Yo acababa de cumplir 17 años en verano de 2000, el momento en que se publicó The Hour of Bewilderbeast, el primer álbum de Badly Drawn Boy. Aunque Damon Gough, el hombre que se esconde tras Badly Drawn Boy, ya había editado un año antes un EP de cierto éxito en la escena alternativa, lo cierto es que yo nunca había hablar de él. Por entonces yo frecuentaba las tiendas de discos de Tooting, mi barrio de Londres, y en una de ellas topé con el álbum y tomé la súbita decisión de comprármelo.

La verdad es que fue una compra un tanto frívola, motivada solo por lo irresistible que me resultó la portada de ese disco del que no había escuchado ni una sola nota. Era, ahora lo sé, un diseño de Andy Votel, y en mi opinión transmite de manera impecable el clima de fantasía y de misterio que luego puede encontrarse también en el disco.

 

Basta con escuchar el chelo de The Shinningo los cantos de pájaros con que arranca Epitaphpara dejarse seducir por la excepcional atmósfera del disco. Para el adolescente que era yo, se trataba de música que me permitía asomarme a varios géneros a la vez ye intuir todo un mundo de ricas experiencias vitales que yo no había tenido aún la oportunidad de vivir. Era como sumergirse en un océano: sonaba rico, complejo, experimental, y estimulaba a la vez la imaginación y la inteligencia.

Han pasaado casi 20 años, pero a mí me sigue sonando igual de fresco. En realidad, he vuelto a escucharlo y casi diría que hoy me gusta más que nunca. Es difícil entender mi propio mundo musical sin la influencia que supuso este álbum. Se trata de una obra maestra que brilla para mí con una luz muy intensa y hace que de vez en cuando asome a mis ojos alguna que otra lágrima.