El historiador actual se le exige una disposición analítica y prescriptiva de la situación a la que un país ha llegado por la falta de credibilidad de una clase política que se niega a reconocer que toda acción de gobierno lleva asociada una imagen del pasado. Cuando se afirma, por ejemplo, en determinados círculos que la actual división de la sociedad catalana obedece  a la desgraciada reinterpretación de la historia y de los sentimientos que el procés independentista de los últimos años ha inculcado en muchos ciudadanos, se ignora que esa misma situación se vivió ya en ocasiones anteriores. Por consiguiente, creo que para avanzar en la cultura del entendimiento social es necesario saber cuáles han sido los momentos claves en que la sociedad catalana ha emitido juicios de traición a aquellos miembros de su comunidad que no comparten las directrices emanadas del poder político.

El problema es arduo. Comenzaré con una observación que considero esencial: no se gana nada en una negociación con regímenes mentirosos. Lo que en verdad se desea conseguir (poner fin a la división de una sociedad) es, por definición, algo que un régimen fundado en la mentira no puede conceder. Cualquier negociación que se lleva a cabo en tales circunstancias se convierte en un ejercicio de mala fe por al menos una de las partes en conflicto. A eso suele seguirle la confrontación violenta y, en ocasiones, incluso la guerra civil. Por tanto, no basta con dialogar, hay que tener la convicción de que a través de ese diálogo se pueda alcanzar el entendimiento social. 

En el siglo XII, el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, al ver que parte de la sociedad catalana se oponía a su plan de unión dinástica con el Reino de Aragón, habló a sus íntimos, el gran senescal Guillem Ramón y el arzobispo de Tarragona Oleguer, de un amor no correspondido, de una deslealtad de la gente del país. De nada sirvió que creara la doctrina del Principado para conferirle un estatuto político al territorio que hasta entonces había sido un conglomerado de condados patrimoniales, ni que ampliara la frontera hasta el Ebro integrando en ese Principado las taifas de Lérida y Tortosa. La oposición fue firme, haciendo fracasar los intentos de entendimiento social. No hubo nada que hacer por las buenas.  Algo parecido sucedió en la década de 1280 cuando el rey Pedro el Grande se vio duramente atacado por algunos menestrales de la ciudad de Barcelona contrarios a su política en el Mediterráneo.

De nada sirvió la concesión de un código legal tan ajustado a la realidad social como el Recognoverunt Proceres, ni que fueran los ciudadanos de Barcelona los encargados de gestionar el importante tratado de Anagni auspiciado por el papa Bonifacio VIII para poner fin al largo conflicto por Sicilia. El único idioma que querían escuchar era el de la rebelión contra el monarca, que era doblemente inútil en esos años, porque nadie la usaba en la construcción de sólidos estados como la vecina Francia y porque nadie por tanto llegaría a usarlo en la cultura humanística que se estaba gestando por entonces. Así que Dante se vio en la necesidad de censurar esa inclinación a desobedecer los ideales mercantiles de un mundo de horizontes abierto con el famoso “la avara povertà dei catalani”. Hubo diálogo entre las partes en conflicto pero no entendimiento social, y ese fue justamente el problema, porque en otros momentos volvió a repetirse la misma situación. Tras el compromiso de Caspe se alzó una parte de la población a llamar traidores a la burguesía barcelonesa que había apoyado la causa de Fernando de Antequera para hacer posible la recuperación económica del país. O en 1462, cuando una serie de mentiras útiles condujeron a los representantes de la Generalidad a emprender una guerra civil contra el rey Juan II que acabó con la actividad comercial en el Mediterráneo; o en 1622-1623, cuando la disputa por el nombramiento del virrey, al exigir los diputados del General unas concesiones que el rey no podía hacer conforme a la lógica del poder de aquel tiempo, llevó inevitablemente a una larga confrontación y al auge del bandolerismo. O, por poner un caso más reciente que recibió la atención de George Orwell, cuando en 1938 se dictaron medidas represivas para los grupos sociales y los partidos que no quisieron integrarse en el Frente Popular auspiciado por el Partido Comunista. Y así, en otros muchos casos, que he analizado en mi reciente libro Informe sobre Cataluña.

Marcos Martínez

 

La cultura del entendimiento

Las características de esta división en la sociedad catalana representan la zona ancha que exige un esfuerzo por fomentar una cultura del entendimiento, con igual énfasis que una economía sostenible o las ayudas a la dependencia. Hay que fomentar una narrativa competidora en la que puedan encajar dos versiones disímiles. Se trataría de una revolución dentro de las categorías de la política hoy imperantes, y que han conducido a un callejón sin salida. En todo caso, se trataría de marcar una distancia crítica respecto a los dos puntos de partida enfrentados, soberanistas y constitucionalistas.

Esta posibilidad proporcionaría una salida al impás. Una forma de encontrar en el diálogo la sustancia para una nueva época. Si los políticos no son capaces de hacerlo, y se enquistan en sus maneras, se correrá el riesgo de abocar al país a una época pospolítica. Y entonces solo quedaría la historia en calidad de maestra de la vida para defender las categorías propias del entendimiento social que corren el riesgo de ser demolidas en este aferrarse a una solución que margina a la mitad de la población; categorías tales como democracia, libertad, armonía social, prosperidad, respeto. Y entonces la historia se quedaría frente a frente a los intereses personajes de grupos, definidos en términos económicos de las grandes empresas. Para no llegar a esta situación no veo otro medio que replantear completamente la gran narrativa de la política catalana de los últimos 150 años, basada en un modelo de análisis histórico que, visto desde el presente, se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que ha fracasado. En 2018, es preciso reconstruir la comunidad, dar sentido a las divisiones políticas e ideológicas y reafirmar los valores comunes. 

De alguna manera, se necesita un futuro real con el que ilusionarse, ajeno por tanto a las fantasías solipsistas, pero también una historia alrededor de la cual el país pueda unirse. 

José Enrique Ruiz-Domènec es especialista en historia medieval y cultura europea. Acaba de publicar su libro Informe sobre Cataluña: Una historia de rebeldía (777-2017).