Contra todo pronóstico –y haciendo frente a las leyes del tráfico madrileño–, Rodrigo Sorogoyen (Madrid, 1981) se presenta puntual a nuestra cita en el discreto Pool Garden del Hotel Palacio CoolRooms Atocha. Se muestra tal y como lo hacen sus incontestables trabajos en la gran pantalla: directo al grano, con un férreo dominio de todos los registros, sin rodeos y con una lucidez que desarma: "Las películas cuestan muchísimos años y muchísimo dinero. Para dedicarte a esto, has de amar el cine más allá de lo razonable".

Al director de Stockholm, Que Dios nos perdone y El reino le preceden sus títulos. En términos cinematográficos, esta cualidad viene a ser, para buena parte de los creadores de su edad, una quimera difícilmente alcanzable. Y, por paradójico que resulte, a Sorogoyen le han hecho falta tan solo 19 minutos para formar parte de los anales del cine español en Hollywood. Con todo, la nominación al Oscar al Mejor Corto de Ficción 2019, además de confirmar su definitivo reconocimiento internacional, resuena como formidable antesala del estreno del largometraje homónimo. El madrileño, con su sonrisa acomodada a una capacidad de oratoria concisa y sin tapujos, reconoce: "Tengo la gran suerte de rodearme de un equipo extraordinario que son como una madre. Lo reconozco: si tuviera que prescindir de ellos, me sentiría huérfano".

 

Aquí hemos venido a hablar de (su) 'Madre' y, ya de paso, de su padre. ¿A quién de ellos le atribuiría el mérito de su vocación?

Tengo la suerte, como muchos hijos lógicamente, de que mis padres están enamorados de mí (risas). Si bien a los dos les encanta lo que hago, mi madre es quizá más crítica. ¿La vocación? Ambos me han inculcado el apego al cine. Mi padre me contagió la costumbre de ir al cine, y lo convertimos en nuestra rutina. Por su parte, mi madre ha sido mi leal acompañante durante muchas tardes de películas en casa. Y se da otra circunstancia: mi abuelo materno, Antonio del Amo, fue director de cine. Aunque no creo que la vocación proceda de ahí, ya que no conviví con él…

 

¿De dónde le llega entonces?

Tal vez de ser hijo único, de la necesidad de inventarme mis juegos para divertirme en mi soledad. Recuerdo que cogía muñecos y hacía películas: los fotografiaba en distintas posiciones. En general, me encanta ‘dirigir’ lo que sucede a mi alrededor (deja escapar una sonrisa). Para bien y para mal.

 

Público y crítica tienen una opinión unánime respecto a su trabajo: es usted uno de los prodigios del nuevo cine patrio. Pero si hablamos de sus colegas de profesión, ¿en qué medida cree conocer lo que piensan de usted?

Sin poner la mano en el fuego, intuyo que, a grandes rasgos, ‘gusto’ a mis contemporáneos. Como a mí me encantan los buenos directores, porque han llegado a lugares que ambicionamos y eso, lo mires como lo mires, no se logra por azar. Eso sí, creo que ningún director debe venerar a alguien de su generación. Es imposible que un realizador que está compitiendo con sus colegas de profesión idolatre a un igual. Por mucho que me encante el cine de tal o cual director, siempre tengo algo que decir en lo tocante a sus decisiones.

 

Sea franco. Como guionista y director, durante el proceso de creación y, después, durante el rodaje ¿escucha más que habla o habla más que escucha?

Escucho más que hablo. Me rodeo de gente que admiro mucho y, por tanto, me fascina escuchar lo que tienen que decir al mundo.

 

¿Se podría decir que es ‘el instigador del nuevo thriller patrio’?

Por amplitud de miras y por amor al cine, prefiero alejarme de los encasillamientos.

 

Año 2046. Rodrigo Sorogoyen (sí, tendría 65 años). Exterior noche. Madrid ¿Cómo se imagina esta escena?

¡Ufff! ¡No sé si estoy preparado emocionalmente para responder a esta pregunta! A ver, me encantaría verme con una carrera consolidada, habiendo conseguido muchas metas. Siempre apasionado, jamás cansado. En esa escena, querría algo que solo consiguen unos pocos: no alejarme nunca de la realidad. Ese es el gran reto de un cineasta.

 

Sin movernos de su futuro, ¿se ve trabajando en todos los géneros cinematográficos o podría prescindir de alguno?

Por ahora, no me veo capaz de hacer musicales. Por el contrario, me fliparía probar con la ciencia ficción, el western, el terror e, incluso, aventurarme con el cine erótico…

 

Madre se estrenó en la pasada edición del Festival de Cine de Venecia. Hubo reacciones de todos los colores. ¿Cómo las ha metabolizado?

El pase fue muy bonito. Hubo buenas críticas y otras que no han terminado de cuajar. Las buenas son unánimes: la incuestionable interpretación de Marta y en el trabajo de dirección. Lo que sí sé es que a algún periodista no le ‘ha llegado’. Creo haber digerido con naturalidad esta circunstancia: a unos les toca muchísimo y a otros les deja más fríos.

El resto de la entrevista, en el número 7 de PORT Magazine, ya en kioscos. También puedes conseguirlo aquí.