Los defensores de las democracias liberales suelen argumentar que el voto es una poderosa arma en manos de los ciudadanos para garantizar el buen gobierno. Gracias a la celebración periódica de elecciones libres y competitivas, los votantes  pueden disciplinar eficazmente a los políticos y obligarlos a servir los intereses de la sociedad. El voto genera una estructura de incentivos de una lógica muy sencilla: los buenos gobernantes son recompensados con nuevas mayorías en las urnas y los incompetentes o los que solo persiguen su interés particular son expulsados de las instituciones. Si un político quiere evitar sumarse a las filas del INEM no tiene más remedio que evitar el castigo electoral atendiendo las demandas de los ciudadanos.

Esta visión ideal (o mejor dicho idealista) de cómo funcionan las democracias solo se sostiene si se dispone de un ingrediente fundamental: la información. En efecto, los ciudadanos no pueden controlar a los políticos si no disponen de suficiente información veraz, imparcial y de calidad. La información es la luz que nos permite ver y juzgar las acciones de los gobernantes. Sin información, los votantes acudimos ciegos a nuestra cita con las urnas, incapaces de distinguir los buenos de los malos gobernantes. Es por este motivo que la salud de nuestras democracias está directamente relacionada con la calidad de los medios de comunicación y del debate público.

¿Tiene España unos medios de comunicación de calidad? O dicho de otro modo, ¿disponen los ciudadanos de suficiente información veraz para controlar eficazmente a los políticos? La respuesta es que probablemente no. Y eso es así porque el mercado mediático en España se caracteriza por estar particularmente politizado. En términos comparados con otros países de nuestro entorno, en España hay una mayor complicidad entre los medios de comunicación y los intereses de los partidos. Es cierto que existe un pluralidad ideológica en la oferta mediática, pues algunos medios se alinean de forma clara con el partido gobernante y otros con los partidos de la oposición. Sin embargo, esta pluralidad es más externa (si comparamos la oferta de medios de comunicación) que interna (si nos centramos en cada medio por separado). Dicho de otro modo, los quioscos españoles son ideológicamente plurales, pero cada periódico tomado individualmente tiende a ser monocolor.

Marcos Martínez

Como resultado, en España contamos con un sistema mediático particularmente polarizado. Tal connivencia entre los partidos políticos y los medios de comunicación tiene importantes consecuencias para la salud de nuestra democracia. Los individuos tenemos la tendencia natural a exponernos a los mensajes que nos son afines, pues preferimos entornos coherentes, armoniosos y que no nos lleven la contraria. Escuchar voces discrepantes nos genera una cierta incomodidad y rechazo, por lo que tendemos a evitarlas en la medida de lo posible. En un mercado mediático marcadamente partidista como el español, los ciudadanos tienen una gran facilidad para aislarse en una burbuja ideológica, seleccionando eficazmente esos medios de comunicación que raramente incomodarán al consumidor publicando puntos de vista discrepantes.

Además, esta polarización en el consumo de medios se ha acentuado aún más en las últimas dos décadas. Esto se debe no solo a la proliferación de los nuevos medios de comunicación online, muchos de los cuales tienen una clara vocación de especializarse en nichos ideológicos determinados, sino también a la polarización en los medios generalistas convencionales, muy particularmente en la prensa escrita.  Apenas hay lectores de El País que se definan de derechas o lectores de El Mundo que se consideren de izquierdas (en ambos casos en torno a un 15%, según el CIS). 

 

Partidismo mediático

En definitiva, España se caracteriza por tener unos medios de comunicación con una estrecha vinculación con los partidos políticos y por tener unos patrones de consumo muy condicionados por las lealtades partidistas. Hoy los españoles están más atrincherados que nunca. El faccionalismo de los medios de comunicación provoca que los ciudadanos solo se informen por los medios ideológicamente afines y que tiendan a rechazar los mensajes de la trinchera rival. Si, por ejemplo, un medio de derechas revela un escándalo de corrupción del gobierno socialista, los votantes de izquierdas acaban percibiendo que tal información responde a una estrategia de difamación y juego sucio para desacreditar y debilitar al adversario. 

No hay duda que tal polarización tiene importantes implicaciones para la calidad de nuestra democracia. Si los ciudadanos solo se informan a través de los medios de su bando ideológico e ignoran sistemáticamente los mensajes procedente de la otra trinchera ideológica, entonces no es posible controlar de forma eficaz a los gobernantes. La democracia de trincheras fomenta una sociedad de militantes, de ciudadanos comprometidos  y leales con los suyos, de convencidos de sus convicciones, pero incapaces de inducir el buen gobierno. 

Es cierto que existen espacios (como las tertulias políticas) en los que se presentan voces de forma simultánea, distintas sensibilidades políticas. No obstante, incluso en estos formatos  suelen imperar los debates broncos, basados en la confrontación y en luchas desde posiciones extremas. Estos espacios, a pesar de mostrar pluralidad, también son terreno abonado para una democracia de trinchera, pues permiten a la audiencia detectar con facilidad quiénes son los suyos y, por ende, a quiénes deben escuchar y dar crédito. La confrontación desde los extremos no invita a la reflexión y a la reconsideración de las posiciones que cada uno sostiene, sino que solo sirve para reafirmar las convicciones previas y reforzar la idea de un mundo dividido entre amigos y enemigos. 

En definitiva, ¿cómo puede un ciudadano controlar eficazmente a un gobierno si solo recibe o da por válidos los mensajes confirmatorios y coherentes con sus creencias previas? Ciertamente, el principal problema de la polarización y la guerra de trincheras mediática es precisamente que se desposee a los ciudadanos de una información completa y veraz sobre cómo actúan nuestros gobernantes. En una de sus viñetas para eldiario.es, Manel Fontdevila escribía la siguiente reivindicación: “[Queremos] un periodismo independiente y de calidad que diga de forma verídica, contrastada e imparcial exactamente lo que yo quiera oír”. Ciertamente, a todos nos gusta que nos den la razón. Pero las democracias difícilmente pueden inducir el buen gobierno si quienes deben controlarlo solo oyen lo que quieren oír.

Lluís Orriols, profesor de ciencia política en la Universidad Carlos III de Madrid, centra sus investigaciones en el comportamiento electoral y la opinión pública.