Hace diez años, durante el rodaje de Ficción, el director Cesc Gay necesitaba a una niña para un pequeño papel. Y por allí estaba Greta Fernández (Barcelona, 1995), de visita en el set para estar junto a su padre, Eduard. Ese fue el debut de la joven actriz en una película. Para ella, en aquel momento, el mundo del cine no era más que un juego. Luego llegaron pequeños papeles en Amar (2017), La enfermedad del domingo (2018) o en la serie de Mar Coll Matar a un padre. Hasta que Isabel Coixet le dio su primera gran oportunidad con Elisa y Marcela (2019), junto con Natalia de Molina.

Ahora, padre (Eduard) e hija (Greta) se vuelven a encontrar compartiendo protagonismo y vínculos familiares también en la pantalla. La hija de un ladrón, la ópera prima de Belén Funes, que se presentó en el pasado Festival de San Sebastián. Desde la primera proyección, el nombre de Greta Fernández estaba en todas las quinielas para conseguir premio. Y esta vez el gusto del público y de la prensa coincidieron con el del jurado. Su contenida e intensa interpretación de una joven madre que lucha por sacar a su pequeña adelante en un barrio de Barcelona es uno de esos trabajos que no se olvidan. Y, sin duda, uno de los descubrimientos más importantes de este año.

Luis Meyer

 

Casi una recién llegada y ya tiene una Concha de Plata a la mejor actriz. Supongo que estará harta de responder a esto pero, ¿cómo ha llevado estos meses desde que ganó el premio?

Ay, pues esto no me lo había preguntando nadie. No me habían preguntado sobre el proceso y yo tenía algo de miedo. Me decían que me iba a dar bajón, pero yo no lo he sentido. El premio me ha hecho muy feliz y me ha colocado en un sitio en el que no estaba, con un poco más de visibilidad, y donde tenía ganas de llegar. Me ha dado ganas de trabajar más. En este trabajo siempre hay un poco de impaciencia, porque tienes ganas de más y lo que hay que hacer es escoger bien. Esperar el momento.

El premio le ha transmitido paciencia.

Sí, quizá un poco más de fuerza para decirme a mí misma que lo estoy haciendo bien. Que aunque tengas ganas de más quizá no toca. Yo entiendo que hay actores que cogen ciertas cosas antes de estar parados y me parece superlícito estar ahí y que se te vea todo el rato. Pero yo tengo esta forma de ver las cosas, que es la mía y por eso trato de defenderla.

Supongo que nada más ganar el premio ya le empezaron a hablar de la posible nominación al Goya. 

Bueno, la verdad es que este año lo tengo bastante complicado...

¿Por qué?

Creo que hay papelones muy buenos como el de Marta Nieto en Madre o Belén Cuesta en La trinchera infinita. Y suenan también Pilar Castro o Penélope Cruz. Imagínate competir con Penélope Cruz.... Sé que es un año con papeles muy buenos de protagonistas y me alegro de que la competencia sea potente. Me parece muy guay. Si salgo nominada me va a hacer mucha ilusión. Si lo gano o no, ya se verá.

Luis Meyer

Compartió el premio en Donosti con Nina Hoss, una de las mejores actrices europeas.

Es que todo lo que me pasó fue muy bonito. Me hacía ilusión estar allí con la peli, pero no me imaginaba para nada todo lo que luego iba a pasar. Estaba muy nerviosa y cuando llegué me empezaron a hablar de la Concha. Pero me lo dirían a mí y supongo que a más gente. 

 

En el festival tuvo un buen embajador con su padre, que es un veterano allí. En la rueda de prensa que dieron juntos se le notaba muy emocionado. 

Mi padre me ha dado muchos consejos en la vida, pero en San Sebastián no me dio tantos. Cuando me empezaron a hablar del premio sí que me dijo que no se me quedara esa idea en la cabeza, porque si no lo ganaba me iba a dar mucho bajón. Yo creo que tengo facilidad para las entrevistas, para hablar en público y soy bastante social... Eso me lo ha pasado, de algún, modo mi padre. No sé muy bien cómo, pero es una cosa que tenemos muy parecida los dos. Se nos da bien esto. A él se le da superbien (risas).

 

Coincidieron por primera vez en el cine en Ficción (2006), cuando solo tenía diez años, que fue su debut.

¿Debut? (risas). Bueno, cuando había personajes de niñas pequeñas que hacían falta en las pelis de mi padre, papeles muy pequeños, yo me ofrecía voluntaria. Sin saber muy bien lo que hacía, porque para mí era un juego. Y ahora nos reencontramos en serio. Con una película, dos personajes y un trabajo para hacer de por medio. Ha sido muy bonito trabajar juntos, no nos ha costado nada ni ha sido duro. Ha resultado todo muy orgánico y fácil. Mi padre y yo tenemos muy buena relación, hablamos mucho de la profesión. A veces me interpreta escenas que está preparando y ese juego ya lo tenemos en casa. Por eso no era tan extraño ponernos a interpretar juntos. Tenemos los mismos gustos y nos interesan los mismos personajes. Solo ha sido poner en pantalla ese juego.

 

¿Se consultan también los proyectos que les ofrecen?

Nos consultamos todo en general. Él me consulta, pero no sé hasta qué punto depende de mí su decisión (risas). Aunque sí es verdad que ahora empiezo a tener las cosas más claras, le consulto a mi papá y le consulto a mi representante para guiarme, porque yo estoy empezando. Lo que pasa es que mi padre, a veces, se pone en la tesitura de padre y le da miedo que yo diga que no a muchas cosas y que se olviden de mí. Que esté una época sin trabajo. A mí no me da tanto miedo, pero entiendo que él es mi padre y no quiere que yo sufra.

 

En un año ha trabajado con una directora muy experimentada como Isabel Coixet y con una debutante como Belén Funes, ¿notó el cambio?

Fueron procesos creativos muy distintos. Coixet tiene mucho bagaje y tenía muy claro cómo quería rodar. Confiaba muchísimo en nosotras y yo estaba acompañada por Natalia (de Molina). Todo fue más rápido, no hubo tanto tiempo para ensayar y se rodó en cuatro semanas y media, una cosa de época... Y en La hija de un ladrón yo estaba un poco más sola. Pero muy acompañada por Belén que lo tenía muy pensado... estuvimos ensayando cinco meses. Yo le decía que era una exageración tanto tiempo (risas). Pero luego se lo agradecí muchísimo.

Luis Meyer

 

Sin embargo, la película tiene un tono muy realista y cotidiano, para nada forzado.

Claro, pero es que eso se puede conseguir solamente con muchísimo trabajo, repitiendo un montón de veces. Mi padre decía una frase: “Cuando los límites de un personaje están muy bien marcados, la creatividad es mil”. Si sabes dónde están las líneas que no puedes pasar, ahí dentro puedes hacer lo que quieras. Si no tienes esos límites es un lío. Y con Belén marcamos muy bien dónde estaba Sara, mi personaje. 

 

También se fija en una realidad que suele quedar fuera de campo en el cine: la historia de una madre soltera, que vive en un piso con otras mujeres en su situación. ¿Investigó sobre el asunto?

Belén había investigado ya tanto durante los cinco años que estuvo escribiendo el guion que cuando le propuse quedar con gente me dijo que no hacía falta. Tenía tan claro todo y lo sabía contar tan bien que resultaba maravilloso. Tenía toda la película en la cabeza y muy claro lo que quería de los personajes, hasta tal punto de corregir a Eduard Fernández (risas). Tú imagínate...  

 

Después de un papel tan intenso, ¿qué le apetece hacer?

Siempre me ha apetecido hacer algo de comedia. Me gusta la comedia fina, estilo francés... Yo creo que por lo que he hecho hasta ahora no estoy encasillada. Tengo la suerte de que no estoy colocada en ningún sitio. 

 

Alguna vez sí que la han colocado con influencer spor su perfil de Instagram que cuida bastante y donde tiene más de 100.000 seguidores.

Me gusta mucho la fotografía y para mí Instagram es una forma artística de comunicarme con la gente. No tanto como influencer, porque solo la palabra me da urticaria... No soy influencer, soy actriz y me gusta compartir mis cosas con un punto artístico. 

Luis Meyer

 

Antes comentaba que cuando era niña el cine era un juego, ¿cuándo comenzó a tomárselo en serio?

Con La hija de un ladrón he tenido la sensación de hacer un proyecto de arriba abajo. Encontrar un proyecto como este es mucha suerte. 

 

Antes hablaba de los consejos de su padre, pero como millennial, ¿qué consejo le daría a él y a los actores de su generación?

Les diría que tuvieran menos miedo de decir las cosas. A la generación de más arriba le da miedo decir opiniones políticas, por ejemplo. La nuestra empieza a tener algo menos de miedo. Entre todos tenemos que hacer piña.

Luis Meyer