El 29 de septiembre de 1940, mi abuelo, Ron Lovell, entró de aprendiz en una fábrica en una fábrica de planchas metálicas en Coventry, a 150 kilómetros de Londres. Tenía solo 14 años, pero en muy poco tiempo adquirió las habilidades necesarias para convertirse en un planchista profesional, un obrero del metal.

En cuanto cumplió los 18 años, se enroló en el ejército. El 31 de agosto de 1944, dos meses y medio después del desembarco en Normandía, se unió al cuerpo de artilleros del Imperio Británico. Sus tres años de servicio abarcaron los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra, durante la cual fue destinado a Egipto.

Una vez licenciado, volvió a Coventry y encontró trabajo, de nuevo como planchista, en una gran compañía local llamada Corner Crafts. Trabajó allí hasta mediados de los 60, momento en que recibió una buena oferta laboral y decidió unirse a Abbey Panels, en la cercana localidad de Bedworth. En Abbey tuvo la oportunidad de trabajar en las planchas de automóviles legendarios como el E-Type de Jaguar o modelos clásicos de Land Rover. Se retiró en 1991, a los 65 años. Salvo su corto periodo como soldado, dedicó toda su vida laboral al ejercicio de la profesión que le enseñaron en cuanto salió de la escuela.

Garry Jones

Mi abuelo disfrutó de una jubilación larga y, en líneas generales, plácida. Falleció en 2009, y la mayor de sus desgracias fue verse obligado, ya cerca del final y debido a su avanzada edad y salud precaria, a vender la casa en que había vivido durante 65 años para ingresar en un asilo. Cuando aquella modesta vivienda fue vendida, mi familia recogió las osesiones de mi abuelo y las guardó durante años en un trastero.

Tras su muerte, pusimos orden en aquel batiburrillo de recuerdos de toda una vida. A mí me llamó especialmente la atención su caja de herramientas, conservada durante decenios como si se tratase de un auténtico tesoro. En aquella fascinante cápsula del tiempo, encontré los tapones para los oídos que había usado durante años, su carnet de afilición sindical y todos esos instrumentos de trabajo de apariencia tosca que, entrado el siglo XXI, más bien parecían reliquias de la Inglaterra feudal.

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De ahí surgió un proyecto gráfico con el que, en esencia, yo intenté documentar todas y cada una de aquellas herramientas fuera de contexto, testimonio mudo de un país distinto y perdido sin remedio, pero que tanta importancia habían tenido en la vida de mi abuelo. Para él, fueron algo así como el hilo conductor de su existencia, compañeras de vida de las que no se separó en los alrededor de 50 años dedicados a hacer exactamente lo mismo, una rutina vital instalada en la continuidad y la certeza inmutable que la mayoría de los miembros de mi generación no hemos conocido.

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Fotografiar sus herramientas ha sido para mí una profunda inmersión en el universo de mi abuelo. Siento que ahora lo conozco mucho mejor, me hago una idea más precisa del hombre que fue, de cómo pensaba y cómo vivía. Yo nací en 1992, un año después de que él se retirase. Le recuerdo como un hombre saludable y ocioso, siempre dispuesto a compartir sus recuerdos conmigo, pero mucho más proclive a contarme anécdotas de sus tres años en el ejército, la gran aventura de su vida, que aburrirme con la rutina de sus largas temporadas en la fábrica. Así que me faltaba esa faceta de su vida. Imaginármelo en la cadena de producción, con sus herramientas, trabajando a brazo partido mientras bromeaba con sus compañeros. Diez años después de su muerte, estoy orgulloso de presentar este modesto homenaje a mi abuelo, titulado, sencillamente, con su apellido, ‘Lovell’.

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