“Creo que el movimiento moderno tendió a ignorar el sentimentalismo de las personas. Tener la razón intelectualmente no siempre justifica hacer algo; las emociones también cuentan. Nuestro oficio nos da la oportunidad de poner estas emociones en perspectiva”. Ese “nuestro” en su respuesta hace referencia a David Chipperfield Architects (DCA); el «yo», en concreto, al tipo inglés que da nombre al estudio internacional que fundó en Londres, en 1985, y que hoy día también cuenta con oficinas en Berlín, Milán y Shanghái. Llegamos a la sede de DCA en Berlín para entrevistar a sir David, la persona, pero él responde invariablemente a las preguntas haciendo referencia a Chipperfield, el colectivo.

Eva Tuerbl

En lo que respecta a la emoción, el despacho de arquitectura es famoso por su forma de concebir los edificios como contenedores y lienzos para la memoria. Su obra abarca proyectos situados entre la reconstrucción y la rehabilitación, como el nuevo plan maestro elaborado el año pasado para la Real Academia de las Artes —todavía ubicada en Burlington House, en un edificio del siglo XIX— hasta construcciones totalmente nuevas, como The Bryant, una elegante incursión en el género de los rascacielos en Manhattan. Una de las obras más emblemáticas de DCA, inaugurada en 2009 tras un largo proceso de 16 años que trajo mucho revuelo, sigue siendo la reconstrucción del Neues Museum de Berlín.

De la estructura, un intricando barco de Teseo fabricado en ladrillo que se remonta a 1855, solo quedaban ruinas y se restauraron todas sus salas y añadidos. Diez años después, DCA acaba de entregar las llaves de un edificio totalmente nuevo, el James Simon Galerie, también ubicado en la Isla de los Museos de la ciudad, un espacio declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco; y también —como testigo de los desfiles nazis, las bombas de los aliados y la caída de Alemania del Este— un almacén olvidado de la memoria colectiva de Alemania.

Eva Tuerbl

El éxito de estas obras concretamente en Berlín es el motivo de por qué la palabra que se emplea con mayor frecuencia para hacer referencia a Chipperfield es “contexto”, a menudo como parte de la frase “consciente del contexto”. Se antoja un término equivocado, puesto que toda buena arquitectura debería ser consciente del contexto o, mejor dicho, contextualmente relevante. Lo que resulta particular de este arquitecto y de su obra, sin embargo, es la implicación sumamente precisa y duradera, no solo con un lugar y su entorno físico, sino con las personas, los materiales y las historias a él asociadas. “Con el Neues Museum fuimos testigos de una actitud emocional de la ciudad consigo misma y hacia los edificios con los que tiene una relación histórica. Esto siempre ha formado parte de nuestra reflexión, incluso antes de este proyecto”. Además, a diferencia de otros coetáneos que han adquirido la categoría de starchitects, la dimensión emocional de la producción arquitectónica de Chipperfield rara vez toma forma de escenografía dramática. Más bien se caracteriza por un sentido extraordinario de la moderación, y también de la paciencia; esta última representada por el lento y tedioso proceso de (re)construcción de los edificios.

“Me dan mucha envidia las obras de teatro, donde hay algo que puede identificarse como un momento ‘final’”, explica. “En nuestro caso, es algo más parecido a ‘sí, está inaugurado, pero las puertas aún no están acabadas del todo; todavía no han pasado a la segunda fase...’”. Incluso cuando está inaugurado, tienes una extraña y duradera relación con un edificio”.

simon menges

Nacido en Londres en 1953, Chipperfield pasó parte de su infancia en un condado rural llamado Devon, un entorno que él recuerda ”muy táctil” y del que afirma tener “muchos recuerdos de objetos físicos y espaciales”, pero del que no se arrepiente de haberse marchado cuando llegó a la adolescencia para convertirse “en un animal urbano”. Después llegarían los estudios en la Kingston School of Art y la Architectural Association School of Architecture. Durante la primera época de su carrera, con encargos de interiorismo de tiendas y residencias, así como con varios proyectos en Japón a a sus espaldas, Chipperfield ya mostraba un afecto por la moderación.

Eva Tuerbl

En su libro Theoretical Practice (1994), escribió que los límites eran “el latente poder de la arquitectura”. Aunque ha dedicado sus 25 años de práctica a trascender límites, desde lo interdisciplinar a lo internacional, el arquitecto sigue fiel a su tesis, argumentando que «la verdad de todas las cuestiones creativas es que tenemos que manipular los límites nosotros mismos. Los límites son los que elegimos. Se tiende a ignorar las cosas por las que no quieres estar limitado”.

Pero admite que, a día de hoy, a las puertas de una nueva década, hay algunos límites que no pueden ignorarse, ni los arquitectos ni nadie más: “Los problemas a los que tendremos que enfrentarnos cada vez más, como el cambio climático, suponen que vamos a tener que aceptar más regulación”. Esta actitud contradice la maquinaria de relaciones públicas basada en la imagen que rige la arquitectura contemporánea, siempre sedienta de obras que desafían la gravedad. “Técnicamente, hoy día podemos hacer cualquier cosa; podemos hacer que un edificio esté bocabajo, pero ¿por qué? Hoy los límites son más intelectuales que técnicos. Hace un siglo, la arquitectura siempre intentaba sobrepasar los límites. Hoy podemos construir estructuras de cualquier altura, del menor grosor posible, con todo el cristal que queramos. La pregunta hoy día es: ¿por qué deberíamos hacerlo? El límite no solo es el hecho que te impide ir más allá, es la idea de haber decidido que no debes ir más allá”. Hace una pausa. “Desconfío mucho del diseño como un fin en sí mismo”.

Eva Tuerbl

La noción de idoneidad de Chipperfield está muy relacionada con el hecho de que sea hijo de una generación de arquitectos que creían que diseñaban algo más que el mero entorno construido. “Después de la guerra, todo el mundo construía una sociedad nueva. Profesionalmente, la formación estaba basada en la idea de hacer del mundo un lugar mejor”. Se trata de una doctrina que, a su parecer, hoy está en conflicto con la forma con que se practica gran parte de la arquitectura en su país natal. “El sector privado, en lugar del Estado, se ha convertido en el patrón y todo aquello que solía ser el sustento cotidiano de los arquitectos — la vivienda social, las bibliotecas— ha desaparecido, porque el sector privado no tiene interés en construirlo. Como arquitectos, vamos como pollos sin cabeza, intentando ‘hacer el bien’, pero cada vez tenemos menos oportunidades.

Tenemos grandes momentos, las catedrales de la cultura y demás, pero, en cuanto que arquitectos, nos gustaría estar más implicados en las cosas que mejoran la vida de todo el mundo”. Chipperfield, sin embargo, parece estar contribuyendo a esto algo más que la mayoría. Es el caso, por ejemplo, de su experiencia ayudando a establecer la Fundación RIA, en Galicia, que a aúna a políticos, residentes y científicos para “apoyar un desarrollo holístico ” junto a la ría de Arousa. En 2002, Chipperfield construyó una casa para su familia en el litoral de Corrubedo, un pueblo de pescadores gallego, y así comenzó “una extraña relación accidental con una parte muy intensa del mundo” y una oportunidad para contribuir a la planificación futura de un contexto local, cuando su perfil profesional adquirió notoriedad en todo el mundo.

Eva Tuerbl

También existe un hilo conductor que deriva de otra relación menos accidental con otra parte intensa del mundo, si bien el arquitecto se apresura a desvanecer toda credencial ecológica. “No diría que nuestra llegada a la restauración y la reconstrucción se deba directamente al cambio climático, ni por haber adquirido una mayor responsabilidad con la sostenibilidad; más bien ha coincidido con el tema de Berlín”.

Y así volvemos de nuevo a la capital alemana. Después de tres décadas en el negocio, Chipperfield ha construido en todas partes, desde Bélgica a China, y se ha implicado en diversas obras en España e Italia, pero ningún otro lugar ha resultado ser tan esencial para su obra y para el desarrollo de su estudio como Berlín, célebre por estar condenada a ser cada vez más y nunca serlo del todo. Por eso, a menudo se ha vinculado su carácter británico al territorio alemán, aspecto que conecta con la cúpula del Reichstag de 1999 realizada por su compatriota y antiguo colega, sir Norman Foster.

Eva Tuerbl

Esta narrativa parecía fiable a lo largo del tiempo gracias a su cronología afianzada y unidireccional de progreso y fraternidad continental. Pero estamos en el universo posterior al referéndum del Brexit, donde Europa y su política han adquirido nuevos vicios. Chipperfield ha trabajado en tantas ocasiones en Alemania la concibe casi como tierra natal, y por eso la paciencia y la moderación que impregnan su arquitectura no se extienden a sus sentimientos sobre este asunto como europeo comprometido. “¿Dónde está la prueba de que las relaciones cercanas que tenemos con nuestros vecinos nos hacen más mundanos, más pobres? ”, preguntó en una carta abierta al Royal Institute of British Architects en abril del año pasado, un escrito más de tantos que ha publicado desde 2016, en el que afirma: “No cabe duda de que, como arquitectos y urbanistas, entendemos mejor que la mayoría los desafíos de desarrollo de nuestra época”. Da la casualidad de que entrevistamos a Chipperfield durante la semana en que Theresa May sufrió el mayor revés parlamentario de los últimos tiempos al someter a votación el acuerdo del Brexit en Westminster. Hoy, con Boris Johnson en el poder, parece que la segregación es un hecho inmediaro. La ira de Chipperfield ante las broncas que se suceden solo se ve atenuada por una profunda sensación de hastío. “Todo el mundo pregunta ‘¿cómo afectará a tu negocio?’. Bueno, pues, a tomar viento eso. Para nosotros no es un gran obstáculo; si tenemos que trasladarnos a Berlín o a Milán, no hay ningún problema. Pero no se trata de eso. Luego la gente pregunta: ‘Entonces, ¿por qué te quejas tanto?’. Pero no es algo que tenga que ver conmigo; el mayor problema es cultural y en las consecuencias que tendrá el Brexit en la sociedad”.

A finales de este año, DCA finalizará otro proyecto prominente en un edificio histórico de Berlín, una rehabilitación de cinco años de la Neue Nationalgalerie de Mies van der Rohe, una obra maestra modernista de acero y vidrio que se inauguró en 1968. Con el éxito de lo hecho por Chipperfield en la ciudad, cuesta imaginar que esta tarea se hubiera podido confiar a otra persona. Trabajando junto al nieto de Mies, Dirk Lohan, en el último templo con la máxima de “menos es más”, supone que la mano del arquitecto deberá moderarse más que nunca: “Una vez que lo volvamos a colocar todo en su sitio, nadie será consciente de la tarea hercúlea que ha supuesto”. Es una afirmación que encaja con un arquitecto que, aunque le asignen encargos por la trascendencia que imbuye a los proyectos, siempre procura que su trabajo esté subordinado al contexto. “Tan pronto como un edificio pasa a formar parte de la naturaleza, te sientes mucho más cómodo. La idea de que sea tuyo... me resulta muy incómoda”.

El proyecto arquitectónico ha demostrado una vez más ser una oportunidad para poner las emociones en perspectiva, tanto los recuerdos que tiene una ciudad de un edificio concreto como los recuerdos que rodean a los distintos contextos con los que Chipperfield está implicado personalmente. “Vuelvo a dar gracias a Dios por el clima cultural que existe en Alemania, porque no creo que hubiera sido posible hacer algo así en las condiciones de ahorro de costes y de gestión de proyectos que hay en Inglaterra”. Le gustaría que los plazos que le han concedido en proyectos como este no fueran la excepción a la regla: “En Londres, planificar el trabajo puede ser como ir al supermercado cada día cuando no te queda nada en la nevera”.

Eva Tuerbl

Estas diferencias ponen de relieve por qué una filosofía colectiva sigue siendo tan importante para Chipperfield y DCA. A gran escala, esto implica que cada estudio reconozca aspectos de la cultura de sus colaboradores que podrían ser provechosos: a Berlín le vendría bien el dinamismo de Londres; Londres podría mejorar sabiendo qué se traen entre manos en Milán. Y, a una escala más pequeña, supone asegurarse de que los arquitectos a su cargo prestan atención a su propio contexto, como ha hecho Chipperfield durante toda su carrera: “Si te despistas, llegan por la mañana, van a su escritorio y se ponen a trabajar en su idea, sin analizar nada más”.

En el camino de vuelta por el recinto de Berlín, que también cuenta con una residencia privada para Chipperfield, señala la Kantine: una cantina que no solo está destinada a los empleados de DCA, sino a cualquier persona que pase por el patio abierto del distrito de Mitte. Kantine tiene el estilo característico de Chipperfield en su simplicidad de materiales e idoneidad contextual: un espacio limpio con paredes de hormigón, iluminado por ventanas que van del suelo al techo y los menos muebles posibles. Al margen de los detalles arquitectónicos característicos, también es muy reconocible la relación que entabla con sus vecinos — hablando tanto de edificios como de personas— al poner de manifiesto su convicción de que, como arquitecto, “incluso de la forma más modesta posible, siempre intentas buscar oportunidades para el compromiso social”.

Eva Tuerbl