternativas a este capitalismo agónico, Los que pudieron permitirse el lujo de hacerlo, se refugiaron en el yoga, el zen y la espiritualidad. O en las drogas.

 

El verdadero problema

Cuando las drogas empezaron a abrirse paso en los 60, despertaron un rechazo tan visceral en la sociedad bienpensante que muchos intuimos que el problema iba más allá de sus (por otro lado indiscutibles) riesgos para la salud y la cordura. Visto en perspectiva, el riesgo de adicciones, sobredosis o colapsos orgánicos era hasta cierto punto asumible, compensado al menos en parte por el sentimiento de placer y plenitud que proporcionaban. El verdadero problema es que el consumo frecuente te acababa instalando en lo que R D Laing bautizó como “un parque de atracciones mental” desconectado de la realidad y que te hacía desear un “algo más” que, por desgracia, no existía.

En los 90 y en la primera década de nuestro siglo se produjo un vuelvo inesperado. Un nuevo tipo de drogas se convirtieron en algo respetable e incluso convencional. Antidepresivos como el Ritalin o el Prozac empezaron a proporcionar a niños y adultos una inmersión en paraísos químicos calculada y programada, sin aparentes riesgos. Por primera vez, las drogas no te alejaban de la sociedad, sino que te ayudaban a integrarte en ella.

Es más, se convirtieron en un sustituto de la filosofía, la religión, la espiritualidad y cualquier otro recurso humano para tratar de darle a la vida un cierto propósito y algo de sentido. Nos convertimos en máquinas orientadas a cumplir una función en contextos sociales y laborales, no ya individuos hijos de un padre y una madre y dotados de una historia, un relato que podía canalizarse a través de la conversación o del arte. Si por cualquier motivo dejábamos de funcionar, nos reparaban dándonos drogas. Se acabaron los grandes interrogantes vitales. Se acabó el derecho a pararnos y reflexionar cuando el vértigo de la vida moderna nos dejaba exhaustos. Lo único importante era funcionar, trabajar, triunfar, competir. Las drogas terapéuticas y una nueva idea dominante de qué es y qué debe ser el individuo se convirtieron en armas eficaces en manos del capitalismo.

 

La euforia del idiota

El placer, elixir del diablo, una sustancia mágica más valiosa que el oro, es siempre fuente potencial de ansiedad, motivo por el que las sociedades tienden a acotarlo, desvirtuarlo y juzgarlo. El peligro social de las drogas no está tanto en su probada capacidad para desorientarnos, enloquecernos o ‘engancharnos’, sino en la certeza de que proporciona placeres excesivos e ilícitos. Pocas cosas resultan tan subversivas como lo que podríamos llamar la euforia del idiota: un goce desproporcionado y sin ninguna utilidad práctica. Si algo te gusta demasiado y no puedes ganar dinero con ello, no puede ser bueno para ti.

Y el caso es que no lo es. Las drogas no son buenas. Ni las legales ni las ilegales. Pretender lo contrario sería de una ingenuidad intolerable a estas alturas. Hubo en tiempo en que prometían libertad, una manera sublime de evadirse del ciclo extenuante de trabajo, consumo y decadencia. Pero más que un puente hacia una especie de nirvana interior, un lugar de paz, espiritualidad, iluminación y autoconocimiento, se acabaron convirtiendo en un destino en sí mismas, en una alternativa muy distinta a aquello que se proponían sustituir. Pronto nos dimos cuenta de que producían tanta insatisfacción vital como el resto de objetos de consumo que habíamos convertido en fetiches de pacotilla.

 

La difícil embriaguez

Los drogadictos lúcidos, de Baudelaire a Jack Kerouac, descubrieron muy pronto que la ruta al paraíso de la embriaguez narcótico no era en absoluto simple. Aunque Baudelaire hable de un estado de plenitud artificial, de calma y de liberación en el que los grandes interrogantes filosóficos encuentran respuesta, en sus confesiones se puede leer también lo exigente que resulta el esfuerzo por mantenerse en todo momento en esa beatitud dichosa.

No olvidemos que esos artistas fueron precisamente eso, artistas, antes que drogadictos. La exigencia permanente de placer puede convertirse en algo infernal, en otra forma de autoridad opresiva. Aunque las drgas pueden elevarte a un estado de exaltación poética en el que las cosas parecen por fin tener sentido, también pueden convertirte en un inútil y reducirte a la impotencia.

Ya nadie parece creer en el poder redentor de las drogas. El arte no las necesita. Puede basarse en la actividad y el pensamiento. Trabajar en algo de manera constante, incluso intransigente, haciendo uso tanto de la intuición como de la inteligencia, da mucho mejor resultado que confiar en un fogonazo de inspiración narcótica. Los artistas que pretenden basarse en la droga tienden a un tipo de arte que busca la pureza eliminando la dificultad, la búsqueda y la ambivalencia. Y el verdadero arte rara vez es puro, rara vez es directo y ‘fácil’.

El arte se basa en un equilibrio dinámico entre caos y orden, entre atracción y repulsión, entre amor y odio. Las verdaderos artistas deben amar lo que hacen, pero también ser capaces de odiarlo. La creación artística puede proporcionar placer, pero también convertirse en un trabajo tiránico, cuando no un potro de tortura. A veces es aburrido, porque la materia se resiste a ser doblegada por tu pensamiento. Al público puede no interesarle lo que haces. Crear algo que proporcione placer a los demás no tiene por qué ser una experiencia placentera para el artista.

En realidad, muy pocos creadores pueden valorar su trabajo con ecuanimidad y realismo, desde una absoluta serenidad de ánimo. No puede haber arte sin un cierto grado de ansiedad, de insatisfacción con uno mismo, de miedo al fracaso y hasta miedo al éxito. Es un trabajo duro y exigente que puede llegar a vivirse como una maldición y una condena.

Hagan la prueba. Traten de convencer a un artista (a uno de verdad) de lo buena que es su obra. No lo conseguirán. No encontrarán un crítico de su trabajo peor que él mismo. Ese es precio del viaje. Pero al menos se trata de un viaje que lleva a alguna parte.