Han pasado casi treinta años desde que Ray Loriga irrumpió en la escena literaria española como uno de esos personajes de su adorado Jack Kerouac, viajando deprisa, viniendo de lejos y exultante de juventud.

Publicó Lo peor de todo en 1992, en un momento en el que parecía oportuno que la narrativa del momento encontrara equivalencias con el boom independiente que experimentaba el rock, y con Héroes (1993) se nos apareció, desde la portada del libro –una imagen suya botella de cerveza en ristre, de cuando llevaba melena y se adornaba los dedos con anillos de calaveras–, como una estrella generacional.

Desde entonces, y sobre todo si uno tiene más de 40 años, la relación de muchos lectores con Loriga ha sido como la que tenemos con un amigo de hace mucho tiempo: con altibajos, con fases iniciales de obsesión, una intermedia de alejamiento y una más tardía de redescubrimiento nostálgico. Cuando ganó en 2017 el premio Alfaguara de novela con Rendición, reapareció en todos los medios y volvió a ocupar su sitio de siempre, el de un autor en el que puedes confiar. Erróneamente, pudimos llegar a pensar que Loriga había madurado, pero eso era porque quizá habíamos leído erróneamente sus primeros libros. Fue maduro literariamente desde el principio.

Su nuevo libro es Sábado, domingo (Alfaguara, 2019), una novela que en cierta medida cierra un círculo estético –aunque no vital– en la que Loriga recupera la voz narradora adolescente de sus primeros títulos. La historia está dividida en dos días, sábado y domingo, separados por un lapso de 30 años. En la primera parte, el protagonista es un niñato adolescente que participa de una aventura sexual que, aparentemente, termina en catástrofe. Durante décadas le acompaña la culpa, la incertidumbre, el remordimiento, hasta que de adulto vuelve a encontrarse con aquella mujer. Y si en las primeras páginas emerge el Loriga de los 90, en las últimas vibra el Loriga de hoy. Un Loriga completo y con las ideas claras que, amable como pocos, nos atendió para hablar de todo lo que le pusimos a tiro.

Durante la sesión de fotos, cuando el objetivo ataca sus manos, aclara: "Tengo algunas falanges de los dedos abolladas porque me pegué con unos tíos de los Ultrasur. Lo curioso es que yo soy del Madrid. Y salía con dos amigos del estadio, con mi bufanda al cuello. Habíamos ganado, no había motivo para enfado alguno. Pero se nos acercó una banda de siete 'ultrasures', con ganas de pelea. Siempre que atacan son más, eso dice mucho, o muy poco, de ellos. Nos dieron pero bien. Pero yo le di bien también a uno de ellos. Por eso tengo los dedos destrozados". Y después de esta anécdota, empezamos a hablar de su libro. 

 

¿Qué tal te ha sentado recuperar aquella voz literaria de los inicios? Has dicho que lo hiciste porque la historia te lo pedía, pero igualmente debe haber sido como viajar en el tiempo y observarte a ti mismo 27 años más joven.

La sensación es, como dirían los ingleses, algo así como ‘happy to see you’. Porque al principio no sabía si esa voz seguiría estando ahí. Cuando la busqué no lo hice por mero capricho. Me hacía falta, porque Sábado, domingo es un libro a dos voces, y la primera pertenecía a la juventud, la adolescencia del personaje, y tenía que mirar en mi fondo de armario si tenía ropa de esa talla y si me entraba. Cuando vi que la cosa iba funcionando, entonces seguí escribiendo con tranquilidad.

 

Al buscar un personaje adolescente que bebe mucho, se mete en líos, transgrede las normas y habla con jerga callejera, ¿estabas rebuscando en tu propia adolescencia? ¿Hay algún tipo de regresión psicológica a esa edad, a esas experiencias?

No, creo que eso sería rebuscar mucho. El diseño del libro, como digo, lo había imaginado en dos partes, el personaje es el mismo, pero la voz no es la misma. Quería explicar esa historia, y me obligaba a tener una voz joven. No le di muchas más vueltas que esa. No hay nada freudiano donde escarbar.

 

¿Por qué construiste al personaje como tímido y acomplejado? Has tenido protagonistas con mucha más personalidad, más empaque.

Nació así, no tiene más. Cuando te metes en cualquier novela, los personajes aparecen para acompañar un planteamiento y un desenlace. Za Za es como Za Za [se refiere al protagonista de su novela de 2014, Za Za, emperador de Ibiza], y el narrador de Rendición era como era. Aquí surgió este personaje y su yo adulto necesitaba a su yo adolescente.

Luis Meyer

 

¿Sientes que mucha gente te redescubrió a raíz de ganar el premio Alfaguara de novela? Me gustaría matizar que, en caso de ser así, fue un redescubrimiento feliz, como esa alegría que se tiene cuando ves después de mucho tiempo a alguien que aprecias de verdad.

No exactamente. A ver, entiendo lo que dices porque a mí me ha pasado con muchos otros escritores cuando les han dado un premio o se ha hecho una película a partir de una obra suya. Me pasó con Patrick Modiano y hace poco también con Margaret Atwood. Yo leí El cuento de la criada hace en 1985 y la tenía olvidada, y con la serie te acuerdas del libro y es para bien. Pasan tantas cosas en las vidas de los escritores y de los lectores que algo así es normal. Los que leemos, leemos un millón de cosas distintas, y siempre puede haber efemérides, premios, lo que sea, que te reconectan con lo ya leído. En mi caso igual es distinto, porque yo he seguido trabajando y además en sitios distintos. Igual no se sabía mucho de mí en España, pero yo estaba visitando Rumanía porque se estaba traduciendo un libro mío al rumano. Mi relación con los libros es distinta, y en orden distinto a la que tienen los lectores. En cualquier caso, recibir un premio de un perfil tan grande como el Alfaguara es normal que sea un campanazo y que te permite, otra vez, viajar por toda Hispanoamérica. De todos modos, yo he seguido viajando a México, el charco lo cruzo unas cuatro veces al año.

 

En una entrevista reciente decías que una cosa sagrada en tu vida es la Champions League, y que la Champions te la ves entera y que los días de partido no hay promoción que valga, ni presentaciones ni viajes. Sin embargo, decías que no eras rico y no te podías permitir pagar lo que cuestan los canales de fútbol. ¿Tan apurado vas?

A ver, no me quejo. Se vive siempre estirando un poco, y si tienes familia es más complicado, pero que conste que no me quejo de nada. Soy un tipo afortunado, tengo 52 años y puedo escribir de todo y de lo que me dé la gana. La vida de escritor profesional no me da para muchas alegrías, pero me da para vivir con dignidad. Y lo más importante: hago esto porque yo quiero, nadie me ha obligado.

 

Pero después de ganar el premio Alfaguara, unos eurillos para contratar Movistar+ sí que tendrías.

Pues mira, sigo sin tener el fútbol de pago. Afortunadamente, este año ya no lo necesito porque nos han eliminado de Champions, pero los partidos los sigo viendo, ya sea en un bar o en casa de un amigo.

 

Ya que ha salido el tema fútbol, y sabiendo que eres un madridista a ultranza, ¿qué te parece el regreso de Zidane al banquillo del Real Madrid?

Lo primero que puedo decir es que estoy feliz. Hemos tenido un año horroroso, íbamos cayendo y parecía que no tocábamos fondo nunca. Me he enterado hoy de la noticia, como tú [esta entrevista se hizo el 11 de marzo, pocas horas después del anuncio oficial del regreso del entrenador], y que vuelva Zizou es, para mí, una alegría. Tenía esa esperanza, pero pensé que la prudencia del propio Zidane le haría esperar hasta el verano para no quedarse con el marrón de estos meses de infierno que tenemos hasta junio. Y eso le honra, porque todavía hay una tarea por hacer: hay que quedar terceros en la liga. Si el Madrid no entra el año que viene en Champions, será un fracaso. Hay equipos, como el Barcelona, el Bayern, el Manchester City, que por historia o por presupuesto, deben entrar ahí. Y es realista preocuparse, porque tenemos al Getafe a pocos puntos, y muy cerca de ellos al Alavés y al Sevilla. Me parece bien que Zidane se encargue de estos tres meses. Que el Madrid no suela pasar por este tipo de dificultades no quiere decir que no sea importante quedar terceros. A muchos equipos les va la vida en eso.

 

En los últimos años, ser madridista ha sido una bendición: cuatro Champions en cinco años, tres seguidas… Como aficionado, ¿cómo eres en la derrota, que es lo que ha sucedido ahora después de tanto tiempo?

Lo que ha pasado estos años es de locos. Ganar tres Champions no había ocurrido nunca...

 

Tampoco había ocurrido que ningún equipo ganara dos seguidas. La última vez sería el Milán de los 80, pero aquello era Copa de Europa.

No, claro, ni siquiera dos. No lo hizo ni Guardiola con el mejor Barça que se ha visto nunca, con Xavi, Iniesta, Piqué y Messi en su plenitud. Siempre ha habido equipazos formidables, y ninguno lo había conseguido. Y por eso, algún día nos daremos cuenta de lo importante que ha sido esto, algo completamente inaudito. Tenía que pasar en algún momento que perdiéramos. Lo que no me imaginaba es que fuera a ser de esta manera catastrófica.

 

¿Eres de los que te vas a cama sin cenar?

Bueno, la derrota tampoco nos es ajena. Sobre todo si ya tienes una edad. Yo he visto perder muchas veces al Madrid desde que era niño, y era consciente de que habían pasado 30 y pico años hasta que ganamos la séptima. Cuando eres mayor, todo eso lo valoras de otra manera, y sabes que ganar no es fácil, y que ni la historia ni el presupuesto ayudan. Puedes gastar mucho y hundirte año tras año, mira lo que ha vuelto a pasar con el Paris Saint Germain.

Luis Meyer

 

Hay una leyenda urbana que circula desde hace unos años y es que eres una especie de ermitaño que vive en una cueva, y sólo porque has dicho más de una vez que no tienes smartphone, ni redes sociales, ni siquiera Whatsapp.

A ver, no soy un ermitaño, está claro. Veo a mucha gente, salgo lo normal, trabajo para una editorial como Alfaguara que me tiene dando vueltas y me va contando todo lo que pasa. Lo que pasa es que esas cosas, personalmente, no las necesito. Manejo internet, pero no sé para qué necesito un Instagram y estar pasando fotos. Lo veo una distracción. Además, esto de la tecnología avanza tan deprisa que igual en cuatro años inventa una cosa telepática, que te meten no sé qué en la oreja, y puedes llamar a China mientras sueñas. Y entonces quizá veamos Whatsapp como una cosa muy antigua e inútil.

 

¿Cuidas mucho tu imagen? A lo largo de los años te hemos conocido con el pelo largo, o teñido de rubio, con más o menos tatuajes, con anillos o sin anillos, con diferentes niveles de barba… ¿Construyes tu personalidad como escritor también a partir de esa evolución?

No, no le dedico demasiado tiempo. Y si te fijas en las fotos, puede ocurrir que lleve ahora la misma cazadora que me puse hace 20 años para otra promo. De hecho, no soy de comprar mucha ropa. Mi vida no es muy distinta a la de la mayoría de la gente, el aspecto no es algo a lo que le dedique un plan específico. Sí que me gusta estar más o menos cómodo con él. En cada momento ha sido distinto porque era como me sentía cómodo. Pero no era una de mis prioridades.

 

¿Cuáles son tus prioridades actuales?

Las mismas de siempre: cuidar de la gente con la que tienes una responsabilidad y trabajar, escribir y leer. Ver los partidos de fútbol, también. Seguiré escribiendo y en cada libro intentaré una vez más hacerlo lo mejor posible.

 

Como lector, ¿qué buscas actualmente? Decías en una entrevista que ibas de librerías con Javier Marías… ¿Vas a librerías de viejo o de novedades?

No es que quede con Marías, pero sí que me lo encontraba muchas veces en las librerías. Cuando vivía cerca de Méndez Álvaro tenía la mayoría de librerías a tiro, la Pasajes, la Machado, la Alberti, la Central, y allí sueles coincidir con escritores, también Luis Mateo Díaz. Donde más fácil es encontrarte a un escritor es ahí. Sobre todo me paso a la librería a saludar, porque soy amigo de casi todos los libreros, y para ver qué es lo nuevo, qué nuevas traducciones se han hecho y todo eso.

 

Nosotros no nos conocemos, y lo más cerca que yo había estado de ti fue en el verano de 2004, cuando fui a Nueva York con unos amigos, bajamos al sótano del Tower Records de Union Square y me dieron un toque, “ahí está Ray Loriga”. Por fechas podría ser, ¿no?

Sí, en aquella época yo estaba en Nueva York y es cierto que iba bastante a aquella tienda.

 

Lo que quiero decir es que no sé mucho de tu vida de primera mano, pero tengo la sensación de que incluye buen material literario. Sin embargo, casi todo lo que has escrito es ficción. ¿Te animarías a hacer autoficción, que es esta corriente que está tan de moda?

No sé, tengo sentimientos mezclados. Lo de la autoficción me produce una… A ver, material hay. En la vida te pasan cosas que son relevantes y que pueden dar para una historia interesante. He tenido la suerte de viajar mucho, de conocer mucha gente. Pero como bien dices, soy un escritor de ficción, y prefiero las verdades de ficción, aunque sean mentira, que un pasado de mentira con apariencia de realidad. No sé, escribir sobre cosas que me han sucedido es algo que no me llama la atención. Pero para eso, mejor escribir una autobiografía.

 

¿La autobiografía entra dentro de tus planes de futuro?

Uf, no, no. La autobiografía me da una pereza espantosa. Pero quizá sí textos que sean pequeños momentos de mi vida, a partir de calles que he recorrido o recuerdos encapsulados.

 

Ya que hablas de viajes, una de tus obsesiones siempre había sido Japón. ¿Hace cuánto que no vas?

Hace muchísimo. La última vez fue cuando me enviaron a entrevistar a Haruki Murakami, cuando se publicó aquella novela, 1Q84, no recuerdo el año, pero hace ya bastante [fue en 2010]. Japón me sigue gustando muchísimo y volvería… pero es que está muy lejos y yo trabajo mucho, y aunque mi trabajo me hace viajar, tampoco me suele llevar hasta allí. Y ya hace unos cuantos años que voy yendo con frecuencia a América.

 

¿Qué harías en Japón si volvieras? ¿Una ruta gastronómica, compras?

Yo compro poco, no soy el perfecto consumista. Salvo libros, no compro casi nada. Lo que haría sería pasear, ir a barrios, cafés y bares, sitios pequeños fuera del circuito típico, e intentar hablar con la gente.

 

Tokio te fascinó en su día, viviste varios años en Nueva York… ¿Te han transformado mucho las ciudades que no son Madrid? Cuando vuelves a Madrid, ¿tienes ganas de irte, o vuelves mejor?

A Madrid le he cogido mucho cariño. Nací aquí y, claro, de joven tenía el deseo de salir. Todas las ciudades y pueblos me gustan, cuando vuelves lo haces con la mirada más limpia, es como haberte limpiado las gafas. Hace dos días estuve en Barcelona y ya tengo ganas de volver. Lo mismo con Zaragoza, Bilbao, Murcia, Donosti… Me gusta moverme.