Haciendo honor a sí misma, la mirada entrecerrada de Aura Garrido (Madrid, 1989) desprende esa cosa magnética e indescifrable a medio camino entre la candidez y la firmeza de las verdades sin florituras. Especialmente si sonríe, lo cual sucederá sin cesar a lo largo de esta conversación. Aura es eso: un soplo de naturalidad exento de clichés. Sucede que, por exigencias de su intuitivo guion, la actriz madrileña prefiere someter todas sus certezas a juicio. Ella no da nada por sentado: “La autocrítica tiene mucho que ver con saber gestionar los miedos”. 

Durante la sesión de fotos, en el salón principal del restaurante El Imparcial Madrid (Duque de Alba, 4), se imponen tres elementos: la luz natural, el estilo y la sintonía de todo el equipo con la protagonista. No es para menos, la actriz asume con profesionalidad y grandes dotes de improvisación el reto de encarnar, por unas horas, el espíritu de referencias masculinas de nuestro cosmos contemporáneo: René Magritte, Andy Warhol, Yves Saint Laurent, Truman Capote y Federico García Lorca. Entre secuencia y secuencia, no pierde el hilo: “En octubre estrené El asesino de los caprichos, de Gerardo Herrero (18 de octubre) y El silencio de la ciudad blanca, de Daniel Calparsoro (25 de octubre). En ambos thrillers, he interpretado a una subinspectora investigando un asesino en serie". ¿A que promete? 

Andy Warhol (Estados Unidos, 1928-1987) | Andrés Alcázar

 

Empecemos por las manos que mecen su cuna: un músico y una pintora... (interrumpe con un guiño)

¡Vale, voy a aclararlo! Mi madre ha pintado toda la vida y ha expuesto en galerías de arte, pero ella es maestra. Comenté una vez su faceta artística y se ha quedado… lo cual parece cosa de justicia poética, porque es su pasión. (Y remata con timidez) Mi padre sí es músico: de clásica, chelista y compositor.

 

¿Se pude decir que su identidad como artista legitima esta condición familiar?

Me he criado en una casa rebosante de arte y de música. Es intrínseco a mi naturaleza. Ser actriz ha sido una decisión orgánica, mis padres lo conciben como un modo de vida tan digno como otro cualquiera. Desde pequeña, conozco las dinámicas de la carrera artística: la intermitencia, la incertidumbre, la particular gestión del tiempo y del dinero… son cláusulas inherentes a mi oficio. 

 

Como paradigma de esa ‘aura artística’, se formó en piano, en ballet y, finalmente, en arte dramático, ¿qué detonó el apetito interpretativo?

Desde niña sobrevolaba la fantasía de ser actriz. De un modo natural, llegó el piano (teníamos uno en casa), después la danza… Desde que tengo uso de razón he sentido la necesidad de expresarme desde lo creativo. El piano suponía muchas horas en solitario, de modo que en el teatro encontré esa socialización. Cuando acabé el instituto, mi primo me dijo: “¿No querías ser actriz? Pues prueba y, si no sale, ¡a otra cosa!”. Entré en la RESAD y la dejé en tercero por una película… –‘Planes para mañana’ le valió la nominación al Goya a Mejor Actriz Revelación (2011) y el premio a Mejor Actriz de Reparto (2010) en el Festival de Málaga–.

Truman Capote (Estados Unidos, 1924-1984) | Andrés Alcázar

 

¿Conserva el piano?

¡Ya no! Mi padre lo ha secuestrado… En los últimos años me he mudado tantísimo que se plantó: “Tu piano no se muda más”. Lo echo tanto de menos.  

 

De cara al público, ¿en qué formato se siente más cómoda?

Es maravilloso ir cambiando de escenario: cine, televisión y teatro. A mí me gusta actuar y disfruto del proyecto en sí. En ocasiones, incluso los formatos se funden: la serie El día de mañana es casi una producción cinematográfica, se trabajaba el detalle. Y en Stockholm tuvimos que emplear técnicas de ensayo teatral.

 

Para la sesión de hoy, se ha mimetizado con el alma de grandes pioneros del universo artístico occidental. La mayoría de ellos, como homosexuales y precursores en sus parcelas artísticas, sufrieron la estrechez de miras en sus respectivas épocas. ¿Cuál debería ser mensaje en esta implacable ruptura con los códigos de género?

Me gusta poner en entredicho las verdades absolutas. Rechazo la intolerancia, el estar cerrado a entender lo que la otra persona trata de comunicar o a la autocrítica, que tiene mucho que ver con aprender a gestionar los miedos. La integración de todas las opciones vitales llegará cuando no tengamos que hablar de género.

Federico García Lorca (Granada, 1898-1936) | Andrés Alcázar

 

¿Y cómo percibe ese cambio?

Hace unos días, una amiga me contó que entrevistó a unos adolescentes. Cuando les preguntó sobre las series que veían, uno de ellos contestó: “Me gusta mucho Skam, pero a veces se nota que es vieja”. “¿Cómo que vieja?”, contestó ella. “Que se nota que está hecha por gente mayor… hay un personaje al que le hacen bullying por ser gay. Eso es tan del siglo XX”. (Carcajadas largas) Eso me voló la cabeza... No niego que ese niño acosado por ser homosexual sigue siendo una realidad en nuestro mundo, pero me parece ejemplar que haya adolescentes que ya hayan superado ese prejuicio.

 

Conceptos como el ‘genderfluid’ (género no binario) ya no son sólo una fantasía millenial. ¿Cómo cree que ha calado el concepto en las generaciones anteriores a 1990?

Mira, yo nací en 1989 y tengo la sensación de que soy generación puente. Hoy estamos sometidos al debate para desprendernos de ideas preconcebidas. Mi sensación es que la precocidad adolescente está a años luz con respecto a la nuestra. Ahora veo a muchos chicos de 15 años manteniendo conversaciones de una lucidez asombrosa. 

 

¿Y de dónde cree que procede esa clarividencia?

Ya llevamos unos años rompiendo tabúes, gracias a un pasmoso acceso a la información y a la sensación de pertenecer a una comunidad global. Con respecto a la sexualidad el cambio es ostensible. En mi generación, el acceso a la información dependía en exclusiva de tu entorno social. Muchos nos sentíamos solos, incapaces de compartir las dudas que te asaltan con cierta edad. Ahora es más sencillo, accedes a experiencias de gente de tu edad. Con sus matices, ese apoyo es claramente positivo.

René Magritte (Bélgica, 1898-1967) | Andrés Alcázar

 

Y siguiendo por esos abismos intergeneracionales, ¿cómo debería ser esa ‘nueva masculinidad’?

Mi momento vital me pide no marcar parámetros. Cuando un amigo se muestra confuso, soy partidaria del diálogo desde el respeto y la complicidad. No se trata de imponer nuevas categorías, sino de huir precisamente de ellas. Durante años he sentido desprecio hacia la condescendencia de algunos hombres con las mujeres. Hoy empleo esa rabia para construir un espacio para la conversación, sin imposiciones.

 

El Caso Weinstein, el movimiento #metoo, las masivas convocatorias del 8 de marzo de 2018 y 2019, La Manada… ¿está de acuerdo con que los acontecimientos de estos últimos dos años han sido esenciales para que los papeles femeninos se hayan alejado del estereotipo cinematográfico?

Sin duda, vamos por el buen camino. Si bien, en los últimos tres años, los roles femeninos resultan más interesantes y contemporáneos, echo en falta esa diversidad de matices. Aún existe el estereotipo.

 

En una de sus últimas entrevistas, declaraba: “Yo soy actriz para contar historias, no para enseñar las tetas”.

Sin duda, ese titular ilustra perfectamente la transformación feminista en este sector. Sonríe con un destello de amargura: Hace diez años, cuando empezaba en esto, se daba por supuesto que, si eras actriz, enseñabas las tetas. Yo era joven y venía de otro entorno. El problema no era el desnudo en sí, sino que no se sometiera ni siquiera al juicio de la propia actriz. Y todo esto ha cambiado en un periodo asombrosamente corto.

 

¿Así que el desnudo venía implícito en el contrato?

No iba en el contrato, pero se daba por supuesto como parte de tu trabajo interpretativo. Los actores estamos sometidos a una exposición constante a los juicios, especialmente las mujeres. Tu cuerpo, cuando eres más joven, es un asunto delicado. Si el desnudo está al servicio de la historia, de acuerdo. El problema es que casi siempre eclipsa el relato. 

 

Como artista nacida al calor de revolución digital y de cara a tu carrera, ¿lidia o flirtea con las redes sociales?

Nací a finales del siglo XX, pero mantengo un espíritu analógico. En mi educación, la tecnología estaba en un segundo plano: piano, muñecas, manualidades… nada de consolas. ¿Las redes sociales? Tienen su lado positivo, si sabes hacer buen uso de sus ventajas. Y, en paralelo, son un radar de odio: volcamos la ira sobre un ordenador y olvidamos que, al otro lado, hay personas leyendo tus palabras. A veces son más un instrumento de destrucción que de construcción.

 

Ahora toca salir del armario. ¿Se siente más cómoda en estos tejidos fluidos, tradicionalmente vinculados a lo masculino, o prefiere optar por la fórmula estética de ‘lo femenino’?

Fluctúo entre una y otra, pero me fascina la comodidad de las formas amplias, no sé gestionar la incomodidad física: necesito sentir que puedo salir corriendo en todo momento. A veces saldría de casa en pijama. Quizá sea el contrapunto a una profesión en la que me tengo que exponer sin descanso.

 

Y de nuevo entramos en su zona de confort, ¿qué directores le han proporcionado más alegrías como actriz? He tenido la suerte de trabajar con directores maravillosos. Tal vez con Jonás Trueba (La reconquista) alcancé las cotas más altas de libertad creativa. Que me dirigiera Mariano Barroso (El día de mañana) fue sencillamente un lujo: el detalle y el factor humano son fundamentales para él. Xavier Gens (La piel fría) es puro corazón, al igual que Oriol Paulo (El cuerpo), Javier Ruiz Caldera y Alberto de Toro (Malnazidos) forman una dupla infinitamente divertida y talentosa... Han sido tantos y tan brillantes.

Yves Saint Laurent (Orán, 1936-París, 2008) | Andrés Alcázar

 

Como cinéfila, ¿cuáles son sus debilidades y cómo las saborea?

Soy ecléctica en géneros, épocas, nacionalidades... Consumo mucho cine en plataforma digital y, a pesar de los viajes, también acudo a las salas. Eso sí, en mi casa siempre hemos tenido preferencia por el cine español, que no es un género en sí, sino toda una industria (guiño sostenido).

 

Entre usted y quienes nos leen ahora mismo… ¿qué hace cuando no le miran las cámaras? (Mantiene la mirada, sonríe y dispara)

¡Dormir! Lo echo tanto en falta durante los rodajes, que ‘sueño con dormir’ días seguidos.