Asombra comprobar cómo los Tindersticks, tras más de un cuarto de siglo sin salirse ni un milímetro de su propio e intransferible mundo, siguen reteniendo su capacidad para seducir e incluso hipnotizar al alma más escéptica. A diferencia de otros emblemas del pop de cámara más distinguido (Lambchop o The Divine Comedy), los británicos nunca han necesitado surtirse de cenefas electrónicas ni adaptar su mensaje a los nuevos tiempos.

Han visto pasar de largo, sin salir de su país, el brit pop, el fenómeno del big beat, el two step, el dubstep, el revival post punk o el grime, pero ningún estilo emergente y ajeno a su manual ha permeado nunca en sus canciones. Ni falta que les ha hecho. No Treasure But Hope (Domino/Music As Usual, 2019) es el nombre de su flamante decimosegundo álbum, recién publicado. Una excusa perfecta para charlar por teléfono con su líder, Stuart Staples, una de las voces más singulares y reconocibles de las últimas décadas. 

 

Lo primero que le quiero preguntar es previsible, pero también obvio, acerca del título del álbum y del tono general. ¿Es la esperanza lo último de lo que nos deberíamos permitir prescindir, tal y como está el mundo hoy en día? 

Emmm… sí (risas). Por supuesto. Escribir canciones siempre ha sido para mí un proceso interno, pero creo que en los últimos años se está haciendo complicado mantener el mundo alejado de las canciones, la verdad. Hablando simplemente desde el punto de vista de un ser humano, y no tratando de hacer una declaración política. No pude evitar explorar algunas ideas, y supongo que la canción que da título al álbum, "No Treasure But Hope", es en realidad el momento más desesperanzado del disco, y que "Pinky in the Daylight" es, por el contrario, el más esperanzado. Para mí, es importante mostrar ese equilibrio entre un extremo y el otro en el disco, y supongo que también en mi vida.

 

Puede que incluso un álbum como este sea lo más cerca posible que una banda como Tindersticks, que obviamente no hará nunca proclamas sociopolíticas, esté de filtrar la realidad que la rodea, ¿no?

No, creo que ese elemento siempre ha estado ahí. Puede que no sean cosas muy obvias para mucha gente, pero mirando atrás, a los años 90, hay canciones como “No More Affairs”, de nuestro segundo álbum (Tindersticks, 1995), que tienen una relación directa con la forma en la que vivíamos la crisis económica de los 80 en el Reino Unido, aunque yo lo camuflé como una canción aparentemente romántica. También fue el caso de “Black Smoke”, de Falling Down a Mountain (1995). No siempre es un trabajo interno sin interferencias del entorno, hay veces en las que no puedes evitar verte afectado. Creo que ante el hecho de escribir canciones, en general y al menos para mí, no se presentan opciones sobre cuál es el tema del que uno quiere escribir. Los temas te encuentran a ti, y tú las aceptas. Y una vez los aceptas, has de ser fiel a ellos. Y el proceso es el mismo en “No Treasure But Hope” o en “Pinky in the Dailight”: ser fiel al momento, no traicionar ese sentimiento que necesitas expresar. 

 

En cualquier caso, este álbum suena más directo, más vivo y menos retórico que cualquiera de los anteriores, y fue grabado en solo cinco días. ¿Estaban pensando, mientras lo grababan, en cómo podría sonar sobre un escenario? 

No diría exactamente eso, pero sí que queríamos hacer algo que fuera como una declaración muy humana, en la que no hubiera lugar para ordenadores ni tecnología. En la música y en nuestras vidas, la tecnología juega un papel muy importante, sobre todo en la actualidad. Pero, sobre todo después de hacer la banda sonora de High Life (2018), la última película de Claire Denis, sentí la necesidad de hacer algo muy puro, sostenido casi en el aire, y que captara ese aire, con la banda exponiéndose. Más que pensar en cómo sonaría en directo, quería que el disco se acercase a esa atmósfera, después de unos ensayos que fueron acústicos, alrededor del piano, viendo a dónde nos podía llevar. Al final de ese proceso, era obvio que a la hora de meternos en el estudio el trabajo no nos iba a llevar más de cinco días. Si hubiéramos estado más de cinco días, algo habría salido mal. Así que todo partió de unas premisas iniciales, que marcaron la forma en la que abordamos las canciones.

Richard DUMAS

 

Siempre han sido ustedes una banda instantáneamente reconocible. Bastan unos segundos, y no digamos ya cuando entra su voz en escena, para darse cuenta de que estamos ante una canción de Tindersticks. Pero al mismo tiempo siempre han sentido la necesidad de ir un paso más allá con cada nuevo álbum, aunque fuera de una forma muy sutil. ¿Ha resultado fácil conciliar esa evolución con la necesidad de seguir siendo fieles a un sonido distintivo?

Creo que yo lo veo desde una perspectiva distinta. Somos quienes somos, y como músicos no nos gusta entrar en un sitio en el que ya hemos estado antes. Y eso nos hace cambiar la forma en la que abordamos los discos. Necesitamos sentir que hay algo nuevo en cada disco. Y sí, puedes pensar que tenemos un molde de balada que hemos repetido muchas veces, pero la forma en la que nos aproximamos a ella, condicionada también por quiénes integran la banda en cada momento, hace que no deje de ser una nueva experiencia. Necesitamos sentir eso. Hay veces, sobre todo trabajando con Claire Denis, para quien llevamos años haciendo bandas sonoras, que sus ideas llevan todo eso a un extremo. 

 

Ahora que habla de Claire Denis y de la relación de Tindersticks con el cine: hace un par de años usted no solo compuso la música sino que también dirigió su primera película, Minute Bodies. The Intimate World of F. Percy Smith, sobre el histórico naturalista y fotógrafo británico de principios del siglo XX. ¿Cómo fue la experiencia?

Fue una película muy particular, en la que lo mejor para mí fue trabajar simultáneamente con imágenes y con música para su banda sonora. La música condicionaba la edición y la edición condicionaba la música. Como si hablaran entre ellas. En las bandas sonoras que hacemos para Claire Denis, la relación entre ambas cosas no es tan directa. En ese sentido, quería homenajear a Percy Smith, pero también relacionarlo con el presente, que su fotografía abstracta no fuera algo anclado en las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado. 

 

¿En qué medida el cine influye en Tindersticks? ¿Alguna vez concibe sus canciones, cuando están en fase embrionaria, como paisajes visuales, con unos colores o una fotografía particular?

No, creo que la escritura de canciones es mucho más abstracta. Me puede influir cualquier cosa que me emocione, ya sea una pieza de música, de cine… mi mujer es pintora, y la pintura me resulta tan importante como el cine. Nunca pienso en narrativas, la cosa va más sobre sentimientos, capturar momentos y reflejarlos en una canción. 

 

Vive usted en Francia, y el resto de la banda también está diseminada en otros países y ciudades. ¿Es esa una de las claves para una longevidad tan fértil y sólida, ese tiempo que se dejan unos a otros para coger aire entre disco y disco, hacer su vida independientemente y llevar a cabo cualquier otro proyecto paralelo?

Creo que así ganas algo, pero también pierdes algo. A veces me encantaría que todos viviéramos a la vuelta de la esquina (risas), pero creo que lo que ganamos es que el hecho de que nos juntemos para hacer siempre proviene de un deseo real, y cuando nos reunimos hay un estado de ánimo de que algo importante va a ocurrir. Y esos momentos son fantásticos. A veces pienso en cómo eran las cosas en los primeros noventa, cuando vivíamos todos en la misma casa, hacíamos un disco, lo presentábamos, lo quemábamos, volvíamos a hacer otro, lo quemábamos también, y parte de esa energía inicial iba agotándose, inevitablemente. Es importante que esa energía creativa esté equilibrada, y es importante que la gente tenga su espacio para hacer otras cosas y luego juntarse de nuevo, con todas las cosas que han aprendido por su cuenta. Es importante que haya ese espacio, seguro. 

 

Le voy a preguntar algo que no puedo evitar consultar a todos los músicos ya veteranos con cuya música yo mismo he crecido: ¿se imaginó a principios de los 90 que en 2019 aún estaría haciendo discos con Tindersticks, o es algo que cuando uno está en la veintena ni se llega a plantear?

Uff… creo que las cosas van creciendo a base de pequeños pasos. Un día tienes una idea, o escribes una canción, y gradualmente esas ideas se convierten en algo que quieres plasmar en disco. Todo nace de esos momentos. Yo no puedo organizar mi vida en plan de “voy asentarme ahora a escribir un álbum”, solo porque piense que ahora es el momento. Para mí todo ha ido a pequeños pasos, haces algo y aprendes de ello. Y con ello abres un espacio en el que puedes moverte para hacer otras cosas, de forma gradual vas yendo hacia adelante. Sí que es verdad que a veces se producen saltos importantes en tu carrera, que son excitantes, pero en el momento se basa todo más en ideas y en cómo te sientes sobre ellas, o qué necesitan esas ideas.

DR

 

Digamos que es más una suma de momentos que una planificación o una estrategia a largo plazo, ¿no?

Bueno, cuando tienes cosas dentro de ti que necesitas expresar, puedes planificar lo que vas a hacer con ellas, pero sin esos momentos, no hay nada. Por eso creo que todo va sobre cosas que sientes dentro de ti y que son las que te mueven en una dirección u otra. Todo depende de qué es lo que esté bullendo dentro de ti en cada momento. 

 

Ya que hablaba usted de saltos importantes en la carrera de Tindersticks, yo diría que hay tres fases claramente diferenciadas en su trayectoria: la de los tres primeros álbumes, entre 1993 y 1997, que es la que les pone en el mapa y consolida su libro de estilo; luego una etapa intermedia de álbumes más concisos y con cierta influencia soul, como Simple Pleasure (1999), Can Our Love (2001) e incluso Waiting For The Moon (2003); y finalmente una tercera fase, que es en la que se encuentran ahora, que nace conThe Hungry Saw (08), justo después de que Dickon Hinchliffe y otros miembros de la banda abandonen, y que supone en cierto modo una reformulación. ¿Está de acuerdo?

Creo que en cierto modo, sí. Aunque con matices. Empezamos con la banda muy jóvenes, durante cinco años tuvimos el mismo deseo subconsciente colectivo, que luego se disipó. Nuestros dos primeros álbumes, Tindersticks I (1993) y Tindersticks II (1995), fueron muy especiales. Y Simple Pleasure (1999) y Can Our Love (2001) tenían momentos muy especiales, pero el deseo colectivo que nos había movido antes había empezado a desvanecerse, hasta desaparecer. Gran parte de The Hungry Saw (2008) fue como una reconstrucción de la banda. Pero cuando nos convertimos de verdad en la banda que somos ahora es con The Something Rain (2012). Fue como una reconstrucción gradual hasta ese álbum, y desde entonces llevamos casi nueve años con esta formación de cinco miembros, que para mí supone una energía diferente a la de los años anteriores. Y tiene que ser distinta a la fuerza, claro, porque no vamos a volver a tener 26 años nunca más. 

 

Por último, tienen algunas fechas ya confirmadas en España, ¿no?

Sí, tocamos en el norte, en Vigo (Parque de San Roque, el 23 de febrero), en San Sebastián (Teatro Victoria Eugenia, el 14 de marzo) y en Barcelona (Palau de la Música, el 25 de febrero) y esperamos poder añadir más fechas en Madrid y en otras ciudades, más adelante. Echamos de menos España, la verdad.