“Tu mente es com la mía”, dice Edward Norton citando (parodiando, en realidad) una de las líneas de diálogo de su propio guion, Huérfanos de Brooklyn, película que él mismo ha escrito, dirigido e interpretado y que se basa en una novela de Jonathan Lethem, “siempre en combustión, siempre dándole vueltas a las cosas”.

Acaba de arrancar nuestra conversación telefónica y estas palabras resuenan con convicción y contundencia. Norton recurre a ellas para demostrarme hasta qué punto se identifica con Lionel Essrog, el detective con síndrome de Tourette, su personaje en la película y la figura central de la novela de Lethem. El libro se publicó en 1999 y Norton compró muy poco después sus derechos de adaptación a la pantalla. El proyecto ha tardado 20 años en ver la luz, pero no por falta de empeño por parte de Norton, que se sintió fascinado por la historia desde el principio y siempre pensó que daría pie a una estupenda película.

Tom Craig

La frase que me acaba de citar no la pronuncia Essrog, sino que se la dirige a él un personaje secundario interpretado por Michael Kenneth Williams (tan convincente aquí como en la serie que le dio a conocer, The Wire), pero es una perfecta síntesis de las cualidades del detective enfermo, que padece un síndrome que activa su cerebro de manera inusual y que algunos considerarían un don, aunque tenga que pagar por él un alto precio. Para Norton, esa idea paradójica de que tu principal cualidad puede ser también tu peor maldición fue algo así como la clave para acceder a la esencia de su personaje. “Creo que muchos actores tienden naturalmente a la imitación”, añade Norton, “a fijarse en determinadas peculiaridades en la manera de hablar, de actuar o de moverse de la gente y, sencillamente, imitarlas. Por suerte para mí, yo no padezco lo que podríamos definir como el aspecto paralizante del síndrome de Tourette, pero sí puedo conectar con la incontinencia verbal y la hiperactividad desordenada y creativa que es habitual en algunos de los que lo sufren. De hecho, creo que utilizo la interpretación para canalizar de manera saludable ese aspecto de mi personalidad. La interpretación consiste en ser creativo y jugar con las palabras”.

Su reflexión me suena convincente. Después de todo, muchos de los actores con los que he tenido la oportunidad de hablar parecen considerar que su “don” es también fuente de ansiedad y de sufrimiento. Sin embargo, el efecto que me produce la cita de Norton, con el que hablo por teléfono mientras él está en Colorado, presentando Huérfanos de Brooklyn en el prestigioso festival de cine de Telluride, es el de estar presenciando de nuevo la película, que tuve la oportunidad de ver en un pase privado hace dos semanas y que me dejó huella. Esa cita en concreto me hace pensar en el estado mental en que parece que estamos instalándonos todos últimamente, esa actividad desordenada, ese estado de alerta continuo que nos impulsa a reaccionar en caliente a todo tipo de estímulos que resultará familiar, por ejemplo, a cualquiera que siga de cerca la actualidad a través de redes sociales como Twitter. Creo que somos muchos los que nos reconocemos en la verborrea compulsiva de Lionel Essrog y en la velocidad desbocada y el desorden fértil de su mente. Y tal vez por eso resulta fácil identificarse con la película, con el personaje y con la intensidad dolorosa con la que Norton lo interpreta.

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Norton ha dedicado una parte sustancial de su carrera a interpretar a personaje en apariencia tranquilos pero con una corriente volcánica subterránea (sin ir más lejos, en El club de la lucha, de 1999, uno de sus papeles más recordados), pero en nuestra charla telefónica solo aprecio una tranquila cordialidad, sin el menor indicio de “combustión” interna. Más bien me parece un conversador inteligente, afable y muy receptivo a los puntos de vista de su interlocutor, cualidades que hacen que hablar con él resulte natural y placentero. Sus ocasionales pausas y silencios me permiten, como en toda buena conversación, paladear esa voz tan familiar para cualquiera que sea aficionado al cine, apreciar matices como esa calidez que delata una cierta vulnerabilidad y una suave tendencia al humor sarcástico. Las pausas me incitan, además, a tratar de seguir los meandros de su pensamiento con una cierta intriga. Y no siempre resulta fácil intuir qué está pensando y por dónde saldrá a continuación.

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Huérfanos de Brooklyn es una película excelente (todo un logro creativo si consideramos que se trata de la segunda película que dirige Norton tras su lejano y no del todo memorable debut con Más que amigos, en 2000) y, además, todo un festín para cinéfilos en los que la memoria histórica conviva con el gusto por lo “nuevo”. Norton ha rendido homenaje al cine negro en su vertiente más clásica, con esa voz en off sombría y escéptica, esa banda sonora en la que predomina el jazz suntuoso al estilo de los años 30 y ese guion retorcido y bizantino que gira en torno a las intrigas de un grupo de polis corruptos. Hay violencia, hay atmósfera, hay suspense, hay un sentido tributo a la historia del cine y hay también detalles que dan pie a una lectura en clave contemporánea. El villano (aunque, como sucede en grandes clásicos del cine negro como Chinatown o Sed de mal, conformarse con llamarle villano resulte en este caso injusto y reduccionista) lo interpreta un Alec Baldwin en estado de gracia y se basa sin apenas disimulo en Robert Moses, el magnate del sector inmobiliario que tanto contribuyó a darle forma a la Manhattan del siglo XX. Aunque el recuerdo de Moses y sus expeditivos métodos está muy presente tanto en la película, al ver la creación de Baldwin es imposible no pensar en otro gran magnate neoyorquino célebre por su racismo, su misoginia y su orgullosa chabacanería y que tanto está dando que hablar en ellos últimos años.

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“Aunque parezca mentira, el guion lleva acabado desde 2012”, me cuenta Norton cuando le hago notar este paralelismo, evidente para mí, que hace que la película resulta bastante más “actual” de lo que sus creadores pretendían. “Por entonces, Obama acababa de ser reelegido, y yo pensaba muy sinceramente que por fin estábamos dejando atrás la vieja política estadounidense y ese Nueva York corrupto y zafio que muestra la película”. Norton ríe con una cierta amargura antes de aclararme que, en cualquier caso, el magnate de la película, que no aparece en la novela, es un personaje de ficción que podrá tener sus equivalentes aproximados en la realidad, pero que en ningún caso pretende ser una versión encubierta ni del actual presidente de los Estados Unidos ni de nadie en concreto. “La ficción te concede el privilegio de crear con plena libertad. Por eso en Chinatown convirtieron al legendario empresario californiano William Mullholand en un personaje de ficción llamado ‘Hollis Muwray’ y Orson Welles, en Ciudadano Kane, prefirió contarnos la biografía ficticia de ‘Charles Foster Kane’, un hombre que se parecía a William Randolph Hearst pero no era él. No te voy a engañar, a Alec Baldwin le dije que su personaje estaba parcialmente basado en Robert Moses, pero también en el político racista sureño Strom Thurmond y en otras personas por el estilo”.

Sin duda. Pero cuando le insisto en que la decisión de trasladar el marco temporal de la novela de Lethem de la década de 1990 a la de 1950 me parece bastante inusual, Norton me sorprende exhibiendo un profundo conocimiento de la historia contemporánea de Nueva York y de los Estados Unidos, lo que me hace recordar un aspecto poco divulgado de su biografía: que, aunque no acabó sus estudios, sí que cursó varios años de esta disciplina en la prestigiosa universidad de Yale. “Creo que el cine negro es un instrumento perfecto para hurgar en las profundas contradicciones de la Pax Americana, ese supuesto periodo de prosperidad, felicidad y crecimiento permanente que hoy tenemos mitificado pero que dejó muchos cadáveres en el armario. Cuando un espectador actual ve Chinatown, es muy posible que tenga en cuenta que, a pesar de que está ambientada en los años 30, la película se hizo en los años 70, cuando perdimos la guerra de Vietnam y el escándalo Watergate estaba en pleno apogeo. De alguna manera, la visión que la película de Polanski ofrece de los años dorados de la expansión inmobiliaria en el área de Los Ángeles está impregnada del cinismo y la desilusión que los 70 trajeron a nuestro país. Chinatown no trata ni de la corrupción moral de Nixon ni del desastre de Vietnam, pero todo eso estaba ahí, de manera implícita, y perdérselo equivale a no entender de verdad ni el subtexto ni las implicaciones de la película, que pretende contar como la prosperidad de los Estados Unidos se erigió sobre un crimen de proporciones masivas”.

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Cierto. Y la verdad es que gran parte del atractivo de Huérfanos de Brooklyn es que se trata de una película de época que puede leerse en clave contemporánea, porque aunque ofrece un retrato muy preciso y exacto de los años 50 también conecta a nivel emocional y dramático con lo que ha ido ocurriendo en el mundo en la última década. A Norton siempre le ha interesado especialmente que en su carrera abunden las películas de este tipo, las ambiciosas, las que se prestan a lecturas ricas y tienen algo relevante que decir sobre el contexto en que se realizan. “En Estados Unidos”, me cuenta, “hemos caído en lo que un buen amigo mío latinoamericano que trabaja en Univisión describe como “el problema del Gran Hombre”. Nos hemos rendido al carisma agresivo de los individuos que tienen la desfachatez de decirnos que son excepcionales, que ellos y nadie más que ellos son la solución a todos nuestros problemas”. A medida que repasamos juntos algunos de los papeles más destacados de su carrera, de El club de la lucha a Birdman pasando por American History X, Norton hace referencia una y otra vez a su noción de éxito a largo plazo, que no consiste en conseguir notoriedad gracias a una película en concreto, sino más bien en construirse paso a paso una carrera coherente y en progresión, asumiendo riesgos, aceptando el fracaso como una posibilidad y planteándose una y otra vez el tipo de retos inherente a todo proceso creativo. “El rodaje de El club de la lucha”, me explica, “fue extraordinariamente divertido. Nos lo pasábamos en grande. Vivíamos en una burbuja, Brad [Pitt], Helena [Bonham Carter], David [Fincher] y yo. Nos partíamos de risa, y pensábamos que aquella atmósfera de camaradería y de diversión se iba a notar en la película”. A la larga, aquella adaptación de una brutal (en todos los sentidos) novela de Chuck Palahniuk se convirtió en una de las películas esenciales de los 90, todo un clásico de culto, pero en el momento de su estreno recibió críticas para todos los gustos. “Supongo que mucha gente se sintió amenazada por la película, por su aparente crudeza, y se la tomó demasiado al pie de la letra”, opina Norton, “no supieron ver lo gamberra y divertida que es en realidad”.

Cuando volvemos a su personal noción del éxito a largo plazo, Norton me cuenta una anécdota deliciosa del director checo Milos Forman (con el que Edward tuvo la oportunidad de trabajar en 1996 en El escándalo Larry Flint), al que al parecer presionaron para que cambiase el final de su obra maestra Alguien voló sobre el nido del cuco, estrenada en 1975. Forman lo consultó con tres colegas directores, ni más ni menos que Steven Spielberg, George Lucas y Steven Spielberg, y cada uno de ellos le ofreció una solución distinta, todas ellas incompatibles entre sí, así que Forman se reafirmó en su idea original y decidió hacerlo a su manera. Esta claro que a Norton no le interesan en absoluto los criterios convencionales de éxito que se manejan en Hollywood. Lo que él llama “mentalidad de blockbuster” le parece el perfecto ejemplo de lo que debe evitarse si de lo que se trata es de hacer cine que valga la pena, cine que aporte algo sustancial al espectador.

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Para Norton, un ejemplo de integridad artística y talento cinematográfico es Spike Lee, “uno de los directores más grandes de las últimas décadas”. Dedicamos unos minutos a recordar lo que supuso ver en 1989 Haz lo que debas, la película con la que muchos integrantes de la llamada Generación X se asomaron a una versión del gran cine que reflejaba sus propias inquietudes, las de su época. “Si me das elegir entre hacer muchas películas o hacer solo unas pocas, pero con la energía, la calidad y el profundo impacto social, moral y político del cine de Spike Lee, me quedo con la segunda opción sin dudarlo. No quiero hacer películas que sean el equivalente a la leche de soja: insípida y sin verdadero valor nutricional”. Norton se ríe de su propio chiste y salta, a continuación, a la obra de otro de sus héroes: “También amo las películas de Paul Thomas Anderson, que para mí son las indiscutibles obras maestras de mi generación. A algunas personas les gustan y a otras no, pero a largo plazo son de las pocas películas que de verdad cuentan. Estamos inmersos en una especie de conversación cacofónica en la que cada uno da sus argumentos y cuesta entender los que tienen valor y los que no, pero en cuanto pasa el tiempo y ganamos un poco de perspectiva, lo que vale la pena permanece y lo que no se esfuma sin dejar rastro. Pasa en el cine y en todo”.

Norton siempre ha concebido su trabajo de esa manera. Se ha esforzado en perdurar. De hecho, ya en su primer papel, el de un chaval del coro de una iglesia acusado de asesinar a un sacerdote en Las dos caras de la verdad (1996), parecía un actor cuajado, capaz de interpretar de manera sólida, con poderío pero sin pirotecnia. Todo estaba ahí desde el principio. La presencia imponente, la capacidad de seducir a la cámara, la tensión y la violencia subterráneas, la capacidad para sugerir sin esfuerzo duplicidad y ambigüedad moral, cubriendo de manera relajada y precisa todo el arco que va de la ternura y la vulnerabilidad a la crueldad y la vileza. La belleza de su arte interpretativo está en lo fácil que resulta para el espectador creerse a sus personajes, comprar lo que Norton consigue vendernos. En cierto sentido, Norton tiene un talento singular que, además, siempre parece estar dispuesto a poner al servicio de la película. No es uno de esos actores dominantes que intentan apabullar con su presencia en todas las escenas en que participan, prefiere manejarse con sutileza y gestionar bien los matices.

En cerca de 25 años de carrera, Norton ha hecho papeles de todo tipo, de monitor de un grupo de excursionistas (en Moonrise Kingdom, 2012) a abogado comprometido con la libertad de expresión (en El escándalo Larry Flynt), sin olvidarnos del presentador de un programa infantil al que dio vida en Death to Smochy (2002), o al ladrón de Un golpe maestro (2001). Podríamos a atribuir semejante variedad en sus elecciones a las ganas de intentar cosas nuevas y, sobre todo, a que no se resigna a encajar en la imagen estereotipada de la estrella de Hollywood. Él opina que la integridad artística pasa por asumir papeles incómodos, desafiar las expectativas del público y salir una y otra vez de su propia zona de confort. Palabras como ‘polémico’, ‘radical’ e ‘iconoclasta’ afloran en su conversación cuando se refiere a gente a la que admira, como Fincher o Lee. En un momento determinado, se queja del tipo de ocio pasivo que ofrecen ahora mismo tanto la mayoría de las producciones de Hollywood como el grueso de las series de esta supuesta edad de oro de la televisión: “Queremos que los espectadores vivan en los mundos de Matrix, les tratamos como a autómatas lobotomizados y solo aspiramos a que se sienten en la oscuridad con los cerebros apagados a ver qué tenemos que ofrecerles”.

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Pese a todo, Norton tampoco es de los que rechazan el estrellato por una cuestión de principios. En su carrera ha habido hueco también para producciones comerciales de simple entretenimiento como El increíble Hulk, la saga Bourne o El dragón rojo, película en la que recogía el relevo de Jodie Foster en su intento de atrapar al escurridizo Hannibal Lecter, al que interpretaba Anthony Hopkins. “Los actores dependemos de los bolos que nos van saliendo”, admite Norton, “a veces podemos elegir y otras nos toca conformarnos con lo poco que se nos pone a tiro. Algunos papeles los aceptas porque necesitas trabajar y quieres cobrar el cheque que te ofrecen y otros te aportan menos dinero pero más satisfacciones personales o la posibilidad de hacer algo distinto. Creo que lo mejor que te ofrece el cine es la posibilidad de ser una especie de nómada a sueldo que va de un lado para otro aceptando encargos y viviendo experiencias”.

Esta última frase la pronuncia con lo que, al menos a mí, me suena como un punto de humildad y de sentido común. Por mucho que se refiera con admiración a los artistas que considera polémicos, iconoclastas y radicales, no hay en Norton ni rastro de condescendencia o de arrogancia cuando habla de “hacer bolos” o de conformarse con lo que te ofrecen. Por mucho que insiste en su voluntad de hacer cine que sea verdaderamente nutritivo y en el cansancio que le provocan las películas comerciales, lo cierto es que también se le dan muy bien esos papeles supuestamente alimenticios. Es más, es capaz de aportarles algo distinto, genuino y con sustancia. Sin embargo, a medida que avanza la conversación, volvemos una y otra vez a las películas que ha hecho con Spike Lee, con David Fincher, con Wes Anderson. Esas constituyen, para él, la médula de su carrera, lo mejor que ha sido capaz de hacer, la esencia de su trabajo. Casi todos esos papeles tienen en común un cierto grado de ambigüedad moral, un sentido de la ética complejo o resbaladizo que les conduce a ser capaces de lo mejor y de lo peor. Así eran el skinhead racista al que interpretó en American History X, el insomne convertido en terrorista esquizofrénico de El club de la lucha o incluso a Lionel Essrog, un personaje de moral algo menos dudosa pero cuya simpatía instantánea ha sido Norton capaz de compensar con una atención preferente a los matices y la gama de grises.

“Seguro que has visto No Direction Home, el documental de Martin Scorsese sobre el joven Bob Dylan. Hay un momento en que periodista le pregunta por el significado de sus canciones y Dylan le contesta: “Pues la verdad es que no lo sé. Yo me limité a escribirla. ¿Qué significa para ti?”. Tras contarme la anécdota, Norton hace una pausa teatral, como rindiendo tributo a la sabiduría de Dylan, a su voluntad de proteger sus impulsos creativos, y a continuación empieza a hablar de nuevo. “Hace poco fui al festival de cine Shanghái a presentar una retrospectiva de mi carrera. Cuando acudes a algo así, te das cuenta de que hay películas tuyas que a lo mejor tú ya has olvidado pero que siguen teniendo una vida útil. La gente sigue viéndolas y pensando en ellas. Yo no sé nada de chino, pero tras pasar unos días en Shangai me di cuenta de que había una serie de caracteres que se repetía en el póster de casi todas las películas. Le pregunté a mi traductor que quería decir esa frase y me dijo: “Bueno, es un resumen del tema principal de tus películas”. Me quedé estupefacto. “¿En serio? ¿Y cuál es ese tema?”. “Según ellos: La búsqueda que la nueva generación hace del sentido espiritual de la existencia”. No podía creerlo. Me eché a reír y el traductor se rió conmigo. ¿En serio es ese el sentido de todas mis películas? No sé, pero la verdad es que me gustaría que así fuese. Es una frase estupenda”.

En realidad, la ‘nueva generación’ a la que hacía referencia esa frase ya ha sido a estas alturas suplantada por una aún más nueva. La Generación X a la que pertenece el actor ya no es precisamente joven y no tiene la iniciativa en términos culturales, pero el propio Norton sigue buscando a su manera el sentido moral de la existencia. A él no le resultan en absoluto ajenas las lecturas en clave generacional de las grandes películas. Según me cuenta, Dave Fincher, Helena Bonham Carter, Brad Pitt y él veían El club de la lucha como la El graduado de la generación X: “Piénsalo: es un triángulo amoroso y moral en el que Tyler Durden es la señora Robinson, Maria es Elaine y mi personaje es Benjamin”. Al notar mi escepticismo, y  renunciando a llevar la analogía demasiado lejos, Norton cambia de tema y vuelve a la búsqueda espiritual. “Es cierto que me he visto arrastrado a personajes que reflejan el espíritu, la insatisfacción de su época”, concede, “gente problemática, sometida a fuerzas en conflicto y que debe esforzarse por decidir qué clase de persona quiere llegar a ser”. Es una buena reflexión, y el entrevistado la completa reconociendo que su generación, la de la dichosa X, fue tal vez la primera en retrasar más allá de lo razonable la transición a la edad adulta, y que muchas de las películas en que ha participado, empezando por Huérfanos de Brooklyn, tratan precisamente de eso”.

No parece que en el Hollywood contemporáneo (ni, en general, en la cultura de consumo contemporánea) quede mucho espacio para seguir abordando este tipo de inquietudes. El cine actual está dominada por películas de superhéroes, por espectáculos escapistas y un tanto vacuos, de manera que una ficción delicada e intimista como Huérfanos de Brooklyn casi parece un producto fuera de contexto. Norton arrastra una cierta reputación de actor problemático, con el que trabajar no resulta fácil, una leyenda azuzada por los supuestos roces que tuvo con el director Tony Kaye durante el rodaje de American History X o sus desencuentros con Marvel en El increíble Hulk. El tema sale a flote durante nuestra charla, y Norton consigue darme la impresión de que esos desencuentros, si es que de verdad existieron y tuvieron verdadera importancia, pudieron deberse más al compromiso del actor con su profesión que con algún tipo de terquedad, arrogancia o falta de actitud colaborativa por su parte. Danny DeVito, que le tuvo a sus órdenes en Death to Smoochy y viene siendo amigo suyo desde entonces, suscribe esta versión de los hechos: “Yo ya tenía una estupenda opinión de Edward como actor antes de que surgiese la oportunidad de que coincidiésemos en esa película. Pero durante el rodaje me sorprendió lo dedicado, inventivo y colaborativo que es, lo fácil que resulta trabajar con él”. Tal vez el problema sea que Norton tolera con dificultad la degradación que han sufrido algunos de los productos del Hollywood reciente, pero, como él mismo apunta, se trata de una realidad a la que vamos a tener que acostumbrarnos, ya que cuando el estándar político y moral de una sociedad cae en picado es inevitable que el artístico lo haga también.

En la recta final de nuestra charla, afloran temas tan interesantes como la admiración que siente Norton por Rojos (1981), una monumental película con la que Warren Beatty quiso rendir homenaje al periodista bolchevique John Reed y al resto de izquierdistas radicales que hicieron causa común con la Unión Soviética después de la revolución rusa de octubre de 1917. Norton parece tener muy en cuenta lo mucho que se parece la película de Beatty a la que él está a punto de estrenar: ambas han sido dirigidas por un actor, son extraordinariamente ambiciosas tanto a nivel de producción como en un sentido artístico, ambas cuentan un periodo relativamente oscuro de la historia de los Estados Unidos con la pretensión de evaluarlo de nuevo y contribuir a la  recuperación de la memoria histórica y ambas pretenden ser películas inteligentes, complejas, ‘cerebrales’. 

“Era importante para mí que Lionel no acabase enredado en sus propias contradicciones”, explica Norton en referencia a la escena final de Huérfanos de Brooklyn, un desenlace del que no daremos más detalles, “aunque en uno de los primeros borradores del guion el personaje acababa dejándose arrastrar por el cinismo y la falta de valores en que vive inmerso, al final decidí que resultaría mucho más emotivo y tendría mayor impacto en el espectador si se imponía la parte positiva de su personalidad y era capaz de dejar el cinismo atrás para conectar con otros seres humanos”.

Si hay una moraleja en la película (y, en general, en muchos de las que ha hecho Norton hasta ahora) está en que esa visión cínica del mundo, esa ironía autorreflexiva y escéptica tan propia de la generación X, puede ser dejada atrás si la combates de manera honesta, si te esfuerzas en entender qué puedes aportarle a los demás y cuál podría ser tu manera personal y constructiva de convertirte finalmente en un adulto.

En cuanto Norton cuelga el teléfono, la frase que me citó al principio de nuestra conversación sigue resonando en mi cerebro: “Tu mente es como la mía”. Cualquier persona creativa, cualquier ser humano con sentido de la empatía y dispuesto a comportarse de una manera ética en esta encrucijada global de mezquindad y egoísmo en que estamos sumergidos en este 2019, estaría orgullosa de tener una mente como la de Edward Norton.