A sus 45 años, lleva casi la mitad de su vida dedicado a escribir canciones, grabarlas y tocarlas en directo, pero nunca antes se había enfrentado a un reto semejante: componer un disco con las letras de otro. Las palabras vividas sale hoy a la calle, y en él Quique González viste con instrumentos y voz poemas de su amigo Luis García Montero. El resultado es sorprendentemente continuista: ahí siguen los paisajes sonoros a base de rock pausado y lluvioso del músico madrileño, y la lírica desnuda e inmediata de los versos del poeta granadino. 

 

Debe haber sido complicado, porque le condiciona desde el principio la manera en que suele hacer sus canciones. 

Yo hasta este proyecto, siempre había escrito la letra y la música  simultáneamente. La letra condiciona la música, pero a veces hay hallazgos musicales que te empujan a que el texto tenga un determinado tono. Las dos se tienen que acompañar, para mí. Muy pocas veces hasta ahora había partido de un texto al que luego le pongo música. 

 

Cualquiera lo diría, a raíz del resultado. Parece que es un disco de una sola persona.

Para mí ha sido un reto. Porque no solo hablamos de una canción, sino de un disco entero, que tiene que tener un tono, un paisaje sonoro coherente con el espíritu de lo que se está contando. Y esa dificultad también se ve atenuada por lo musical que era todo lo que enviaba Luis. No son poemas musicados, son canciones, y para mí ya sonaba a música lo que él me estaba enviando. Era como ejercer de sastre, ponerle un traje que les siente bien a sus letras. Porque las escribía para mí. Hace años que planteamos hacer esto, y que él me ha estado enviando poemas para este disco.  

 

Algunos los ha dejado fuera, ¿cómo se le dice eso a un amigo poeta?

Luis es extremadamente generoso. Una de las premisas era no cambiar ni una sílaba de sus versos. Y no la he cumplido del todo. He cambiado unas pocas cosas, pero involuntariamente. Sencillamente porque algunas canciones empecé a componerlas hace cuatro años, y desde que empiezo a cantarlas en casa hasta llegar al estudio, en ese camino tan largo, hay cambios involuntarios en la letra, pero que no son sustanciales. Luis lo escuchó cuando ya no se podía cambiar, porque ya lo había grabado, y yo me sentía fatal. Me despertaba por las noches pensando: "¿Cómo se lo voy a decir?". Pero como digo, es tan generoso que me dijo una cosa maravillosa: "No te preocupes, la memoria siempre mejora un poema". No sé si solo me lo dijo para que me sintiera mejor (ríe), pero me sirvió para dormir mejor. 

Dicho esto, para mí era importantísimo que no sonara a poemas musicados, sino a canciones. Y cuando se lo enseñaba a algún amigo que venía por casa, y me decía que sonaban a mis canciones, para mí era una señal de que estábamos yendo por el buen camino. Luis, en otro gesto de generosidad, ha indagado mucho en mis discos anteriores para que lo que escribía estuviera dentro del mundo sonoro donde yo me muevo. Hubo una canción que llegamos a maquetar y que quedó muy bien, pero con música de César Pop, y el resultado era como una copla de Carlos Cano. Y quedaba realmente bien, pero se quedaba fuera del ambiente que recreaba el resto de las canciones.  Admiro la copla como género, es como nuestro 'blues', pero yo nunca me he metido ahí. Si cantaba eso, no iba a sonar natural.

 

Noemí del Val

 

Ahora que menciona a César Pop, tengo entendido que varios poemas los han musicado mano a mano en el jardín de su casa de Cantabria. No conozco su casa, pero me imagino el mejor lugar de mundo para componer un disco así. 

Qué te voy a contar de los valles pasiegos. Es un entorno increíble. César [músico y compositor también para Xoel López, Iván Ferreiro o Pereza] es mi mejor socio de canciones desde hace diez años. Y al mismo tiempo es un gran admirador de la poesía de Luis. Y es mucho más músico que yo, en el sentido de que encuentra caminos, investiga en otros géneros... Tiene una capacidad asombrosa. Fue la persona que me empujó a terminar este disco. Yo ya había hecho cinco canciones, pero en medio grabé otro disco, empecé la gira, y dejé aparcado el proyecto de Luis García Montero. Porque me cuesta muchísimo hacer más de una cosa al mismo tiempo. Luis sí que puede escribir poemas, un libro de ensayo como Palabras rotas, ser director del Instituto Cervantes, dar clases en le universidad... Yo no. Así que supe que si no me metía al 100% con sus poemas, me iba a costar mucho terminar el disco. Cuando terminé la gira de mi último álbum, pasé unos meses un poco perdido, sin saber qué hacer, y César me empujó a terminar. Sin él, no lo hubiera conseguido. 

 

¿Hay algo, en lo musical, en lo que haya innovado o experimentado en Las palabras vividas?

Hemos usado instrumento que nunca había utilizado antes,  la zanfoña del siglo XII, también el violín trompeta, mucha acordeón... Diego Galaz, el productor, es multiinstrumentista, y ha metido la mandolina italiana con otros sonidos, el serrucho... Aparte, no había grabado con la mayoría de los músicos que salen en este disco, y eso hace que suene un poco diferente a lo que hago habitualmente. También hay ritmos que nunca había utilizado.

 

Una vez más, ha aplicado lo de "yo me lo guiso, yo me lo como". Sus dos primeros discos los grabó con Polygram, luego renegó de las grandes discográficas con A la contra, a continuación entró en Warner porque no quería dedicar tanto tiempo a gestiones que no fueran componer y tocar, y finalmente volvió a romper con Warner, hasta hoy. 

Mi último disco con una multinacional fue Avería y redención en 2007. Pero en estos últimos 12 años no he estado solo. Tengo a Cultura Rock, Varsovia ha sido mi casa de contratación hasta el año pasado, y continúa siendo el sello a través del que edito mis trabajos, y me lo ponen muy fácil. Me tengo que ocupar de muchas cosas, pero tengo a tres o cuatro personas que cuidan mis discos, y me ayudan muchísimo a nivel económico, de medios... 

 

Ha seguido el camino inverso al de la mayoría de los músicos: empiezan autoproduciéndose, luego entran en una independiente y aspiran a terminar en una multinacional. 

Tal vez haya tenido mala suerte con las grandes compañías. Siempre he acabado peleándome mucho con ellas, y no me imagino volver a trabajar con los parámetros de una multinacional. Tampoco con los de una compañía independiente, ojo, porque muchas veces copian la forma de trabajar de las grandes pero con menos dinero, e incluso a veces con menos cariño. Dicho esto, he encontrado a gente dentro de las multinacionales que me ha ayudado muchísimo y considero mis amigo. Porque hay excepciones, como en todo. 

 

Hace poco dijo: "La rabia reivindicativa de los músicos de los setenta ahora es complicada porque se busca a los músicos domesticados". Hacer las cosas al margen de los cauces oficiales, ¿le da más libertad?

Yo, por suerte, nunca he tenido que cambiar el verso de una canción. Ni siquiera me lo propusieron en las multinacionales. Dicho esto, con "domesticados" me refiero a la capacidad que tiene la industria musical para anular cualquier tipo de rebeldía. No es que estén domesticados por las compañías, pero hay un poder oscuro que toma esas decisiones de censurar a músicos e incluso prohibir conciertos. Me parecen imbéciles. Si lo más peligroso que puede pasar es que Luis Pastor y su hijo, o gente del hip hop, den un concierto, es que no han entendido nada. Y produce justo el efecto contrario. No entiendo por qué lo temen tanto, y ese temor hace que se amplifique el mensaje, precisamente. Nadie que haya escuchado una canción de La Polla Records ha matado a un guardia civil después. Me sorprende el miedo que les da la ficción. Una película, una canción, un libro...

Noemí del Val

 

Como cuando un juez embargó Fariña, de Nacho Carretero. 

Lo alucinante es que en ese libro se dice que todos los partidos políticos en Galicia han estado financiados por el narcotráfico, y ninguno lo ha desmentido. Pero lo censuraron por algo puntual del alcalde de O Grove, que era lo menos alarmante de lo que ahí se contaba. Afortunadamente tenemos periodistas como Nacho Carretero e Íñigo Domínguez, por ejemplo, que son lo suficientemente valientes para contarnos lo que pasa. Es más peligroso aún que les censuren a ellos que a un cantante de hip hop. Porque lo que cuentan ellos no es ficción. 

 

Ha expresado varias veces su preocupación por la pérdida de derechos que estamos sufriendo. Y por la ineptitud de la clase política. Vamos a elecciones de nuevo, Cataluña es una olla a presión...

Es un escándalo que se vayan a presentar los mismos candidatos que no se han puesto de acuerdo. Hace mucho tiempo que la clase política dejó de pensar en el ciudadano. La impresión es que no les importamos. Que solo les importa su pequeño negocio, su infraestructura de poder, su chiringuito. Tendrían que ser coherentes  y retirarse. Y no veo a nadie entonando el mea culpa. Esta mañana he escuchado la radio y conectaban con la sesión del Congreso, y era un espectáculo lamentable. No hay nada de verdad. No se ve por ningún lado la intención de mejorar la vida de la gente, que es a lo que tendrían que dedicarse. 

 

Han pasado mucho años desde que se hizo músico. ¿Qué diferencias hay, con su edad actual, en la manera de afrontar un disco, una gira, la promoción...? 

Por un lado, me considero un privilegiado por poder dedicarme a lo que más me gusta. Y haberlo hecho durante tanto tiempo de una forma continuada. Pero por otro lado, con esta edad, te pesa más la funda de la guitarra. Y acabo de ser padre, eso también te cambia ciertas prioridades. Pero sobre todo, yo voy a seguir siempre que tenga ilusión, siempre que no lo haga como un autómata. Creo que nos pasa a todos, hay etapas en las que piensas en dejarlo todo y montar una mercería, o un bar... De hecho he empezado a hacer un curso de guion de cine, y fracasé estrepitosamente. Me di cuenta de que era un trabajo más obsesivo aún que el mío, que es hacer canciones. Todos los oficios tienen un sacrificio brutal. Se tarda toda una vida en hacer una cosa bien. Y el ego me traicionó. Porque por saber escribir canciones, pensé que podría escribir cualquier otra cosa. Y no fue así.