El próximo 15 de marzo se cumplirán 82 años del fallecimiento de H.P. Lovecraft, y lo más impresionante de esta efeméride no es la enorme cantidad de tiempo transcurrido desde su traspaso –una cantidad abrumadora de gente que hubiera nacido aquel día de 1937 ya está definitivamente criando malvas, vueltos desde hace mucho, como decía aquel soneto de Góngora, “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”–, sino lo vivo que sigue estando el escritor en el imaginario colectivo.

Si ahora nos pusiéramos a buscar el nombre de un autor importante del siglo XX que casi un siglo después de su muerte siguiera rondando la actualidad editorial como un fantasma pertinaz, nos costaría dar con uno. ¿James Joyce? En efecto, ahí sigue, pero tampoco es que los lectores se vuelvan locos buscando reinterpretaciones de los textos del autor del Ulises. ¿Marcel Proust? A Proust se le cita mucho, pero parece que se le lee poco. ¿John Dos Passos? ¿Ramón María del Valle-Inclán? Ni siquiera Francis Scott Fitzgerald, y mucho menos J.D. Salinger. A Tolkien lo salvamos, pero poco más. La muerte suele ir acompañada de otro compañero aún más destructivo: el olvido.

 

Más vigente que nunca

Sin embargo, en pleno siglo XXI, Lovecraft sigue siendo un icono que las editoriales y los nuevos escritores siguen teniendo muy a mano. Las razones son varias: a pesar de haber sido un recluso con nulas habilidades sociales, un ser retraído al que hoy se le hubieran diagnosticado todo tipo de males –desde la neurosis a la ansiedad, por no hablar de algún tipo de TOC muy bestia–, con el paso de las décadas el hombre de Providence ha seguido proyectando una aureola de misterio que, al no haber sido descifrada del todo, permite jugar con los claroscuros de su personalidad y los malentendidos de su obra, haciendo de todo lo que le rodea una especie de carne de remix.

A día de hoy, siguen apareciendo biografías, y ninguna de ella, desde la canónica de L. Sprague de Camp a las que escriben entusiastas aficionados de todo el mundo, termina por ser conclusiva: ¿era un racista integral, o sólo un ser aterrado por la diferencia que matizó su prejuicios contra los negros a medida que envejecía? ¿Flirteó con el fascismo, o era una inclinación pasajera o inmediata, como la de ese familiar que en la cena de Navidad dice que va a votar a Vox, pero lo dice un poco por epatar, como si en vez de en una reunión familiar estuviera en una película de Haneke? Si no hubiera fallecido de manera tan prematura, ¿hacia dónde habría ido su obra? ¿Se habría convertido en un pionero de la ciencia-ficción? ¿Es lo que nos fascina de él, precisamente, que fracasó?

Seguramente, lo que mantiene vivo a H.P. Lovecraft en el olimpo de la cultura pop, algo paradójico en estos tiempos hipermodernos teniendo en cuenta que él era un tradicionalista con tendencia a lo reaccionario, una especie de Juan Manuel de Prada avant-la-lettre que escribía sobre seres monstruosos de otras dimensiones del cosmos, era que se avanzó a las corrientes de confusión que dominan el pensamiento y el malestar del siglo XXI. Si Lovecraft hubiera escrito sobre terrores convencionales, algo que era evidente muy al principio de su carrera como cuentista amateur –posesiones, maldiciones del faraón, bichos cotidianos asquerosos, todo tan pulp que tira de espaldas–, ahí se habría quedado.

Pero su terror avanzó hacia lo metafísico, hacia el vacío del cosmos, hacia la soledad del hombre en un universo sin moral e impasible hacia su sufrimiento. Esta idea ha encajado en nuevas corrientes filosóficas, como la ‘ontología orientada a objetos’ o la idea del planeta saqueado y destruido por la acción del hombre, el famoso ‘antropoceno’, y hay figuras importantes del pensamiento contemporáneo, como el filósofo Eugene Thacker o la socióloga feminista Donna Haraway, que han introducido ideas como el ‘cthulhuceno’ o el horror en la filosofía a partir de interpretaciones libres del terror cósmico de Lovecraft, que fue quien primero supo ver que el miedo mayor que estaba todavía por descubrir era la toma de conciencia de la irrelevancia y fragilidad del ser humano en la inmensidad inabarcable e insensible de las galaxias.

 

El eterno retorno del horror cósmico

Y, sin comerlo ni beberlo, en pleno 2019, y en este mes de marzo de efeméride, las librerías se van llenando de nuevos relatos, cómics, ensayos y reediciones que insisten en Lovecraft como reclamo de venta. De haber disfrutado este éxito en vida, el viejo H.P. hubiera acumulado más ingresos por royalties que la momia de Michael Jackson –ya se sabe que nuestro hombre enjuto murió bastante pobre, y sólo conocido por su círculo de fieles–. Ocurre, sin embargo, que desde que hace siete años toda su obra ha pasado al dominio público universal, coincidiendo con el 75 aniversario de su fallecimiento, y quien quiera puede disponer libremente de los textos originales para reproducirlos, deconstruirlos o adaptarlos sin tener que pagar derechos de autor, algo que ha disparado de manera considerable la fiebre lovecraftiana. He ahí una razón más.

Solo en estas últimas semanas, uno puede encontrar –o encontrará dentro de poco– todo esto y mucho más en los anaqueles de novedades de las librerías: una edición ilustrada del cuento La llamada de Cthulhu en Planeta, una nueva impresión de los cuentos completos de Lovecraft en colaboración con otros autores en la colección Gótica de la editorial Valdemar -con el añadido de dos textos que no se incluyeron en la primera edición-, o un ensayo sobre la influencia del autor en los videojuegos de las últimas décadas, titulado El soñador de Providence, y que publicó hace un año la editorial Héroes de Papel.

¿Parece poco? Pues hay más: la editorial Diábolo acaba de publicar una biografía ilustrada de nuestro hombre –H.P. Lovecraft. Vida y obra ilustrada, a cargo de Agustín y Hernán Conde de Boeck–, y en Oberon acaba de salir a la venta Howard P. Lovecraft. El escritor de las tinieblas, un cómic de origen franco-argentino escribo por Alex Nikolavitch e ilustrado por Gervasio, Carlos Arón y Lara Lee, que sin ser exactamente una biografía en viñetas, traduce al lenguaje de la historieta uno de los actos heroicos más fascinantes de la literatura moderna, que es la creación de los Mitos de Cthulhu.

 

Una vida entre tinieblas

En las cien páginas del cómic, los autores detallan diferentes episodios de la etapa de madurez de Lovecraft, comenzando por su breve tiempo de vida en Nueva York y continuando por su regreso a Providence tras separarse de su esposa Sonia, que dio pie a su frenética última década de vida, en la que escribió la mayoría de sus relatos canónicos, y en los que empezó a elaborarse la cosmovisión terrorífica en la que aparecen los Dioses Exteriores, los Antiguos y los Primigenios, y todas las criaturas viscosas –de los shoggots a los profundos de Innsmouth– que sumen en la locura a los antihéroes de sus exploraciones.

La creación de los Mitos, así como su origen en la literatura de terror de principios del siglo XX y su expansión posterior gracias a los diferentes cánones y ampliaciones con obra nueva que llevaron a cabo sus discípulos, con August Derleth a la cabeza, es de hecho la gran obra maestra de Lovecraft, porque sin saberlo no sólo dio origen a una nueva mitología, sino a una corriente literaria que aún no se ha agotado.

Lovecraft es, junto a Arthur Conan Doyle, el autor más “pasticheado” y copiado de la literatura popular en las últimas décadas. De la misma manera en que Sherlock Holmes acumula más textos apócrifos que auténticos de su creador –el detective ha aparecido en decenas de novelas, relatos, películas y series de televisión de todas las maneras posibles, en todas los momentos históricos modernos y en todos los países, desde Japón y el Tíbet hasta Brasil o España–, los mitos de Cthulhu se los han apropiado una legión de escritores nuevos que siguen explorando ese fascinante vacío cósmico del que emana un terror insondable.

Hablar de los nuevos textos apócrifos que de una manera u otra se basan en Lovecraft nos daría para un libro, y no para un artículo, así que nos conformaremos con citar algunas obras, muchas de ellas todavía no traducidas al español, como The Night Ocean, de Paul La Farge -que trata sobre un texto falso de Lovecraft que, aparentemente, acreditaría su homosexualidad- o el grueso de la serie Los expedientes de la Lavandería de Charles Stross, que se compone por ahora de nueve entregas, de las cuales la editorial barcelonesa Insólita ha lanzado dos: El archivo de atrocidades y, justo ahora, Jennifer Morgue, textos escritos originalmente en 2006. Rizando el rizo, nos encontraríamos ya con los mash-ups que mezclan el universo de Sherlock Holmes con el de Lovecraft en la trilogía The Cthulhu Casebooks, de James Lovegrove, en la que el sabueso de Baker Street investiga cultos paganos absolutamente terroríficos.

De todos modos, la gran joya de la larga serie de novelas apócrifas o inspiradas en el mundo Lovecraft es la que en unos días publicará la editorial Destino, Territorio Lovecraft, de Matt Ruff, un escritor de fantasía urbana con un elevado estatus de culto que ahora da el salto a una cierta ‘literatura seria’. Territorio Lovecraft es un libro engañoso desde el título, porque la obra de Lovecraft aparece sólo tangencialmente, pero el contenido es brillante porque traslada esa cosmovisión según la cual nuestro mundo está dominado por fuerzas exteriores incontrolables a un terreno muy reivindicado actualmente por la industria americana, que es la de la América negra en los últimos años de la segregación racial.

Como la oscarizada Green Book, Territorio Lovecraft trata sobre el racismo en de Estados Unidos a mediados de la década de los 50 a partir de una familia negra de Chicago que, por motivos azarosas, se ve envuelta en la lucha mágica de poder entre dos logias rivales iniciadas en los misterios arcanos. Y, como en los relatos de Lovecraft, aparecen seres sobrenaturales, libros misteriosos, museos encantados y viajes a otras dimensiones, pero con ese trasfondo de injusticia social reactivado desde hace poco en el imaginario pop americano.

Lo más interesante de Territorio Lovecraft, más allá de la novela –que tiene momentos magníficos–, es lo que puede ser de aquí en adelante cuando se traduzca al lenguaje audiovisual, pues J.J. Abrams ha adquirido los derechos del libro para transformar su contenido en una serie para HBO, que debería estrenarse a lo largo de este año. Y tomando como base el texto, y la visión espectacular de Abrams, el resultado promete –perdón por el juego de palabras– horrores, pues puede ser esa serie de intriga en un territorio encantado con trasfondo sobrenatural que tanto nos impactó en la primera temporada de True Detective. Lo que confirmaría, de paso, que H.P. Lovecraft ha conseguido refutar aquel versículo que escribió pensando en el gran Cthulhu, que yace en el fondo del mar esperando a despertar, y es que, en su caso, por mucho que pasen los eones, su muerte no puede morir. Pasan las décadas y el tipo sigue más vigente que nunca.