Dice Medvic en In Defense of Politicians que hasta cierto punto es normal que estemos desencantados por nuestros representantes. La razón última no es solo sus propios fallos sino, esencialmente, las expectativas que ponemos en ellos y las cosas contradictorias que les demandamos. Queremos líderes fuertes y con un proyecto de país, pero al mismo tiempo les exigimos que estén pendientes de nuestras necesidades. Demandamos representantes que tengan una formación y capacitación excelente, que sean enormemente virtuosos en público y privado, pero a la vez queremos que sean personas parecidas a nosotros. Y, especialmente, queremos que sean fieles e inquebrantables en principios ideológicos y programas electorales, pero, al mismo tiempo, se les demanda que sean capaces de llegar a acuerdos entre ellos, cosa que por definición implica renuncias.

Este último aspecto es particularmente importante por lo que toca al momento presente. La llegada de mayor volatilidad y fragmentación a nuestros sistemas políticos ha obligado a que los partidos tengan que transigir y acordar si quieren gobernar. Esta práctica, que pasa por gobiernos de coalición, por aceptar la limitación de ser minoría en el Parlamento (y su compromiso), ha tardado en llegar a la política nacional. Pese a que esto es una tónica común en el nivel local y municipal, no ha terminado de maridar bien con unas élites que se socializaron en un escenario bipartidista que se ha volatilizado. El sistema mediático, siguiendo al político, ha demostrado también su poca cintura. Cuando los acuerdos no llegaban, se criticaba a la política por su incapacidad (frecuentemente con loas a la Transición). Cuando había acuerdos, entonces la crítica se daba de nuevo, pero esta vez por suponer inaceptables renuncias y traiciones a los ideales de cada partido. Una cosa y la contraria. Perenne insatisfacción. 

No hay ningún indicativo en el horizonte de que vayamos a ver una gobernabilidad más sencilla. Las realidades sociales son mucho más fragmentadas y parciales. En un contexto de cambio tecnológico, de identidades múltiples, la conformación de partidos de mayorías no es sencilla. Se hace más complicada la búsqueda de puntos materiales y de reconocimiento en común. Los interlocutores clásicos que articulaban la sociedad, tales como iglesias y sindicatos, están en claro retroceso tanto en poder social como en tasas de afiliación. La organización a través de movimientos sociales, mucho más evanescentes, es cada vez más frecuente, lo que canaliza nuevas demandas, pero también lo hace menos sostenida. Por tanto, los agentes que agregaban preferencias e impulsaban la política están en cuestión. Muchos de estos cambios son estructurales y comunes a todas las sociedades occidentales. A mi juicio, muchos llevados por la expansión de las clases medias, la alfabetización y las nuevas infraestructuras de comunicación de los últimos 50 años, lo que los hace, hasta cierto punto, irreversibles.

Marcos Martínez

 

El gran retroceso

Esta mayor complicación de gobernar en nuestras sociedades ha coincidido con una preocupante dinámica de retrocesos autoritarios. Pese al optimismo inaugurado por las democracias liberales en los años 90, estas trasformaciones de fondo han desatado toda su fuerza con la llegada de la Gran Recesión. La nueva extrema derecha populista ha ido ganando importancia en cada vez más países, de Italia a Suecia. Cada vez se impugnan de manera más explícita los consensos elementales de nuestras sociedades abiertas y democráticas. Ninguna alternativa parece funcionar frente al extremismo; el cordón sanitario a la hora de gobernar los convierte en las oposiciones más contundentes que capitalizan el descontento en la siguiente elección. Si, por el contrario, se les integra como socios de gobierno, llevan adelante sus políticas de manera reforzada. Por si esto fuera poco, incluso en países de la Unión Europea como Polonia o Hungría los derechos y libertades cada vez están más en cuestión. Se acabó la idea de que la democracia fuera the only game in town.

La situación de España hoy tenemos que verla en este contexto. De hecho, muchos de los cambios que hemos visto durante los últimos años nos han acompasado con lo que ocurre en el conjunto de Europa. Una crisis económica mayúscula, incrementos en la desigualdad y desafección hacia la política que se ha traducido en la decadencia de los partidos tradicionales y el auge de nuevas formaciones. En el año 2015 el 34% de los votos se fueron a dos partidos, Podemos y Ciudadanos, que no tenían representación parlamentaria. Hubo que realizar una repetición electoral y que, finalmente, un partido mayoritario se abstuviera para que el otro pudiese gobernar. Ha habido una crisis constitucional sin precedentes como fue la catalana. Ha habido una moción de censura que derribó al gobierno conservador.  Unos cambios que hacen que nuestro país sea complicado de reconocer si miramos solo cuatro años hacia atrás. Una aceleración del tiempo histórico comparable al de la Transición. Ni Europa ni nosotros somos los mismos que antes de la crisis.

A mi juicio este ciclo de cambio aún está incompleto. Sabemos que tenemos un multipartidismo que seguirá con nosotros en el medio plazo, pero ignoramos con qué fuerza relativa. En un contexto más polarizado, lo que sospecho es que todavía no hemos decidido cuáles son los temas que queremos mantener. Aquel lema de la “nueva contra la vieja política” ha sido enterrado por la lógica de dos bloques ideológicos enfrentados sin concesiones. Con todo, estos años han pasado sin afrontar muchos de los retos de fondo que sigue teniendo el país: nuestro modelo productivo, la desigualdad, la brecha generacional o nuestro papel en el mundo. Mientras que la marejada de la política se acelera consumida por el voraz tiempo de las redes y la furia, las corrientes de fondo permanecen inalteradas. El cambio en España aún no se ha asentado, pero, mientras esperamos que nuestra política deje de estar petrificada mirando atrás como una estatua de sal, el mundo no se detiene. 

Pablo Simón es profesor de ciencias políticas, editor de Politikon e investigador académico en temas como los sistemas de partidos y reformas electorales.