Si tuviese que escoger un solo álbum, el que más me ha influido y mejor define el tipo de persona que soy, me quedaría con este. Es mi álbum preferido desde hace un montón de años.

Lo descubrí por casualidad, estando aún en el instituto. Una de mis bandas japonesas preferidas acababa de editar un disco en el que sampleaban una canción de una banda británica llamada Stone Ross, un grupo del que nunca antes había oído hablar. Eso despertó mi curiosidad y quise escuchar el tema original, que resultó ser Elephant Rose.

Me gustó tanto que a continuación compré el álbum en que aparecía, el primero de los Stone Roses, y lo cierto es que despertó mi entusiasmo desde la primera escucha. Pero más sorprendente aún que esa fascinación inicial es la riqueza y los matices que fui encontrándole en escuchas sucesivas y lo mucho que sigue gustándome tantos años después. Una fascinación de tan largo recorrido no es nada frecuente.

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Mi amor por los Stone Roses me llevó a profundizar en la escena británica de finales de los 80 y los primeros 90, en el sonido Manchester, los grupos que surgieron del entorno de la sala Haçienda y las primeras bandas del britpop. En aquella época, se trataba de música que no resultaba fácil encontrar en Japón. Aunque sueñe extraño, tuve que patrullarme la mayoría de las tiendas de discos de Tokio para encontrar un par de álbumes de una banda de éxito internacional tan masivo como Oasis.

Por suerte, existían programas de televisión minoritarias como Beat UK en los que era posible acceder a esa música que me fascinaba. Me resultaban especialmente atractivos los vídeos, porque en ellos podía ver cómo eran en realidad aquellas bandas: sus cortes de pelo, sus camisetas de colores ácidos, sus pantalones de campana... La elegancia un tanto lisérgica de esos escena indie británica de los 90 fue una de mis primeras influencias en la época en que empezaba a interesarme en serio por la moda. Quería vestir como ellos. Necesitaba hacerme con ropa como aquella.

Años después, cuando yo ya trabajaba en A Bathing Ape, se produjo lo que entonces me pareció un pequeño milagro. Cuando James Lavelle, de Mo'Wax, vino a Japón, se trajo con él a Ian Brown. Nigo, el creador de A Bathing Ape, sabía de mi adoración por los Stone Ross, así que me pidió que pasease por su oficina y me presentó a Ian y James. Casi me da un infarto. Me quedé ahí, plantado, estrechando estúpidamente la mano de mi ídolo de adolescencia, mientras Nigo y James contemplaban la escena con divertida extrañeza. A pesar de mi incomodidad inicial, Ian y yo nos caímos bien y pronto empezamos a escribirnos con cierta frecuencia. Aún conservo sus cartas. Yo le mandaba esbozos de mis diseños y él, CD's con la música que iba editando o grupos nuevos que quería compartir conmigo.

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Ian volvió a Japón para participar en el Fuji Rock Festival. Quedó conmigo y aprovechó para presentarme a Gary Aspden, de adidas, en lo que resultó un contacto profesional inmejorable, porque muy pronto empecé a trabajar para la empresa alemana. De alguna manera, es como si mi amor por los Stone Roses fuese uno de los conductores de mi carrera. Me llevó a conocer a Ian Brown y, de ahí, a colaborar con adidas.

Cuando los Stone Roses volvieron a reunirse para grabar música y salir de gira, Ian, John, Squire, Maní, Reni y yo cenamos juntos en el que ahora recuerdo como uno de los momentos cumbre de mi vida. Ian llevaba ya unos días en Japón y ya habíamos quedado un par de veces, pero la posibilidad de compartir ese momento especial con todo el grupo y, sobre todo, de conocer a Mani, convirtió aquello en una experiencia muy especial para mí.

Maní es una de aquellas personas especiales que parecen transformar su entorno. Le rodea un aura de misticismo. Sin embargo, era la presencia de los cinco miembros del grupo lo que de verdad creaba una atmósfera excepcional, irrepetible. La química extraordinaria que se percibe entre ellos se traslada sin esfuerzo al escenario. Por eso siguen siendo capaces de crear juntos música de una brillantez extraordinarias después de tantos años y pese a discrepancias puntuales.

Creo que The Stone Roses es un álbum que transmite un poderoso mensaje: la necesidad (y la posibilidad) de cambiar el mundo. A mí al menos consiguieron transformarme en una época de mi vida en que estaba abierto a estímulos y tenía el potencial de crecer como ser humano. Me impulsó a ser exigente conmigo mismo, a abrazar el cambio como una energía positiva, y fue una de las etapas decisivas en mi esfuerzo por convertirme en la persona que quería ser y que hoy soy. Eso es lo que les debo, ni más ni menos.