Los vecinos ya sospechaban que Melita Norwood, una venerable viuda que vivía sola en una modesta vivenda con jardín, simpatizaba con el muy minoritario Partido Comunista Británico. La habían oído elogiar en alguna ocasión, siempre de manera muy discreta, al líder del partido, el sindicalista Mike Hicks. También la habían visto tomarse el té de las cinco en una tacita de porcelana decorada con un retrato del Che Guevera o leer de vez en cuando el tabloide izquierdista Morning Star.

Por entonces, nadie en Bexleyheath, un área residencial de clase media del sudeste del Gran Londres, a unos 20 kilómetros del centro de la capital, simpatizaba abiertamente con los comunistas. Con los laboristas sí, por supuesto, pero no con los ‘commies’, los nostálgicos de la hoz y el martillo, una tribu política francamente exótica en el Reino Unido de finales de los años 90.

Melita era una mujer afable, algo excéntrica, de aspecto inofensivo. Sus simpatías comunistas sorprendían, pero no escandalizaban a nadie. Lo que en absoluto esperaban sus vecinos es que, la mañana del sábado 11 de septiembre de 1999, Norwood improvisase una rueda de prensa en el jardín de su casa para reconocer, por vez primera, que se había enrolado en la KGB en los años 30 y había sido espía soviética durante casi cuatro décadas.

“Sí, yo soy ‘Hola’, yo soy ‘Red Joan”, declaró Norwood esa mañana refiriéndose a los dos nombres en clave que le atribuía el servicio de contraespionaje británico. Pocas horas antes, un diario de Londres había publicado que la agente rusa “más eficaz y nociva que había nunca operado en el Reino Unido” vivía en Garden Avenue, Bexleyheath, y tenía más de 80 años. Norwood reunió a los reporteros que habían acudido a las puertas de su somicilio y allí, de pie, con seriedad y entereza, confirmó punto por punto la noticia.

“Tenía ganas de hablar, de contarle al mundo lo que había hecho”, declaró  uno de los periodistas presentes, “y asumía con coraje las posibles consecuencias”. Lo cierto es que no hubo consecuencias más allá del comprensible estupor de sus vecinos. El ministro de interior británico, el laborista Jack Straw, decidió no interrogarla ni iniciar trámites judiciales contra ella dada su avanzada edad y al hecho de que había trabajado “para una potencia extranjera hóstil que hoy ya no existe”. La oposición conservadora insistió en que “40 años de continua traición a la patria” no podían quedar impunes. Norwood estaba dispuesta a ir a la cárcel. Le parecía la culminación lógica de toda una vida dedicada a actividades clandestinas de alto riesgo. Pero nadie se molestó en perseguirla y murió en un hospital de Wolverhampton en junio de 2005. Sin llamar la atención. Como había vivido.

 

Idealista

El cine, para escándalo de la prensa británica de derechas, que anda un tanto soliviantada estos días con este tema, ha querido hacerle justicia a Melita Norwood. Para Judi Dench, que ha interpretado a la anciana de Bexleyheath en Espía roja (Red Joan), Melita no fue una mercenaria porque no cobró ni un penique por sus servicios, no fue una traidora porque se mantuvo fiel a sus convicciones y no fue una sicaria porque nunca utilizó la violencia.

Fue tan solo una mujer preocupada por la justicia social y guiada por un idealismo extremo que la llevó, siempre según Dench, “a tomar muy cuestionables decisiones”. Sophie Cookson, que interpreta a la versión más joven de Norwood, la de los años 30, 40 y primeros 50, tiene una opinión más matizada: “La película plantea está qué punto es legítimo hacer algo malo cuando persigues un fin que tú consideras bueno. Es una pregunta compleja para la que reconozco que no tengo respuesta”.

 

Inteligente

De padre letón y madre inglesa, Melita nació en 1912 en el condado de Dorset. Estudió Lógica y Latín en la Universidad de Southampton, se trasladó a Londres para trabajar de secretaria y se afilió a los 23 años al Partido Laborista Independiente, al que también pertenecía el escritor George Orwell, feroz detractor del comunismo en años posteriores. La primera gran causa que consguió entusiasmar a Norwood fue el apoyo a la España republicana, que ella consideraba el último baluarte continental contra el fascismo.

 

Eficaz

Con 25 años, fue reclutada por agentes de Stalin que se movían en círculos izquierdistas y académicos. Lo hizo, según su tardía confesión de finales de los 90, “para evitar la derrota de un sistema soviético que, pese a sus defectos, proporcionaba pan y trabajo a la gente común en el que había sido uno de los países más pobres de Europa".

A partir de 1937, su trabajo como administrativa en la sede de Londres de la Asociación Británica de Investigación de Metales No Ferruginosos le dio acceso a documentos sobre el programa nuclear del Reino Unido. Melita los fotografió y los filtró a la Unión Soviética. “Era una mujer inteligente”, dijo de ella Christopher Andrew, el profesor de Cambridge que la acabaría desenmascarando décadas después, “sabía perfectamente lo que hacía”.

 

Escurridiza

Según Andrew, los oficiales de la inteligencia británica se dieron cuenta ya en 1942 de que el programa nuclear de los soviéticos avanzaba al mismo ritmo que el de ellos, de lo que dedujeron que sus propios científicos estaban siendo espiados, “pero nuna supieron cómo ni por quién”. Del llamado círculo de espías de Woolich, del que Norwood formaba parte, todos fueron detenidos menos ella.

Percy Glading, líder del grupo, fue capturado en 1938 y cooperó con la justicia durante años. Acabó delatando a la mayoría de sus antiguos compañeros, pero nunca rebeló la identidad de Norwood. La razón tal vez fuese, en opinión de Andrew, “que Melita tenía un don natural para no llamar la atención”. Además, “es probable que los soviéticos, conscientes de lo eficaz que era su espía, mantuviesen su identidad en secreto incluso para el resto de agentes que tenían en territorio británico, con muy pocas excepciones”.

 

¿Providencial?

En la película se insinúa, en línea con una reciente tendencia a rehabilitar a Norwood entre determinados académicos de izquierdas, que Red Joan tal vez salvó al mundo de una catástrofe con su contribución al programa nuclear soviético. Según esta línea de análisis, Estados Unidos se vio obligado a guardar su arsenal en el armario tras Hiroshima y Nagasaki al constatar que los rusos disponían de uno equivalente. Para Christopher Andrew, estas especulaciones resultan “absurdas”. Él cree que las acciones de Norwood y el resto de agentes soviéticos solo sirvieron “para consolidar la tiranía estalinista y condenar al mundo a más de 40 años de Guerra Fría”.

 

Felizmente casada

Melita se casó en 1935 con Hilary Nussbaum, hijo de emigrantes rusos, profesor de química en un instituto, afiliado al sindicato de Profesores y simpatizante comunista. Hilary no participaba en las actividades de espionaje de su esposa, pero las conocía y, a pesar de desaprobarlas por lo peligrosas que resultaban, nunca hizo nada para impedirlas. Juntos compraron la casa en ruinas de Bexleyheath, que sirvió primero como oficina improvisada de espionaje y luego, ya restaurada, como residencia de Norwood hasta su muerte. Nussbaum falleció en 1986, muy poco antes de que su esposa decidiese “jubilarse” como espía. Sus superiores en la Unión Soviética nunca se plantearon que sabía demasiado y que tal vez convenía eliminarla. Se limitaron a agradecerle los servicios prestados y desearle suerte. Poco después caía el muro de Berlín.