No hubo ninguna mano negra. Ninguna conjura gubernamental. Ningún plan secreto de la CIA. El ácido lisérgico se extendió como una mancha de aceite gracias a la curiosidad y la sed de nuevas experiencias de pioneras como Amanda Feilding. Esta aristócrata inglesa probó el LSD por vez primera a mediados de los 60. Un amigo le dio a probar una dosis extraordinariamente alta y, según ella misma nos cuenta, pasó los siguientes tres meses de su vida encerrada en una cabaña de su jardín, tratando de recuperarse de la “profunda herida psíquica” que le había causado esa sustancia tan poderosa. El siguiente paso consistió en intentarlo de nuevo, pero poniéndose en buenas manos, la del científico Bart Hughes, al que conoció en una fiesta psicodélica organizada por Ravi Shankar. Los viajes lisérgicos en que Feilding se embarcó en compañía de Hugues cambiaron su vida.

Porque esta mujer que acaba de cumplir 76 años, Condesa de Wemyss y March, lleva cinco décadas haciendo campaña a favor de la libre investigación y la despenalización del consumo de drogas psicodélicas. Tal y como lo ve ella, lleva medio siglo intentando que las puertas de la percepción se abran para todo el mundo. Se siente una filántropa, porque considera que el LSD es una sustancia benigna cuyo conocimiento y consumo deben potenciarse. Por ese motivo creó en 1998 la Fundación Beckley, un centro de investigaciones psicodélicas que hoy en día colabora con varios gobiernos y con universidades como el King’s College de Londres o instituciones como el instituto Johns Hopkins. Uno de los últimos estudios que ha patrocinado parece demostrar que el LSD puede resultar eficaz en el tratamiento de la depresión y las adicciones. En PORT hemos querido hablar con esta pionera desprejuiciada de los beneficios de las drogas pscodélicas y de la que ella considera errónea y nefasta política estadounidense de lucha contra las drogas.

 

¿Qué efectos positivos puede tener para la salud el consumo de LSD?

Creo que su uso puede ser revolucionario para la psiquiatría, un campo en el que apenas se han registrado progresos significativos en los últimos 30 años. Las drogas psicodélicas ralentizan la circulación de la sangre hasta llevarla a un nivel en el que se desarrollan conexiones cerebrales que normalmente están inhibidas por el funcionamiento normal del organismo. La consciencia se vuelve mucho más caótica, rica y entrópica, lo que conduce un tipo de pensamiento creativo y maleable. En ese estado, resulta mucho más fácil deshacese de patrones de pensamiento rígidos como los que crean las adicciones. Las terapias basadas en la discusión y el uso de antidepresivos se quedan en la superficie, no tienen un impacto profundo y duradero sobre la química del cerebro. Los antidepresivos, en concreto, tienden a estrechar y empequeñecer los horizontes vitales de las personas que los consumen, por no hablar de sus potencialmente terribles efectos secundarios. En cambio, las investigaciones sobre los efectos secundarios de las drogas lisérgicas son muy prometedoras, porque demuestran que su consumo tiende a reforzar la empatía, la sensación de plenitud vital y el amor.

 

¿Por qué ha dedicado su vida a promover las investigaciones psicodélicas?

 

Yo crecí apartada de la sociedad, sin sentirme parte de ningún grupo. Así que cuando empecé a experimentar con drogas y la gente empezó a burlarse de mí no me importó. Pensé que podía tomar mis propias decisiones sin que me importasen las opiniones de los demás. Pero luego llegaron todas aquellas campañas tan agresivas contra el consumo de drogas. Campañas que no respetaban la libertad individual y que se basaban en falsas evidencias. Al final, consiguieron su objetivo y cerraron aquella puerta hacia una forma distinta de vivir y de experimentar la vida por la que una parte de mi generación estaba entrando. La guerra contra las drogas lleva ya 50 años causando dolor y sufrimiento. Tras años luchando contra la deriva prohibicionista, en 1998 creé la Fundación Beckley con la esperanza de que la investigación científica convenciese a los escépticos sobre el efecto positivo de los estados alterados de conciencia que promueve el LSD. No resulta fácil, porque la mayoría de la población sigue convencida, contra toda evidencia, de que el ácido lisérgico es una sustancia muy peligrosa y sin valor médico, cuando en realidad es todo lo contrario. En estos años, hemos presentado estudios que demiestran que un alucinógeno como la psilocibina tiene un 67% de éxito en tratamiento de la depresión y un 80% en el de la adicción a la nicotina. ¡Ninguna otra sustancia conocida puede competir con eso!

 

¿A qué se debe entonces esa hostilidad social al uso de alucinógenos?

 

Al desconocimiento. Está documentado que tanto en la Grecia clásica como en Roma, la India, Egipto o la América precolombina hay una tradición milenaria de uso responsable de las drogas piscodélicas.

 

Y todo eso acabó con  la gran cruzada abolicionista de finales de los 60.

 

Exacto. Harry J. Aslinger fue el primer director de la Agencia Federal de Narcóticos de Estados Unidos. Al final de la Ley Seca, el pobre hombre se encontró sin nada que hacer y sin nadie a quien peseguir. Así que organizó una investigación sobe el consumo de drogas muy minoritarias y, mira por dónde, descubrió que eran consumidas por individuos de actitudes radicales e ideas subversivas. Negros, bohemios y jóvenes rebeldes. Estados Unidos empezó a perseguir a esos colectivos y sus drogas, y consiguió que las Naciones Unidas aceptasen sus criterios a pesar de que no tenían un sólido fundamento racional. La realidad es que se destinan más de 100.000 millones anuales a la guerra contra las drogas, pero el consumo no deja de aumentar. Y las drogas que se consumen son cada vez de peor calidad y su tráfico queda en manos de grupos criminales cada vez más violento. Se está intentando matar moscas a cañonazos. ¿Qué sentido tiene gastarse millones en tratar de impedir que los jamaicanos exporten una droga inocua como la marihuana?

 

¿Qué hace falta para que se progrese aún más en el conocimiento de las drogas psicodélicas?

 

Dinero. Mi fundación es una de las instituciones punteras en este tipo de investigaciones pese a que disponemos de recursos muy limitados. Hemos iniciado investigaciones en campos tan prometedores como el tratamiento contra el Alzheimer, el Parkinson o algunas enfermedades inflamatarias, pero para conseguir progresos más firmes necesitaríamos un dinero del que no disponemos. También me gustaría profundizar en los efectos positivos sobre la calidad de vida de drogas como el LSD o el cánnabis. Todo apunta a que una terapia asistida qe hiciese uso de estas sustancias podría ayudar a la gente a vivir de manera más plena, espiritual, creativa y completa.

 

¿Puede el uso de estas drogas beneficiar a todo el mundo?

Tengo mis dudas. Más bien pienso que pueden ser le útiles a un tipo determinado de personas, con ua visión de la vida y unas inquietudes muy determinadas. Pero aunque se tratase de un deporte minoritario, ¿por qué prohibirlo? ¿Por qué perseguir a esa minoría que quiere explorar su propia conciencia?

 

¿Cómo sería la legislación sobre drogas en un mundo ideal?

 

Habría que empezar por no criminalizar su consumo. Eso es obvio. Basta con ver cómo le está yendo a Portugal, que ha hecho precisamente esto. A continuación, habría que reclasificar las drogas según sus efectos y riesgos reales y decidir quién las controla, cómo se venden y quién las receta y administra. Es de una ignorancia supina pretender que una sustancia que se ha utilizado como fármaco durante miles de años no tiene ningún efecto terapéutico. El LSD y la psilobicina son dos de las sustancias menos peligrosas y más benignas que existen. Puedes consumir una cantidad hasta mil veces superior a la dosis activa sin que te mate. Eso es algo extraordinario: la dosis de heroína o de alcohol que resulta letal no es muy superior a la que debes tomarte para que te haga efecto. Necesitamos una nueva perspectiva. Menos represión y más conocimiento.

 

¿Qué puede hacerse para promover ese debate social sano y constructivo sobre las drogas?

La única manera de vender tabús tan arraigados es combatirlos con evidencias científicas. Si presentamos estudios cada vez más sólidos y mejor documentados, la gente acabará aceptando sus conclusiones. Hay que contrarrestar el efecto de poderosas campañas de desinformación basadas en mentiras interesadas que hace más de 50 años que circulan. Los periódicos dedican portadas a las poquísimas muertes anuales que pueden atribuirse al consumo de MDMA, pero nadie habla de los más de siete millones de personas que mata cada año una droga legal como el tabaco. Es descorazonador, pero creo que por fin se está empezando a producir un cambio de mentalidades en los últimos años. Tenemos que seguir investigando para no desaprovechar esta gran oportunidad.