25 años después de irrumpir en la escena musical con aquel deslumbrante “Loser”, Beck sigue inamovible en su condición de artista moderno por excelencia, alguien que arriesga e inventa para que la música pop siga avanzando. Beck sigue encarnando todo aquello que Mellow Gold, su primer disco para una gran sello, editado en 1994, prometía: una identidad artística que cambia en función a cada nueva obra, aproximándose sin ningún esfuerzo al folk o al funk, a la canción brasileña o al hip hop.

En ese sentido es heredero absoluto de Bowie, al que ha versionado en más de una ocasión, pero de una manera sutil, sin hacer que la conexión resulte obvia. En un giro más instintivo que estratégico Beck se apartó rápidamente del sonido indie en el cual nació, el de Sonic Youth, Nirvana y Pavement. Dos años más tarde se aproximaba a la música de baile del momento, y creó el primero de sus clásicos, el loado Odelay.

El Beck que se prepara para abordar una nueva década es, en esencia, el mismo artista poliédrico que sentó cátedra en los 90, y que desde entonces ha fluctuado ofreciendo más obras maestras –Sea Change, 2002; Morning Phase, 2014-, discos decepcionantes –Colors, 2016- y discos como The Information (2006) carentes de ese chispazo de talento al que Beck nos acostumbró desde su mismísima aparición.

Mikai Karl

 

Un éxito creativo

Hyperspace le tocaba, aunque solo sea por una cuestión estadística, ayudarle a recuperar ese brillo. Contiene los mejores ingredientes del artista y también mantiene al día sus dones. Ante todo, es el álbum con el que se prepara para afrontar una nueva época. El artista que en 2016 arrebató a Beyoncé el Grammy al Mejor Disco del Año, hoy se hace acompañar por Pharrell Williams en la producción de varios temas de su nuevo disco.

 

La idea de trabajar juntos nació hace exactamente 20 años, pero únicamente comenzó a tomar forma cuando Pharrell se dispuso a grabar el nuevo disco de N*E*R*D. Le pidió a Beck que colaborara en el álbum y empezaron a componer juntos. El material resultante ha terminado siendo una serie de canciones que sin lo mejor de Hyperspace, gracias en parte a los diseños sonoros de Pharrell. La novedad: un sonido dibujado por sintetizadores le confiere, por primera vez, un aire años 80 a su sonido. De ese modo Beck llega a sonar como lo hubiese hecho si Michael Jackson no hubiese tenido tanto miedo a experimentar y hubiese sido un poco más Prince.

Hablando de Prince, hace unos días se anunció un epé en el que Beck reinterpretaba algunos temas suyos en los mismísimos estudios de Paisley Park, refugio del difunto genio autor de Sign O’ The Times. Hay pocos artistas contemporáneos que puedan salir airosos de una propuesta como esa, y sin duda alguna, Beck es uno de ellos. Ya demostró que su talento excede los límites del pop cuando reinterpretó acompañado de orquesta y coros el tema “Sound & Vision” de David Bowie. O cuando sacó un álbum Song Reader (2014) solo con partituras que, posteriormente fueron interpretadas por una serie de músicos diversos, desde Jack White a Jarvis Cocker pasando por Sparks, Moses Sumney o Juanes, quien, francamente, nadie sabe muy bien qué pintaba ahí.

Mikai Karl

Beck es el tipo que mete en casa a unos cuantos amigos y reproduce de arriba abajo álbumes enteros de Velvet Underground, INXS o Leonard Cohen solo por diversión. El artista que versiona a Daniel Johnston, a Bowie y a Elvis por placer y devoción. El hombre que hace duetos con Flaming Lips y Bat For Lashes con la misma alegría con la que invita a Chris Martin a cantar en Hyperspace.

Hijo del compositor y arreglista David Dampbell y de la artista conceptual Bibbe Hansen, habitual del grupo Fluxus y de la Factory de Warhol, Beck es una de las figuras más importantes del pop de los últimos 30 años. Está por encima de las modas, opera con una libertad absoluta y su talento, aunque a veces parezca flaquear, es hasta ahora inagotable. Su azarosa vida sentimental ha dado pie a algunos de sus mejores obras.

 

Desastres sentimentales

Sea Change surgió a raíz del final de su relación con la diseñadora Leigh Limon (Beck descubrió que después de nueve años de noviazgo, ella le engañaba con otro). Posteriormente mantuvo relaciones con Wynona Ryder y Gimna Gershon y en 2004 se casó con la actriz Marissa Ribisi, hermana del actor Giovanni Ribisi, con la que compartía su filiación a la Iglesia de la Cienciología y con la que tuvo dos hijos. Se divorciaron a principios de 2019 y es probable que esto tenga que ver con la melancolía que recorre varios de los temas de Hyperspace.

Seguramente no pasará a formar parte de sus discos imprescindibles, pero el nuevo disco de Beck contiene algunas de las mejores canciones que ha registrado en los últimos tiempo, tanto por su aporta melódico como por su capacidad para crear nuevos contenedores sonoros.